viernes, 27 de septiembre de 2013

Lo que leí este verano



No hay nada como la pobreza para echarse en brazos de la literatura. Si uno no tiene un duro lo más probable es que acabe entreteniéndose con cualquier cosa, así que yo, a mi ritmo sosegado de lecturas le añadí más o menos en junio un puntito de intensidad sin ningún propósito concreto, simplemente por pasar el rato y si acaso ir llenando incómodos vacíos que tal vez me hacían hasta entonces conducirme un poco desarmado por la vida.

En breve no tendré tiempo y, aunque seré un poco menos pobre, ya echo cuentas, preocupado, de los ratos que podré dedicar a la literatura. Por si fuera poco, tengo que acabar de ver lo de Pablo Escobar. Me digo que la pobreza, al final, es un precio muy bajo por estar fuera del sistema.

El caso es que este verano leí mucho y escribí mucho mientras recorríamos España procurando pagar pocas noches de hotel. Por decirlo a la manera cursi del escritor menos cursi de todos, fuimos muy pobres pero muy felices. Vi amanecer casi siempre sentado frente al ordenador y muchos días era la salida del sol la señal propicia para que parara y echara a correr por la calle como un auténtico poseso. Y después ducha y a leer.

Recordar lecturas siempre es una pena, porque eso quiere decir que ya nos van quedando menos cosas que hacer por primera vez. Pero allá voy.




La Mala Hora, La Hojarasca, Relato de un náufrago. Gabriel García Márquez. Las dos últimas las leí en junio, en Madrid, y la primera en un pueblecito de la sierra de Alcaraz, en Albacete. Son tres novelitas cortas que poco tienen que ver entre ellas. Si acaso nos muestran al Gabo más contenido, más riguroso. Pero tampoco. A ver si me explico. La Mala Hora es un cuento largo de transición entre el reportero que fue García Márquez y el autor Cien años de Soledad. Me gustó mucho, valga lo que valga esta afirmación. Escrita en 1962, mismo año en que publica Los funerales de Mamá la Grande, se empieza a vislumbrar ya Macondo, las contiendas civiles, el desasosiego por un pasado sangriento que vuelve con insistencia al pueblo en forma de pasquines difamatorios. La violencia soterrada, sostenida durante toda la trama, atenaza a los habitantes del pueblo, cuyo terror va en aumento ante la mera perspectiva de ver una mañana sus nombres en los pasquines. La Hojarasca, primera novela del colombiano, me pareció una reescritura de Mientras agonizo, de Faulkner, una tentativa literaria más para el escritor, para su progreso artístico. Relato de un náufrago, la historia verídica en primera persona de un marinero que estuvo diez días en alta mar, es un texto contenido y sumamente preciso, casi quirúrgico, que se lee de un tirón.





La carretera. Cormac McCarthy. Durante mucho tiempo la he tenido en la estantería como si ya la hubiese leído. El caso es que, creo, llegué a pensar que la había leído y puede que deslizara incluso, en alguna conversación, lo mucho que me había gustado. Una tarde salía con prisa y la metí en la mochila. Y la leí en un par de tardes de julio, en una piscina de Legazpi, como si fuera la primera vez. No me sonaba de nada. Me gustó, me pareció un gran libro. El argumento es de sobra conocido: un padre y un hijo caminan por una tierra desolada en la que ocurren cosas inquietantes. El contraste es evidente entre la visión protectora del padre y la inocente del niño, si bien acaban mimetizándose como si el caos de esa tierra seca y silenciosa los igualase. Me pareció también una historia de amor paterno-filial.



Cuentos reunidos, de Saul Bellow. Lo leí en junio, o quizás un poco antes. Creo que al término de la ruinosa Feria del libro. Me gustaron algunos cuentos, aunque acabó por cansarme la obsesión del autor por el asunto judío. Entiendo que es su mundo, pero en los cuentos –en las novelas da igual. Puede uno coger un tema y desarrollarlo tanto como quiera-, sobre todo si hablamos de un volumen de casi mil páginas, uno espera variedad. Cuando llevaba tres o cuatro cuentos leídos, me dio la sensación de estar una y otra vez ante la misma historia de desarraigo contada por el mismo anciano. Pero de todas formas, si uno lee El contacto Bella Rosa o Él siempre metiendo la pata, se encontrará con un talentoso narrador de estricta tradición americana.




