jueves, 17 de octubre de 2013

Lo multinacional



El primer día que uno llega a una gran oficina de cristal -y no hablo del primer día de trabajo, sino del primer día que uno pisa esa oficina, que es como un ecosistema-, el principal problema está en los demás. En lo que opina esa gente. Quiero decir que uno piensa inmediatamente que de entrada lo difícil es que lo toleren a uno, pues uno se ve como un agente externo, puede que hasta maloliente, un virus de la calle que entra en un mundo ajeno y perfecto de paredes inmaculadas.
Llega uno con la espada del invasor en ristre, como un cierzo que entrase por la ventana que alguien se ha dejado abierta. Lo llevan a uno de la mano y en seguida nota que hay que saludar –salvo contadas excepciones- sin levantar los dedos del teclado, pues el saludo es una cosa demasiado humana como para ejecutarse a la buena de Dios y en horas de trabajo. Superado el miedo inicial –que se supera realmente en cuanto uno ve que nadie le ha dicho que se vaya o que se afeite o que se lave más- llega el momento de imaginar. Diez o quince minutos en un diáfano departamento acristalado y, ante la ausencia de curro real, uno se dedica a imaginarles una vida a sus compañeros, a pensarles un estilo después del traje, un desaliño, un modo heterodoxo de conducirse por la vida. Lo más probable, se dice, es que el del pelo largo y traje de Armani se vaya cada día a su casa gritando en el coche alguna canción de Iron Maiden. Es importante esto del imaginar porque significa la humanización de lo que hasta entonces se vio como un extraño mundo de novela orwelliana.
Luego ya, con el paso de los días, uno repara en que está en un lugar fascinante. Un lugar donde la creatividad es una ingeniería y el mundo gira en palabros circulares como visión, misión o liderazgo, términos que se comprenden y se aplican, y con los que se va tirando. Un lugar donde el drama tiene la forma de un sistema averiado -caído- y la crisis es un desasosiego. Donde hay más gente alrededor de la tarea que en la tarea misma. Donde es vital lo qué están haciendo en Argentina, como si fuera una suerte de trasposición interoceánica, como si la ubicuidad, el ser globales de lo multinacional, fuera un transatlántico imaginario o un potente artefacto que avanza destructor bajo la tierra, levantando índices, hundiendo monedas, erupcionando dinero por las alcantarillas. No descarta uno que esto sean los mercados, el viento desértico que todo lo arrasa; pero si es así, me digo, tampoco es para tanto. 

Hablamos de un lugar en que el integrado no es ni feliz ni triste, y así ha de ser en el trabajo. Porque trabajo no es lo mismo que dinero, y lo último es lo que nos hace felices. Hablamos de un lugar donde un ingeniero come con un economista y ambos se ríen a carcajadas con extraño sentido del humor, entendiéndose en una jerga común de multitareas y programas. Un lugar donde las iniciales bordadas son un reflejo en la pantalla y la corbata un artículo inevitable sobre el teclado. Donde a ciertas horas uno se recoge las mangas de la camisa como si acabara de correr una maratón. Donde ellas actúan de damiselas rotundas, dinámicas y de taconeo alegre, y ellos son calcos de una fábrica de éxitos, de un sistema yanqui que genera talento al por mayor. Un lugar en donde la inteligencia es indudable y uno ha de buscarla en las miradas, en cómo mira esa gente que se viste igual, porque acaso la inteligencia sea eso: vestir igual para ser diferente, transformar la habilidad en dinero, el ocio sano en forma de vida, las copas lunáticas de entre semana en la concentración diaria y su desconexión sabatina como antídoto contra la alienación. Un lugar donde la tarea es minuciosa y el resultado pulcrísimo. Donde se sabe cómo ha de quedar esa misma tarea desde mucho antes de su ejecución. Donde lo original no es importante y la improvisación es una variable científica. Donde uno se sienta y se pone a trabajar; y si no tiene trabajo, lo anticipa. Donde el trabajo es tu vida, pero la vida no es tu trabajo, pues la vida empieza el viernes y hasta entonces no hay que lamentarse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario