viernes, 4 de octubre de 2013

Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas







-Lo que sigue –me ha interrumpido Catón- es una larga crónica de la festiva reunión de los Notables en la casa del padre de Victoria que, como ya habrás imaginado, era ese número 2 del que habla el documento. Él fue el primero de la Sociedad de la noche del Iris Negro en diseñar los límites de su existencia y también decidir que ya tenía bastante de este mundo. Precisamente él, que a todos nos calmaba cuando empezaba a rondarnos la idea de quitarnos la vida. “No tengáis prisa”, solía decirnos, “sin la posibilidad del suicidio ya me habría matado hace mucho tiempo”. El suicidio es un acto afirmativo, lo podéis hacer cuando queráis, ¿qué prisa tenéis? Calmaos. Lo que hace soportable la vida es la idea de que podemos elegir cuándo escapar. Y sin embargo tuvo que ser él precisamente el primero en cansarse de este mundo. Un día, nos llamó a todos y nos comunicó que ya tenía bastante con lo que había vivido y que deseaba poner punto final a todo en compañía de sus amigos.

Lo de arriba, lo habréis imaginado por la foto, es un extracto de uno de los doce cuentos (en rigor son diez, un prólogo y una cita) que componen Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas. Las negritas, la idea principal del libro.

El suicidio nos sirve para escapar. Nada nuevo. Aquí tampoco hay suspense, siempre hay un muerto por mano propia: si acaso el giro es de carácter estrictamente imaginativo. Es decir, que lo que nos seduce, como casi siempre, es la curiosa imaginación de Vila-Matas. Y la distancia rara con que acomete la narración. Rara porque no puede estar más pegado a la página, pero a la vez trata asuntos serios (la muerte, la misma literatura, con perdón) con la distancia de quien se lo toma todo a risa, a chufla. El humor negro (brumoso, lo llamaba un amigo mío gallego) es el último estadio del propio humor, su manifestación más refinada, y en esto estamos ante un maestro indiscutible. También lo es de la ironía, que en Vila-Matas ha ido brotando con el tiempo –en realidad, casi desde el principio, aunque, por ejemplo, en la Asesina Ilustrada, su primer libro, el entonces jovencísimo escritor parezca tomarse las cosas más en serio- hasta alcanzar la unidad de tono, a estas alturas más que evidente.

Hay un cuento especialmente divertido. Un pintor lleva toda su vida pintando retratos de gente a la que no conoce. Gente, además, que reside en un exótico país que tampoco conoce. Un día, ya en el crepúsculo de su gloria, decide ir a visitar ese país. En el barco lo aborda un pesado (cuyo apellido, al revés, es Satam Alive: Satán vive) que, previo enfrentamiento más o menos sutil con su modo de ver la vida, le empieza a tirar por tierra todo su arte, diciendo que nunca, pero absolutamente nunca, pudo este pintor captar la verdadera naturaleza de sus retratados. El relato es delirante y acaba en un suicidio que en ningún caso es como imaginan. Es como imagina Vila-Matas, que siempre es mucho mejor. No he destripado nada aún, es igual. El cuento empieza así, no me pregunten por qué, porque no tiene ningún sentido:   

“Me dicen que diga quién soy. Me dicen que para satisfacer mi vanidad personal (carezco de eso, pero, en fin, allá ellos) y que también por la lógica curiosidad que el lector pueda acabar sintiendo por el autor de este tal vez interesante (me dicen que fundamental) testimonio sobre el episodio más oscuro de la vida del gran pintor Panizo del Valle, diga antes cuatro palabras sobre mi persona.”

