sábado, 9 de noviembre de 2013

El éxtasis de Juan Manuel



(El artículo está escrito desde hace meses. Lo recupero ahora y no sé muy bien por qué, pues en su momento algo me dijo que no debía publicarse. Hoy, tras releerlo, no encuentro nada demasiado malo (tampoco demasiado bueno); pero el caso es que era como si me quemara en el cajón. Va de un libro de De Prada, sin acritud)


He empezado al menos media docena de libros firmados por Juan Manuel De Prada y no he terminado ni uno; pero, esta vez sí, he llegado a una conclusión que es feliz para ambos, para De Prada y para mí: empezaré todo lo que publique, sin resistencia alguna, pues me ocurre con De Prada que a pequeños tragos me resulta apreciable, incluso elegantoso, y siempre hay un momento, alrededor de la página veinte, en que pienso: “Este me lo acabo”. Pero no, oye, que no soy capaz. Así que, con calma, seguiré leyendo a De Prada como me salga de los huevos; es decir, sin esperanzas nunca de retomarlo.

Veamos. Creo que De Prada tiene un oído fino y logra casi siempre la sonoridad de una escritura castiza –Las máscaras del héroe sería un ejemplo- que le viene de sus lecturas obsesivas de los de principios de siglo. Luego hay imágenes que están bien. De Prada es un tambor. Prosa de sonajero, dijo una vez, creo, Marsé acerca de Umbral. De Prada tiene ese deje madrileñista y ramoniano, esa escritura cadenciosa y un poco esquizofrénica que con brillo cultivaron los otros. Pero (dice que) piensa hondamente, más que el autor de Mortal y rosa, por ejemplo, lo que pasa es que su pensamiento, por lo general, no gusta. 

La filosofía de De Prada es rotunda, mesiánica y atormentada, y todo ello lo envuelve además De Prada en un fino y molesto calabobos de caspa que hace que al lector le entren ligeros y persistentes picores cuando dice o escribe cosas como esta:

-Creo que la incapacidad del hombre contemporáneo para amar y ser amado tiene que ver con la saturación de pornografía.

A De Prada lo atormentan de veras todas estas cosas, la pornografía, el alma, el matrimonio homosexual, el alma, el aborto, el alma. Y luego quiere que el mundo de la cultura no le recuerde una y otra vez aquel catálogo de coños que escribió cuando aún era un joven aprendiz de Barakaldo. Yo sostengo que hoy vemos exactamente al mismo hombre que escribió Coños, pero de ningún modo al mismo escritor. Es cierto que De Prada ha logrado proyectar al fin una imagen devota y seria, pero sus comienzos, sus obsesiones adolescentes –el sexo, la bohemia, los desclasados- sobrevuelan cada página que escribe, condicionando cualquier aproximamiento a su obra. Es el adolescente luchando contra el escritor serio, riguroso o, si quieren, contra el seminarista de palo. Luego está su explicación, que lo dijo él un día: “Escribo sobre sexo porque creo firmemente que el cristianismo no ha de ocultar, sino mostrar”. No sé si fue con esas mismas palabras, pero la idea era esa. Si es por eso, bien.  A mí me gusta el sexo leído, visto o como sea, así que no tengo nada que decir. Por lo demás, hay veces que se le ven las costuras al personaje, al disfraz de seminarista, porque De Prada es un tío leído que escribe engolado. Y nada más.

Yo opino, pues, que De Prada lleva años a la conquista descarada de un público que habría de escandalizarse ante algunos de los pasajes de sus libros, aunque lo cierto es que vende, y vende bien. Qué esquizofrenia. Esta incoherencia –exitosa incoherencia- no gusta en absoluto a sus colegas de profesión, como tampoco gusta su cristianismo postrero, su pegajoso discurso de sacerdote, aunque lo que debieran hacer aquellos que le atacan es ir a por su literatura, en la que, entre los defectos que posee, que no son pocos, puede uno encontrarse con algún que otro feliz hallazgo. Ya saben: De Prada a sorbitos, como si fuera una sopa.

“Alta literatura”. Así nos presentaron hace poco su última novela. “Regresa la alta literatura”. La historia de marras se llama Me hallará la muerte, y todo es muy de Franco y de la División Azul. Uno ha leído unas doscientas páginas –cien más que del resto de las novelas de De Prada, pero solo por pudor profesional, por intentar trazar aquí unas líneas mínimamente documentadas- y, entre eso y sus artículos del ABC, creo poder afirmar que De Prada no ha utilizado en su vida un adjetivo de uso más o menos corriente y muy pocos de menos de cuatro sílabas. En cualquier caso cada frase está aliñada con algún palabro colorido que hace las delicias de las señoras de derechas que luego lo propalan en peluquerías y supermercados, orgullosas de leer a un tipo capaz de recuperar para la vida las marchitas gónadas de la alta burguesía encopetada. Las nubes son coscurantes, el crepúsculo es un chafarrinón cárdeno empapando el cielo y las mujeres, como algunas ciudades del norte, tienen un perfil ferruginoso que hace que a uno le deje de regar la sangre el cerebro y acabe pensando con el cipote.