El Tercer Reich, Los detectives salvajes. Roberto Bolaño. Aquí nos vamos poniendo serios. Bolaño ha sido mi descubrimiento literario del verano. Tampoco es que sea decir nada, pues hablamos de un autor mitificado del que todo el mundo parece haberlo leído todo. Estúpidamente, siempre me negué a leer a Bolaño, más que nada por sus fans, porque me parecía a mí el Morante de la literatura. Ahora tengo la sensación de que me espera un horizonte inabarcable de lecturas, pues a este hombre van camino de editarle la lista de la compra. El Tercer Reich es una novela póstuma que él consideró un proyecto fallido y la dejó en un cajón. Es la peripecia de Udo, un alemán experto en juegos de guerra que llega a un pueblo de la Costa Brava bastante aburrido, pues nunca pasa nada, pero a la vez aterrador, pues da la sensación de que puede pasar cualquier cosa. El mismo pueblo va poco a poco convirtiéndose en un verdadero campo de batalla, un juego de rol a gran escala entre Udo y un extraño personaje de enigmático pasado. El final es algo decepcionante, así que supongo que eso fue lo que hizo que Bolaño la dejara en un cajón. Acabo de terminar Los detectives salvajes y es una obra maestra, sin más. Vila-Matas ha dicho de ella que es “un carpetazo genial a Rayuela” y yo estoy de acuerdo. Las primeras 120 páginas son sencillamente perfectas, un retrato alucinado de la canallesca literaria en México que da paso a una segunda parte que es puro artificio, una digresión perpetua que roza continuamente la broma, el juego. Un libro bello, conmovedor y divertidísimo.  




Opiniones de un payaso, de Heinrich Boll. Lo leí la primera semana de agosto, en Sahagún, otro de los clásicos recuperados de la estantería. Un libro crudo y un memorable relato de humor amargo. Me quedo con el personaje de la mujer que abandona al payaso, pues se sale de lo habitual, y con las descacharrantes conversaciones telefónicas que el protagonista tiene con su representante.




Dublinesca, Lejos de Veracruz. Estos dos libros de Vila-Matas, tan distantes en el tiempo, muestran los mismos rasgos definitorios. El humor del catalán, tan parecido al de Mendoza y Marsé, es de los pocos que me hace a mí soltar verdaderas carcajadas. Dublinesca es un libro más pesado, más intelectualizado, aunque no es difícil ir dejándose llevar por las zozobras del editor Samuel Riba antes de su viaje a Dublín, a donde va a oficiar un funeral por la literatura. En su cerebro se mete un socarrón narrador omnisciente repleto de personalidad que a veces parece su pepito grillo. A mí me gusta más el Vila-Matas en primera persona, precisamente por eso. Creo que su presencia es demasiado perceptible y que funciona mejor en dietarios, por ejemplo, como el de Lejos de Veracruz, divertidísimo libro sobre la familia Tenorio –vagamente inspirada en los Panero; de hecho el libro está dedicado a Michi-, compuesta por suicidas y personajes atrabiliarios. Como es habitual, Vila-Matas se salta todas las normas, pero el caso es que funciona, siempre funciona.




Los amigos de Eddie Coyle. George  V. Higgins. Los mejores diálogos que he leído nunca y uno de los artefactos literarios más trepidantes con que he topado. Lo leí en lo que dura el Alvia Madrid-Sahagún, es decir, en algo más de dos horas. No intenta aportar nada y así logra aportar mucho. Escrita por un policía reconvertido en escritor de éxito, trata sobre el intento de supervivencia de un ratero al que se le viene una larga condena. Las descripciones son precisas y breves, al principio de cada capítulo, y suelen dar paso a un diálogo como de película de Tarantino. De hecho, dicen, es su novela predilecta. Uno de los personajes se llama Jackie Brown. Está editada por la carísima Libros del Asteroide, pero merece la pena, aunque el disfrute sea tan breve.




El largo adiós. Raymond Chandler. Este clásico de la novela negra está cuajado de estereotipos, pero como fue Chandler quien los inventó, nos da lo mismo. Libro largo, muy largo, que se lee en un espacio sorprendentemente corto de tiempo. Por ponerle un pero, quizás el giro final es algo inverosímil, pero uno se lo cree porque Chandler ya le ha preparado previamente para ello. Sobra decir que está muy bien escrita, los personajes muy bien definidos. Se cumple con él lo mismo que con los griegos: que en el orígen, lo que inventaron tocó techo. 





