miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una cuestión de tiempo

Lo grabó Tolstoi en el frontispicio de su Anna Karenina: Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. No es necesario añadir cuáles son las interesantes. Una cuestión de tiempo, película british de indisimulado ramalazo indie, va de eso, de una familia feliz que es descaradamente igual al resto de las familias felices. Una familia, dice el protagonista, extraordinaria y ordinaria. Una familia radiante en la que los hombres, además, tienen la sobrenatural capacidad de viajar al pasado. Esto le sirve al director para reflexionar sobre el tiempo, la importancia no de aprovecharlo, sino de disfrutarlo, sobre el crecer de los niños, el madurar del amor que se mantiene intacto, las sábanas limpias, las lecturas compartidas. Fijémonos en los alrededores de nuestros cuerpos, en lo bonito que está el día, pues solo se vive una vez, solo se vive ese día una vez, y nos lo comentan como si aquí, en España, este modo de ver la vida no lo conociéramos ya por las Azúcar Moreno. Los Lake son felices hasta la obscenidad, y lo peor (atención, spoiler) es que lo son durante toda la película. Ni un obstáculo, ni un escollo, ni una mala caída que lo deje a uno cojo, ni una triste historia de superación. Hubo un momento para el mundo de la cultura, ciertamente trágico, en que todos convinimos que los finales felices eran lo más, y en el siguiente estadio estamos ahora, pagando las consecuencias, barnizando de azúcar glasé, de felicidad la cosa, y no solo el final, sino el antes, el durante, el después, el TODO. La película, en fin, es bonita, que diría mi tía, la felicidad es bonita, activa el mecanismo de la emoción, incluso, si uno tiene el día tonto, pero carece de interés. La felicidad enseguida nos lleva, y este el principal repelente de cara a construir ahí una ficción memorable, a la normalidad. El hombre normal es un hombre feliz porque en su vida no hay incertidumbre (todo hombre se considera hoy feliz, pero yo sostengo que, al menos en el prinmer mundo, muy pocos lo son de verdad; pero ese sería otro artículo.) Un hombre feliz se casa, tiene hijos, forma una familia. Uno no tendría nada en contra de llevar esto a la ficción (dentro de ese hogar puede morir alguien, enfermarse un niño, venir el butanero y hacerle un hijo a la esposa, salirle un cáncer al abuelo, aunque sea leve, no sé, que el perro se coma los mejillones de la cena), y menos aún si la película de marras no intentara aplicar, además, el carpe diem horaciano al asunto de la normalidad. Pero es que lo hace. Viene a decirnos: aprovecha el momento: acuéstate todos los días a las diez, levántate pronto, vete a trabajar, vuelve cansado, besa a tu hija, haz el amor con tu mujer, viaja moderadamente el fin de semana, ama mucho, bebe poco, vive cien años; y hazlo mientras aprecias los colores del cielo, el aire que respiras, el té de las cinco. Ya lo veis: el lado salvaje de la vida. Tiene esto algo que ver con un párrafo que a mí me gusta mucho de las memorias de JRJ y que ya reproduje aquí: “Es frecuente –escribió Juan Ramón Jiménez- que me echen en cara que no he vivido. Yo a diario amo a una mujer, salgo a la naturaleza, campo, mar, jardín, plaza, ando por las calles, leo, veo pinturas, oigo música, viajo lo que puedo y sé que puedo estar solo cuando quiero. No voy a cafés, a toros o a prostitutas porque no me gustan. ¿Esa es la vida? Se dice que X ha vivido. Conozco su vida. Se levanta, no se lava, desayuna, se va a dar un paseo camino de su clase, come, se va al café (tres horas), una puta, cenar y dormir, no se lava”. Pero JRJ sabía que nunca le harían un biopic, como mucho un tochaco infumable en libro, una biografía tan solo legible en la medida en que se centrara en su obra. Bioy Casares le dijo a Fernando R. Lafuente (lo contaba el otro día el periodista en el editorial del ABC Cultural) que su vida era sumamente aburrida y que por eso sus memorias no le iban a interesar a nadie. Solo se había dedicado, decía, a la literatura, a las mujeres y al tenis, y lo primero no tenía interés, con lo segundo quería ser discreto y lo último era sumamente aburrido. Bioy, imaginamos, fue un hombre extraordinariamente feliz.

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