viernes, 11 de octubre de 2013

Vida y época de Michael K, de J. M. Coetzee



  

Vida y época de Michael K va sobre la vida y la época de Michael K. Es decir, sobre Michael K y su contexto, que es Sudáfrica en guerra. Michael k afronta la guerra con la pasividad de un Mersault sin perspicacia (“Un día la carreta desapareció. Se encogió de hombros ante esta pérdida”), es un hombre próximo al retraso mental, con un solo pensamiento, unineuronal probablemente y unisentimental, pues solo piensa en su madre y siente en ella y todo lo que dice tiene que ver con su presencia después de muerta. Michael K apenas habla: vive para sobrevivir. Pero -he aquí lo que nos viene a decir Coetzee- hasta en la mayor de las miserias humanas, es posible la dignidad. Posible y necesaria. Porque Michael k, qué coño, tiene derecho a habitar este mundo. Aunque lo encarcelen, lo intenten matar y destruyan su balsa, aniquilen su mundo. Subyace en Michael k un tipo de dignidad natural, inherente al hombre o al ser vivo (Michael K, en ocasiones, no parece un hombre, no es tratado de ningún modo como tal y en absoluto su desagradable aspecto es casual) pues no es necesario saberse la tabla periódica de memoria para reclamarla, para poseer esa dignidad. Sus necesidades son primarias, sus deseos básicos. Michael K siembra, come y caga. Y ya. Ni siquiera le interesan las mujeres.

Coetzee, como sabemos, escribe con las tijeras puestas, hay una carencia absoluta y maravillosa de adjetivos. Pues en este libro más. En ocasiones, que los he contado, no hay ni un solo adjetivo en cinco o seis páginas. Maravilloso. Se aplica lo de Unamuno: el adjetivo, si no da vida, mata. Uno lo lee y dice: qué fácil todo así, preciso, aseadito, pero lo difícil es dar textura sin el adjetivo. A Coetzee le sale, en conjunto, gracias a eso, un libro sensorial y honesto. Pero bueno, también pensamos que el adjetivo divierte, pues nos parece como si anduviera dando saltos por la página. Cuando uno madura va relegando el adjetivo y se convierte en un hombre triste y aburrido. Coetzee es un escritor triste y aburrido. Porque quita adjetivos y tira de realismo, explicándonos durante decenas y decenas de páginas lo que Michael K es, no otra cosa que un hombre. Solo un hombre. Así:

"Durante un buen rato, él permaneció a su lado acariciándole el brazo, escuchando sus lamentaciones. Después sacó las dos ruedas de la bicicleta, la barra de acero y las herramientas al callejón, y se sentó al sol para enfrentarse de nuevo al problema de evitar que las ruedas se salieran del eje. Trabajó toda la tarde; por la noche, había grabado cuidadosamente con una sierra de punta una rosca en los dos extremos de la barra para enroscar en ellos varias arandelas de dos centímetros. Una vez montadas las ruedas entre las arandelas de la barra, tan solo le quedaba ajustar varios círculos de alambre alrededor de la barra para que las arandelas no rozaran las ruedas, y entonces el problema pareció estar resuelto. Estaba tan impaciente por acabar su tarea que apenas cenó ni durmió aquella noche. Por la mañana, deshizo el asiento de la antigua carretilla y lo utilizó para…"

Y freno que os ahuyento. La prosa de Coetzee es seca, directa y minuciosa. Si no fuera minuciosa, sus libros no pasarían de las veinte páginas. Coetzee es aburrido, decíamos, pero es uno de los mejores escritores vivos que uno conoce. Desgracia es una novela impresionante, por ejemplo, dos tramas demoledoras unidas por la tragedia más trágica. Aquí van pasando cosas, hay un suceso sobre el que pivotan las reflexiones del autor y tiene que ver con el sexo y la muerte, la tierra seca, el páramo de Coetzee. En su momento me pareció una de las mejores novelas que había leído nunca y si la releyera hoy, creo, mi juicio no sería muy distinto. También Verano es una pieza perfecta, un inteligentísimo muestrario de derrotas, una delicia para los que gustan de la autoparodia y el fracaso. Este es más divertido.

Pero en fin. Que debería ser obligatorio aburrirse todos los años un rato con Coetzee. Que hay un nuevo libro suyo por ahí y no sé qué hacemos que no lo compramos. Yo ahorrar o esperar al bolsillo, todo para traer el comentario puntualmente, décadas después.

P. D. No sé quién fue el imbécil que dijo que la literatura tenía que divertir. Que si a uno lo aburren solemnemente durante ciento cincuenta páginas pero, de pronto, en la página 151 le pegan un tortazo, le despiertan de golpe y tiene que agarrar bien el libro, volver veinte o treinta páginas atrás (más o menos donde perdió el hilo y se puso a pensar en otra cosa) y ya volver con espíritu renovado, a ver cómo coño ha conseguido el autor pasar de lo que decía antes a lo que dice ahora, que es algo totalmente distinto pero igual, una conclusión pulcra, estilizada y bien bonita de todo lo que se insinuó antes, que si es para eso que a uno lo han ido arrullando con frases certeras de evangelista, con su cosa bíblica y todo, merecerá la pena leer a quien sea.

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