El amante bilingüe, de Juan Marsé. Otro libro entretenidísimo, repleto de inteligencia. Es una sátira feroz del bilingüismo absurdo en Cataluña. Un barcelonés encuentra a su mujer con un charnego, se separan y él cae en el arroyo, literalmente. De hecho, no sé si fue porque los leí seguidos, pero me pareció que Marie, la esposa del Payaso de Böll, era un antecedente bastante claro de la mujer de Juan Marés. El payaso de Böll está también directamente emparentado con el personaje de Marsé. Pero el caso es que esto no quiere decir nada, porque Marsé logra completar una novelita muy divertida, también con su toque de amargura, que se deja leer en cualquier sitio, incluso en una playa diabólica del Levante.



De qué hablo cuando hablo de correr. Haruki Murakami. Lo leí con mucho interés porque me ha dado últimamente por correr largas distancias. Es un ensayo demasiado insistente, pero que se lee con facilidad y deja algunas pautas interesantes para el corredor. Me quedo con las ganas de imitar el maratón original que corrió Murakami hace años en sentido inverso; es decir, entre Atenas y Maratón.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Escobar, el patrón del mal



Pablo Escobar / Andrés Parra


Llegué a Escobar, el patrón del mal por un artículo de Vargas Llosa en El País y llevo vistos, si mal no recuerdo, unos sesenta capítulos. La serie me está pareciendo estupenda, escrita con inteligencia y ritmo y con una fidelidad asombrosa si no a los diálogos, que por fuerza no serán exactos, sí a lo ocurrido en Colombia durante los durísimos años del narcoterrorismo. En Internet está todo documentado, es posible acceder a los discursos y arengas de Escobar –hay una conversación telefónica en la que, con su peculiarísima forma automática de hablar, anuncia la guerra que se le viene a Colombia (y que se le vino) por la “tozudez” de unos políticos que se niegan a levantar el proceso de extradición a los narcos- y a las entrevistas que algunos de los sicarios del sanguinario cartel de Medellín van concediendo desde las cárceles, en donde los pocos que sobreviven cumplen cadenas perpetuas.

En las primeras líneas de la pieza dominical de Vargas Llosa ya se intuye que la serie le iba a servir a él de pretexto para subrayar una vez más su conocida postura acerca de la legalización de las drogas. Yo en realidad, como en tantas otras cosas, no tengo una postura demasiado clara al respecto, si acaso me inclino por la legalización, aunque esto me sitúe al lado de tantos anarcoliberales que descargarían su ira contra el Estado si a un hijo suyo -rubio, inteligente, de colegio privado- le diera por la cocaína o por las putas, cuya actividad también desean legalizar a toda costa. Pero reconozco que, como ellos, yo creo que es la única salida para países como México o (ahora menos) la propia Colombia. 

Y dicho esto, que me ha aburrido hasta a mí, la serie funciona como un escalofriante y caricaturesco –Escobar es una macabra caricatura del nuevo rico- documento del capitalismo moderno, el auge y caída de un empresario cualquiera ajeno a una oligarquía establecida, y un excelente trabajo de ficción, una peripecia, la de Pablo Escobar, que paradójicamente corría el riesgo de resultar inverosímil, y que es resuelta por los guionistas de un modo magistral, con la ayuda de un grupo de grandes actores que parecen sacados de un poblado del mismo Medellín.

La serie se sigue como una especie de documental ficcionado a lo largo del cual uno siente el incontenible impulso de ir cada poco a Google para comprobar si lo que se cuenta ocurrió de verdad. Y siempre ocurrió, pues al lado de Escobar la Cosa Nostra sería algo así como un respetable grupo empresarial democristiano. Es como si al poder siciliano se le uniera un escalofriante desprecio a la vida. La mente de Escobar no era en absoluto la de un criminal sofisticado, sino que, como dijo su sicario personal, Popeye, hoy en la cárcel y concediendo entrevistas, “era un hombre profundamente inteligente que actuaba con gran sencillez”. Es decir, que si el ministro de Justicia se atrevía a pronunciar su nombre, lo mataba; si el director del principal periódico de Colombia (‘El Espectador’ de García Márquez) le nombraba en un editorial, lo mataba; si un juez rechazaba su dinero, lo mataba; si un capitán de la policía desbarataba uno de sus laboratorios clandestinos en la selva, lo mataba; si un socio lo traicionaba, lo mataba a él y a toda su familia; si el Gobierno se negaba a colaborar, estrellaba un avión de pasajeros y mataba a cientos de personas; si el Gobierno seguía sin colaborar, ponía una bomba en un supermercado… y así podríamos seguir hasta redondear la espeluznante cifra de las 10.000 muertes relacionadas directamente con él.
  
