miércoles, 6 de noviembre de 2013

PRISIONEROS




La premisa de ‘Prisioneros’ es simple, el escenario simbólico. Hay un secuestro tenebroso bajo el copeo frágil de la nieve –pocos caprichos meteorológicos tranquilizan tanto-, en un lugar tremendamente cálido y acogedor, un refugio de madera, chimenea y humo blanco. El niño allí es feliz porque se encuentra a salvo, como si en ese lugar, por evitar el disturbio, nunca hubiese llorado nadie. Pero el peligro telefilmero se esconde tras ese tupido bosque de serenidad, bajo el tapete de ese locus amoenus que actúa como sostén de la natalidad y los domingos felices. Tiene una de las niñas robadas una familia repleta y feliz y un padre fuerte que prometió a su prole que, bajo su protectora mano, nunca les pasaría nada, que es además cazador –siempre se cazó por la familia- y, por tanto, un alma inclinada levemente a la violencia (el cazador, en las películas americanas, siempre es un criminal latente.) Papá acaba haciendo de su amor una cosa horrible. ‘Prisioneros’ es una sacudida de la que uno sale con la retina sangrante por culpa de un rostro desfigurado. Es terapéutica y terrible. Sabréis al verla a qué rostro, a qué escena concreta me refiero. Se trata de una película que lo predispone a uno al insomnio, por su tremendismo gore de culebrón sobre niños robados y por su crudeza visual, por su contexto pesadillesco (ese edificio abandonado donde se produce el horror… un horror que, partiendo del Bien, acaba eclipsando la verdadera pesadilla de las niñas.) Posee también el pulso del mejor thriller policíaco, a pesar de lo cual no es una cinta de género. Si acaso parte de ahí, del horrible delito, pero solo para discurrir por vías distintas, más profundas, por los renglones defectuosos y torcidos de Dios. De Dios va por varios caminos: ¿Qué hace el hombre de fe cuando lo cerca la desgracia? ¿Es comprensible declararle la guerra a Dios? ¿De quedarse a su lado, podrá ese hombre de fe aplicar su Ley, su bárbaro sentido de la Justicia? Uno le pide al cine, a la literatura, la situación límite, el encuentro escalofriante con el monstruo propio, y el espectador ha de reputar el horror normal, maleando en su interior los límites de lo moral, aun consciente del engaño; es el “yo habría hecho lo mismo”; es decir, se trata de aplicar las entrañas a la ley, de poner los límites en función de lo que es justo, lo que nos parece justo a nosotros, que nos mataron y violaron parientes. Suele ir acompañado de un “sé que no está bien, pero…” En fin, que todo esto es muy humano. La buena ficción abreva en el conflicto y este del que hablamos es, además de humano, viejo, pero de ningún modo caduco -está, por ejemplo, en Dexter y su justicia,  su ojo por ojo, o antes –y siempre- en la abnegación familiar del mafioso, al que, dejando a un lado la avaricia, le es indiferente lo que un hombre haga para alimentar a su familia, o hasta en la actitud de Belén Esteban con su hija, por quien dice que mata, para regocijo general. Pero matar por tu hijo, incluso robar para alimentarle, es tan ilegal como matar viejas por entretenimiento o robar cuadros en museos. Ahí tenemos a Sánchez Gordillo, con su reaccionaria y beatona decisión de redistribuir alimentos, que se justificó más mezquinamente todavía, pues era una justificación ideológica, en absoluto humana. ‘Prisioneros’, decíamos, nos hace reflexionar sobre esa querencia por justificar el mal en base a un bien que consideramos mayor. En este caso, el bien es si cabe más subjetivo, pues se sustenta en el amor de un padre. El amor de ese padre ya no es que sea desinteresado (me voy a la cárcel, pero tú te salvas) sino que arrasa, como un rodillo ciego de ira, con todo lo que le sale al paso. La degeneración es evidente, y perdonad que insista: los más horribles monstruos de la historia justificaron su infame obra con la consecución de un fin aparentemente bueno. Y qué hay “más bueno” que el bondadoso amor de un padre de familia. Pablo Escobar provocó 10.000 muertes para “mantenerse cerca de sus hijos”. ¿Qué dice Dios? Si el bien no está claro en cada uno, si no anida en todos del mismo modo, ha de haber un Ser Superior que lo señale. El Ser Superior soy yo y te digo que el amor al hijo está como quien dice en el puto número uno. Ese Dios está presente en ‘Prisioneros’, y es un Dios salvaje y cabrón que pone a prueba la fe de sus fans. Unos, como Job, aguantan lo que les caiga, pero otros flaquean, se cansan y reniegan de Él; entonces le declaran la guerra. No pienso siquiera que Villeneuve crea en Dios –ha hecho una película demasiado cruda-, ni que se dirija a los creyentes, pero ha ido derecho a por el conflicto claro, aderezándolo en este caso con precisos artificios de guión y tensando la cuerda del problema. Estamos ante una película-límite. Creo que era el modo correcto de abordarla, pues solo así nos podíamos tragar dos horas de padres coraje y niños desaparecidos. Hacía falta guión, un buen elenco –siempre quise utilizar este palabro- y el miedo y la angustia vendrían solos. Jake Gyllenhall está magnifico y hace que, sin tener nada que ver, recordemos Zodiac una y otra vez. Tal es su fuerza. Al principio puede parecer maniqueo que el converso rece y se coma los santos, pero tiene esta rotunda explicación, y otra, aún más simbólica, que va de la desobediencia y el amor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario