jueves, 21 de noviembre de 2013

Blue Jasmine en el Plaza Norte






De pronto nos vimos bajo la grandiosa cúpula del Plaza Norte 2, adonde acudimos por cercanía y oportunidad, y no fue necesario decir nada. Enseguida convinimos, con ese silencio solemne que se da en ciertas situaciones radicales, que estábamos en un lugar raro, un lugar al que no ir, ciertamente, un lugar que es símbolo del peor consumismo hortera, del de peor gusto por supuesto, pero un lugar a fin de cuentas que de tan terrible que es resulta hasta asombroso, como el hombre elefante o el mismísimo jorobado de Notre Dame. Tienen de hecho la cúpula y esa nave central toda en oro un algo de catedral noventera y recargada, de barroco en plástico y talonario fraudulento.

Fuimos al cine, por cierto, a ver lo último de Woody Allen, y como nos habían dicho que trataba de la crisis, de los que se habían forrado con ella, concretamente, quisimos ver en todo ese oro de palo una bonita metáfora casual. Así que atravesamos la inabarcable sala central como si recorriéramos el mausoleo de Lenin y llegamos por fin a los Yelmo, en donde, si todo iba bien, a los pobres nos permitirían la entrada por tan solo 3,5 euros cada uno. No nos creímos la oferta hasta que llegamos al hall, pues allí, bajo la colorida cúpula del despropósito capitalista, se nos hizo obvio el disparate: el ambiente era verdaderamente siniestro, con niños repartiéndose para ir a filmes de adultos, tontos en películas para listos y mucha gente comprando entradas para el visionado de Thor. Allí mismo, la democracia quemaba los altares de la altísima cultura encarnada por el director Allen y nosotros sujetábamos, temblorosos, nuestros cupones de descuento recién impresos.

Después, a lo loco, intentamos ver la película dentro de una discoteca.

Recuerdo las risas enlatadas de una pareja de amantes intelectualizados, una pareja que seguro lee en silencio novelas gordas sin sonreírse ni un poco, absortos como están, así se les escape un pedo; y también recuerdo los susurros de la señora de al lado, que parecía dormir pero estaba bien despierta, y los feos modales de su orondo marido, que estrujaba su mano mientras se carcajeaba –este sí- si algún actor emitía una onomatopeya casual y propicia, o se tropezaba alguien, o Jasmine se tambaleaba, y cosas así.

Yo me había dicho a mí mismo, tozudo que soy a aceptar la realidad, que el contexto no me arruinaría de ningún modo el contento fijo, garantizado de hecho, que me proporcionaría la última película de director Allen, y de algo pudimos enterarnos, al fin, y yo solo sé que al día siguiente bajé silbando camino del menestral trabajo que desempeño, pues Woody Allen es, con el sexo, lo que a mí de mejor humor me pone.

No siendo para nada necesario, diré que mi experiencia con el director de Brooklyn es algo irregular. Y también diré que nunca vi en él al genio que dicen: no me gustaron sus primeras películas y me extenuó, por ejemplo, el humorismo totalizador –a mí que me intenten hacer reír en cada renglón o diálogo me parece una fascistada- de La última noche de Boris Grushenko o Bananas, que son dos de las que lo convirtieron en objeto de culto; y sí me gustaron, en cambio, y mucho, algunas de las posteriores: Hanna y sus hermanas, Manhattan, Días de Radio, Maridos y mujeres y de las últimas Match Point, la de París y esta, Blue Jasmine. Me dejo muchas que he visto, algunas que ni recuerdo y otras que no veré nunca. Lo que permanece en mí de casi todas estas, de la última también –aunque hay aquí una voluntad de introspección distinta, algo que a Allen no le interesó destacar de sus otros personajes más o menos recientes, pese a sus zozobras-, es la extraordinaria habilidad del director neoyorquino para desolemnizar historias, para aligerarlas. Woody Allen es como una brisa que le entra a la película –en las de París o Roma se ve clarísimamente- y le da una ligereza admirable, desmitificadora. Por eso me extraña esa vitola de genio que le han puesto los admiradores de Haneke o Terrence Mallick, que son como dos menhires que le caen a uno en la nuca. Se la pusieron, de hecho, la vitola digo, y acto seguido sacaron el mazo para criticar todo lo que saca, en plan “otra bobada más”, y yo sostengo que tal es su obcecación que cada año sitúan en un filme distinto el último de sus trabajos geniales.