Pablo Escobar recién abatido por la policía. Se convirtió en el trofeo más preciado para la policía

Su lucha contra el Estado se desencadenó a raíz de la que fue sin duda la peor decisión que tomó en su vida: acceder al Congreso de Colombia con indisimuladas esperanzas de presidir la república. Fue entonces cuando se definió a sí mismo como la segunda persona más importante del mundo después del Papa, casi al tiempo en que decidió barnizar de lucha política lo que no era sino el producto de un miedo irracional a que lo extraditaran a EE UU, separándole de su familia y de su dinero. Ocurrió lo lógico: fue desenmascarado por los señores congresistas y aquella afrenta no la perdonaría jamás. La suya se convirtió en una lucha personal para la que utilizó todo su dinero. Mientras sus socios disfrutaban de los millones de la cocaína, él se armó y formó un ejército de sicarios y un día tuvo la feliz idea de convertirse en terrorista. Contactó con España, con ETA concretamente -estamos en los ochenta-, para solicitar un curso apresurado de terror a gran escala. Un terrorista vasco –no dicen exactamente quién- les enseñó a sus hombres cómo se pone un coche bomba y, a partir de ese momento, se convirtieron estos en los juguetes preferidos de Escobar, que se reía como un niño cada vez que explotaba uno.

La guerra duró varios años y el capo de capos fue entrando paulatinamente en una especie de alucinación semejante a la de un Stalin o un Hitler, una paranoia que lo llevó a desconfiar de todo y de todos hasta acabar encerrado en una habitación con su mujer y sus hijos, prácticamente muriéndose de hambre pero con miles de millones de dólares forrando las paredes. Dicen que quería ser una especie de Al Capone cruzado con Robin Hood, pero lo cierto es que, antes de su caída en desgracia, superó a ambos referentes, convirtiéndose en uno de los hombres más ricos del mundo, poseedor del 80% de los beneficios que generaba la cocaína en todo el planeta –se calcula que su fortuna alcanzó los 25.000 millones de dólares-, causante directo de unas 10.000 muertes, creador del concepto de narcoterrorismo, patrón de unos 5.000 sicarios por toda Colombia, benefactor de algunos de los barrios más pobres de Medellín… En su delirio, se erigió en procurador de una Nueva Colombia, aun consciente de lo perniciosas que eran las drogas –a uno de sus principales socios, Carlos Lehder, lo entrega derecho a los EE UU entre otras cosas por haberse convertido en un “vicioso drogadicto” y un degenerado-, haciendo gala de una moral tan voluble, tan adaptada a su enfermiza concepción de la realidad, que ante el visionado de muchos de los episodios de su vida se hace complicado contener la risa.

Ocurre en la serie algo que a mí no me importa demasiado, pero que entiendo que pueda cansar a quien la vea: hay desde los títulos de crédito (en los que aparece la leyenda: “Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”) la pretensión evidente de señalar a Escobar como el malo malísimo que era, y de esto se resiente un poco el conjunto. Se difuminan los matices, sobre todo en lo referente a los héroes –que lo fueron, ojo- que no se dejaron extorsionar y que, casi sin excepción, acabaron muertos. Se tiende a subrayar el drama de sus familias, como si solo así el espectador pudiera ser consciente del horrible trance por el que pasaron, y a cada asesinato lo precede un capítulo en el que aparece el futuro cadáver jugando a la guerra de almohadas con sus hijos, dando románticos paseos con su esposa… y cuando al fin muere, tenemos que ver otro capítulo íntegro para el sepelio, con su música de violines y los arrebatados llantos de unos actores que, por otro lado, lloran maravillosamente bien.

Esto ocurre menos, es cierto, al elaborar el fidedigno retrato del narco, despiadado asesino pero padre amantísimo y animalillo acobardado ante su madre. Aunque existe el claro objetivo de insistir en lo demoníaco de su figura, los guionistas no han tenido reparo en presentarle como el hombre familiar que era. Por lo visto, el psicópata era así, o al menos así lo recuerdan sus parientes, entre ellos su hijo, Sebastián Marroquín (se cambió el nombre, como toda la familia de Escobar a su muerte), salido hace bien poco de la clandestinidad y no demasiado traumatizado por los crímenes del padre, pues ha montado una línea de productos con su cara y leyendas como “Plata o muerte” e inocentes cosas por el estilo.



La tumba de Pablo Escobar es lugar hoy de peregrinación y, cuando los periodistas pronuncian su nombre por los barrios pobres de Medellín (algunas de cuyas casas fueron construidas por él) se le suele señalar como un mártir de la propaganda gubernamental. Por lo visto, está concepción es perfectamente compatible con los miles de asesinatos que cometió y con el caos en que sumió al país durante más o menos una década.