Las dice, cuatro palabras casi exactas, y después viene el cuento, con una única referencia al autor (la del apellido) hasta la conclusión, que redondea la broma:

“Solo soy un pobre diablo. El pobre diablo, para ser más exacto. Estoy cansado de ser quien soy. Ya son demasiado años de cometer perrerías. Mientras escribía esto, me he ido dando cuenta de que también yo tengo muchas ganas de desaparecer. He  pasado revista a todas las posibilidades que existen de suicidio y, tras encontrar objeciones contra cada tipo de muerte, al final he decidido hacerme cosquillas hasta morir…

Y ya está, fin del destripe. Es maravilloso. Reparo ahora en que hay más de un suicidio aquí. El narrador muerto de la risa nada tiene que ver con el suicida, que es otro. Ese no lo imagináis, hacedme caso.

Me reí mucho con otro cuento que va de unas personas que se empiezan a seguir accidentalmente por la calle y acaban conformando una accidental procesión de Jueves Santo. Cada vez están más cansados y le hacen a uno imaginarse a los pesados papones de Semana Santa arrastrando sus condenas. Va un trozo:

Pero ¿qué hago persiguiendo al negro? Le veo entrar en la catedral y arrodillarse ante el Cristo de Lepanto [decir Lepanto es como pegar una colleja]. Me digo que ya está bien por hoy. Me encuentro sumamente cansado. Pienso en mi mujer, mi difunta mujer, y evoco los días aquellos en que nos citábamos frente a este Cristo. También los cansados tenemos corazón, también los cansados nos enamoramos alguna vez. Yo la quise mucho. Me viene al recuerdo una noche de verano, bailando los dos en una terraza colgante [¿?], apretándola yo a ella contra mi cuerpo cansado, pensando que jamás podría desprenderme del olor de su piel y sus cabellos. Y recuerdo que los músicos tocaban Stormy Weather. Qué días aquéllos. Y luego las citas frente a este Cristo, y las promesas de no separarse nunca. También los cansados somos unos sentimentales.”

Perdón por la longitud de las citas, pero es que de Vila-Matas a mí me gustan los párrafos. Junto a su imaginación, los párrafos. Y eso que estilísticamente es lo de siempre (“A veces imagino que me voy. Otras simplemente me voy”). Recuerda todo el rato a Bartleby y compañía y, como está escrito en 1991, podemos decir que es un antecedente. Habla de la muerte y de la literatura. El enfoque da igual, creo que ya lo he dicho, importa cómo nos lo hace llegar, la historia, el cuento, la fantasía.

Voy a contradecir a los críticos y, si me apuran, a mí mismo: Vila-Matas no trata de ser original, no lo intenta pero le sale así, como si la literatura le brotara. Aunque sus frases, de vuelo perfecto y elegante, no muestren, sin embargo, su clara predisposición a que, una vez puesto el punto final, no se elimine una coma. Al menos esa es la sensación que a uno le deja. Yo me entiendo. Fitzgerald le gusta mucho, siempre lo ha dicho, y tiene algo que lo emparenta directamente con él y que se llama talento, talento natural. Por lo demás, nadie, en principio, puede ser completamente original si cada dos páginas está citando a un muerto que escribió hace muchos años. Yo creo que un día Vila-Matas va a hacer un artículo en el que diga que lleva toda la vida riéndose de nosotros. Que ha escrito lo que muchas veces escribieron los demás solo para señalar nuestra ignorancia, pero que a la vez podría haber escrito cualquier otra cosa. Algo histórico. En eso se me parece a Mendoza, que ya ha dejado dicho que él no va a cambiar la historia de la literatura. Ni ganas que tiene. Vila-Matas tampoco quiere, pero juega a decir que esa es su búsqueda. Es complejo.

Me da la impresión de que solo tengo una cosa que decir y ya la he dicho. Así que ya. Se acabó.

Una cosa más, una cita más, la última, completa:

“Pero no hagamos ya más literatura. Por este mismo correo (o mañana) te envío, certificado, mi cuaderno de versos, que guardarás, y del que podrás disponer para cualquier fin como si fueras yo mismo. (…) Adiós. Si mañana no consigo la estrictina en dosis suficientes, me arrojaré al metro… No te enfades conmigo.”

Mario de Sà-Carneiro (en carta a Pessoa del 31-3-1916)

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