Blue Jasmine, se está diciendo mucho con razón, deja sobre todo la memorable actuación de Cate Blanchett, que está como para enamorarse diez o quince veces de su talento, aun despreciando a la odiosa Jasmine. Y no es poco, pues los registros de esta actriz son infinitos y va de la alegría al llanto, de la superficialidad a lo complejo o de la cordura a la locura con una trasposición de todo su cuerpo, como si mediaran años entre cada intervención, que por otra parte es una sola.

La película además tiene un final perfecto, nada sorprendente pero redondo, que es como debe ser.

Y ahora hablemos de qué va. Hal es un hombre rico y malo y es también el marido de Jasmine y un buen día lo encarcelan porque, por lo visto, robó todo lo que tenía. Puede que sea Maddoff, nos dicen, y las semejanzas son evidentes. El director por supuesto no se recrea en el desarrollo de la estafa, no es Soderbergh, y sí en la evolución de ella, la cual se nos va mostrando a través de un montaje que mezcla el antes y el después y dosifica la fortuita rotura en mil añicos de esa pompa de cristal en que vivía el matrimonio. Luego está Ginger, hermana no biológica de ella y, junto a los de su entorno, arquetípico ser humano de la clase media, analfabeta y bondadosa, de corazones incompatibles con la pasta. Ginger es el pueblo al que estafaron los banqueros. Así pues, sin ser esto una película española, tenemos al rico malo, a la esposa pija, al joven hijo -generación virgen por corromper aún- que renuncia a lo que su padre representa y, al otro lado del país, lejos de los cenáculos en que se tejió la triste historia del desfalco, la maltrecha e ignorante clase media.

Pero ahora viene lo formidable, lo que de ningún modo se habría hecho aquí, digo, pues no hay talento: Woody Allen deja ahí todos esos elementos, obtiene su divisa literaria, si quieren, y pasa a otra cosa, que en este caso es ella, Cate Blanchett, Jasmine, Blue Jasmine. La película es ella y los diálogos, salvo contadas excepciones bobas del tipo “podíamos poner esos millones en un banco de no sé qué paraíso fiscal”, “Hay maneras de no pagar impuestos” o “El estado te roba la mitad de lo que ganas”, no buscan un compadreo político con el espectador. Por tanto no es esta, de ningún modo, una película reivindicativa, sino una comedia más de Woody Allen, si acaso más introspectiva, como decíamos, pero que mantiene intacto el pesimismo general de su autor en cuanto a las relaciones hombre-mujer, que es de lo que mayormente se ocupa él. Aquí, por muchas vueltas que le demos, se viene a ocupar de lo mismo, es otra variación más leve de lo que parece de lo que mejor sabe hacer.

Yo vi que la gente salió del cine relativamente contenta, y se puso mirando al coche sin hacerse demasiadas preguntas; no había rastro de indignación, sino la sensación de haber pasado un buen rato. Quizás pensaron que tan solo era una película más.

2 comentarios:

  1. ¡Annie Hall! ¡te has olvidado de Annie Hall! Para mí es la mejor de Woody Allen ever. Y es otra maravilla coral y menos conocida (tal vez por el intento de ser un musical) que es "Todos dicen I love you".

    Por lo demás, estupenda la crónica, as usual.
    Y qué tremenda la descripción del Plaza Norte. ¡El horror, el horror!

    ResponderEliminar
  2. cierto! Es otra de mis preferidas, sin duda. A la altura de las que pongo en el artículo. Me alegra que te guste. Todos dicen I love you no la he visto, pero no eres la primera que me habla de ella. Me la voy a descargar.
    El Plaza Norte es un lugar para demoler, si algún día hubiera un cambio de régimen o algo ;)

    ResponderEliminar