miércoles, 9 de octubre de 2013

Madrid



Este fin de semana tuvo lugar en la prensa española un suceso de lo más extravagante: hablar mal, sin razón, de algo. En este caso fue una ciudad. En este caso fue Madrid, Madrí. Paralelamente, a la vez que subía el sentimiento nacional aquí, se dio otro curioso suceso, esta vez en Twitter: hablar mal de Barcelona.

Cada vez que queremos decir lo bien que se vive aquí, en Madrid, decimos lo mal que está un primo nuestro que se fue a estudiar diseño a Barcelona. Ni siquiera puede tomarse algo, el pobre, allí no hay tascas para beber cerveza, allí no hay cerveza directamente, allí lo único que hay es mar, hijos de puta, gafas de pasta y una torre con forma de supositorio.

Quede clara, antes de que me sumerja en el fárrago de mis opiniones, lo que pienso realmente sobre el reportaje de El País: es una infamia. De las más gloriosas que he leído. Y me hace recordar ahora, fugazmente, otros suicidios ejemplares del diario francés radicado aquí, en Madrid. A saber: 'Chacón y cía', aquel tendencioso perfil del ínclito Carromero y, sobre todo, como Madre de Todas las Infamias, una oscura pieza rubalcábica sobre Coro Cillán, la jueza, en donde se hacía un exhaustivo repaso a su autodestrucción que podría haber firmado el mismísimo Malcolm Lowry. Aquello era de novelista ejemplar.

(Echo otro vistazo al reportaje de marras: está al lado de un anuncio luminoso, un banner creo que se llama: Madrid, tax free. Si emprendes, te devuelven impuestos. Maravilloso el liberalismo de aquí, y más maravilloso aún leerlo en Lo País, junto a la prueba textual de su decadencia).

Del texto, que he leído en diagonal, estoy de acuerdo si acaso con lo último, con lo de las drogas, el folleteo y la cultura del colocón. Y no puedo por menos que lamentarme: si Madrid era eso, qué han hecho con mi Madrid. Me gusta la foto que lo ilustra en Interné: sale la Plaza Mayor llena de basura tras el paso de unos señores de Copenhague y una mocita madrileña hablando por el móvil, como si la mierda no fuera con ella. Estamos narcotizados y en Barcelona, me digo, cuando ven a un tío de Copenhague lo mandan directo al ensanche.

Yo vivo en Madrid. Pero a mí Madrid no me acogió. A mí me acogió mi madre al nacer y, aún hoy, gracias a lo bien que se vive aquí, me sigue pagando el piso. Debería irme a Barcelona. Podría decir ahora que no hay nada como un paseo por el Retiro, unos huevos donde Lucio, un bocata en el Brillante, dieciocho copas en el Penta o, si nos ponemos canallas y algo sabinescos, un polvo furtivo en la Casa de Campo. Pero lo primero está imposible con el buen tiempo, lo de los huevos es un robo, el bocata es demasiado grasiento, en el Penta ponen garrafón (y la copa, eso sí, de las más baratas de Madricentro, cuesta siete pavos) y lo último, por último, no sirve más que para coger un sida. Pero qué quieren que les diga: más jodida está la vida en Barcelona.

Lo bueno de Madrid es que, por mucho que la critiques, de aquí no te echan. Aquí hay tanta gente que nadie te ve y, por si fuera poco, tenemos para huir el metro más rápido del mundo. Los trenes aquí vuelan. Aquí rateros, carteristas y banqueros pueden compadrear con ministros en el subterráneo. Aquí todos se entienden en cheli; también hay bilingüismo, por tanto, y nuestra decadencia está en que nos cantara Umbral y no Vázquez Montalbán.
 
Madrid mola y Barcelona es guay, pero yo prefiero Nueva York.

P.D. Para lo de El País han echado mano de gente de otra época. De testigos que recuerdan cosas que no ya no perciben aquí, en Madrid. A eso se le llama experiencia y hay varias formas de irla asimilando: me gusta esta (aquí), de Ruiz Quintano, memoria viva y desengañada de aquel Madrid rufianesco y pegamoide. De un tiempo en que Madrid molaba y, de paso, podía matarte.

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