Hay, sin embargo, cosas aprovechables. Yo en esto último suyo he notado ecos incluso de Dostoievski. La historia, por centrarnos, va de la posguerra y, hasta donde uno ha leído, de un tarambana que se enrola en la División Azul para huir de un crimen que ha cometido junto a su enamorada, a la que desea por su aire virginal y porque le provoca unas erecciones tremendas bajo el pantalón, “como un morlaco que embiste al bulto”. Tremendo. El tipo, que nunca había albergado en su seno mayores inquietudes políticas, se cruza un día con aquellas heroicas juventudes hitlerianas y se va con ellos, dejando a Carmen, su objeto de deseo, mendigando en la Puerta del Sol. El amor no es para De Prada limpio y puro y esa opinión la celebramos aquí, de verdad, aunque no deja de llamarnos la atención que un tío que se queja de eso escriba unas novelas tan guarras ambientadas tiempo ha. La pornografía no es cosa de Internet; la pornografía, lo ha dejado dicho un aspirante al Nobel como Philip Roth, es antigua y duradera precisamente porque nos hace vernos en el cuerpo de otro sin sentir celos, y eso, no me digan ustedes, como poco es mágico.

Que los militarotes de Prada, los de la División Azul, sueñen con desvirgar jóvenes comunistas es solo fruto de la desnaturalización que provoca la proximidad de la muerte. La puta guerra. Os voy a dejar algún párrafo, porque, como hemos dicho, a sorbitos está muy bien, divierte:

“Sobre un camastro de sábanas revueltas yacía el desertor Camacho, como un mudo alfeñique de palidez mortuoria que crispaba las facciones y apretaba los dientes, esforzándose por mantener la erección, mientras Nina, sentada a horcajadas sobre él, lo cabalgaba con un frenesí de bacante en pleno rapto dionisíaco, olvidada del hombre o monicaco que soportaba sus embates, como una mantis se olvida del macho que la fecunda, un instante antes de devorarlo. Nina tenía unos senos copiosos, más copiosos aún de lo que Antonio había imaginado, unos senos grávidos que se bamboleaban como planetas de órbita autónoma, sublevados contra las manos mezquinas el desertor Camacho, que no se bastaban a contenerlos. Antonio reparó en sus pezones, nítidos como medallas de un metal cobrizo, y también en los hoyuelos que hacía su espalda, tensa como un arco a punto de dispararse, en el arranque de las nalgas, que eran también copiosas y temblaban a cada embate, dibujando en su piel un mapa cambiante de diminutas abolladuras que luego se aquietaba en los muslos, firmes como tenazas (…) y sus labios fruncidos en un mohín codicioso y bestial; y su garganta como un barranco que hubiese querido refrescar con su saliva, surcado de venas como secretos  veneros de lava rugiente; y sus clavículas como arbotantes de una catedral gótica; y su vientre convulso y movedizo, como a punto de desaguarse por el ombligo…”


No me digan ustedes que no se les ha soltado la sonrisilla con la bacante en pleno rapto dionisíaco.

La escena nos muestra al voyeur, Antonio, espiando a su carcelera en el gulag, una francesa stalinista llamada Nina, mientras esta fornica -¡más madera!- con Camacho, un rojo que se alistó en la División Azul para desertar en cuanto llegase a Rusia. La cosa se va despeñando, como ven, por los senderos del erotismo más light. Porno soft han llamado a lo de las Sombras de Grey. Prada muestra una pericia extraordinaria para las escenas de sexo, solo que a veces parece dispuesto a tirarse a todo el Año Santo en un arranque de misticismo. Es fácil representarse al tal Camacho manoseando las tetas de Nina, que se le van yendo, libres de las ataduras de un sujetador, como no podía ser de otra forma en una feminista feroz que insulta al clero y escupe sobre las medallas de la Virgen que llevan los soldados de la División Azul. El hedonismo desatado está en las brigadas rojas, y Antonio, enfebrecido por aquellas visiones nocturnas y enloquecidas, acaba sucumbiendo –y aquí tiene mucho que ver su naturaleza callejera- a los encantos eróticos de Nina, una femme fatal dispuesta a fustigar con el látigo del relativismo a cada visitante accidental de su cama.

No haberme acabado el libro me obliga a ir terminando el artículo. No sé qué ocurre después, en la segunda parte; puede que Antonio, inocente desertor de su destino, termine por tirarse a un burro. O que Nina se convierta al catolicismo, que la recibiría con los brazos abiertos, a ella que tenía la entrepierna magullada por las frecuentes visitas nocturnas de las legiones armadas. En todo caso, si con esto a usted le da por leer Me hallará la muerte, espero que lo disfrute solo y febril, preferentemente en la cama, pues solo así comprenderá el éxtasis de Juan Manuel de Prada.



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