miércoles, 2 de octubre de 2013

Estrella distante, Roberto Bolaño







Lo escribí ayer en Twitter: en cualquier otro escritor, Estrella distante hubiera sido su obra cumbre, su visado de entrada (perdón) al canon, a la posteridad literaria. Pero sabemos (porque así nos lo han dejado escrito) que en Bolaño es una obra más. Leí en algún sitio que la compuso (parece compuesta) en tiempo récord. Un editor, entusiasmado por el descubrimiento de Bolaño, le habría preguntado si tenía alguna obra para publicar. Bolaño habría dicho que sí. Tenía muchas, todas rechazadas, y quizás por eso mismo habría escrito en dos semanas esta apretada novelita, que de puro compacta que es da la sensación de que, siendo redonda, podría tener quinientas páginas más. Leí también, esto en otro lado, que Soldados de Salamina, de Javier Cercas, tiene muchos puntos en común con ésta; no lo sé, no he leído a Cercas y lo único que sé de esa novela es que hay una película, creo, y que, según Vargas Llosa (lo dijo en una presentación a la que acudí enviado por el periódico), “es una de los mejores libros que se han escrito”. No olvidé terminar la frase, es que lo dijo así, en suspenso, sin un cuándo ni un dónde.

(Perdón de nuevo, esta vez por la digresión, pero me siento feliz en la tribu de Bolaño, que no es demasiado cerrada, como me había imaginado yo, pues a uno lo admiten sin necesidad de mostrar una adhesión tan incondicional. Creí que no me perdonarían haber tardado tanto, pero la verdad es que no: estoy ya intercambiando impresiones con más de un fan que que me va guiando por los meandros del mito, recomendándome vídeos, anécdotas… sobre las obras he de seguir investigando.)

Estrella distante. Tengo miedo a que se me vaya el vuelo de la muñeca, así que antes de nada lo digo de la forma más viril posible: la novela es cojonuda. Y es también la historia de Carlos Wieder o Alberto Ruiz-Tagle. Se supone que una continuación, una paja mental que parte del último y esquemático capítulo de La Literatura nazi en América, libro que tampoco he leído pero que ahora mismo me voy a comprar, en cuanto acabe esto.  Carlos Wieder es un cabrón y no diré mucho más, solo que, en cuanto que piloto militar, le da por escribir versos (y versículos de la Vulgata) sobre el cielo con el humo de su avión… (Aquí parece inevitable escribir estos puntos suspensivos.)

Dejo algún párrafo para que se vean bien, de frente, las referencias librescas y el tonillo como melancólico, leve, de poeta desperado:

“Sucedió un atardecer –Wieder amaba los crepúsculos- mientras junto con otros detenidos, unas sesenta personas, matábamos el aburrimiento en el Centro La Peña (…) Lentamente, por entre las nubes, apareció el avión (…) y ahí en esas alturas, comenzó a escribir un poema en el cielo. Al principio creí que el piloto se había vuelto loco y no me pareció extraño. La locura no era una excepción en aquellos días. Pensé que giraba en el aire deslumbrado por la desesperación y que luego se estrellaría contra algún edificio o plaza de la ciudad. Pero acto seguido, como engendradas por el mismo cielo, en el cielo aparecieron las letras. Letras perfectamente dibujadas de humo gris sobre la enorme pantalla de cielo azul rosado que helaban los ojos del que las miraba. IN PRINCIPIO… CREAVIT DEUS… COELUM ET TERRAM, leí como si estuviera dormido (…)”

“Wieder viajó por el interior de la nube como Jonás por el interior de la ballena.”

“Sobre el límpido cielo de la base Arturo Prat Wieder escribió LA ANTÁRTIDA ES CHILE  y fue filmado y fotografiado. También escribió otros versos, versos sobre el color blanco y el color negro, sobre el hielo, sobre lo oculto, sobre la sonrisa de la Patria, una sonrisa franca, fina, nítidamente dibujada, una sonrisa parecida a un ojo y que, en efecto, nos mira (…) la palidez de Carlos Wieder (una palidez fotogénica) lo hacía semejante no solo a la sombra que había sido Ruiz-Tagle sino a muchas otras sombras, a otros rostros, a otros pilotos fantasmales que también volaban de Chile a la Antártida y de la Antártida a Chile a bordo de aviones que el loco Norberto desde el fondo de la noche decía que eran cazas Messerschmitt, escuadrillas de Messerschmitt escapados de la Segunda Guerra Mundial. Pero Wieder, lo sabíamos, no volaba en escuadrilla. Wieder volaba en un pequeño avión y volaba solo.”

El avión se va perdiendo en tirabuzones y giros imposibles, y continúa saliendo a cada rato, dejando más versos y al final una sola palabra, en el centro exacto de la ciudad: APRENDAN. Hay que decir que Carlos Wieder era un esbirro de la dictadura y eso al final se nota. Como Concepción no es Nueva York, el avión dejando recaditos por el cielo más que anticipar el terror, lo que hizo fue revolver las inquietas almas de los jóvenes revolucionarios, en su mayoría presos por la dictadura.

En la novela, por cierto, hay terror, mucho y muy inquietante.

El protagonista, en cuya voz se van mezclando otras voces, va en la busca del misterioso poeta del humo, al dictado de un coro que lo ha visto o ha oído algo sobre él. En esto recuerda por momentos a Los detectives salvajes. Y a nada más. En las dos hay búsqueda y en las dos los detectives tienen algo que ver con la literatura.

Uno tiene la sensación de estar ante algo único. Único, sangriento y bello. Y no por el estilo, ese lirismo quedo de lo cotidiano, a veces automático, tan imitado, sino por el conjunto, el tono, la sensación de que Bolaño en cualquier momento, en medio de una voluta arrebatada, de una pirueta poética de lo más efectiva, se la saca y degüella a una mujer.  Para esto, como para meter en el mismo pasaje cinco tanques, dos militarotes, un mafioso, cuatro putas, un verso intruso sobre el cielo que se derrama y, por último, un brutal asesinato, y que el conjunto no quede, cómo diríamos, raro, hay que valer. O mejor dicho, conocer lo que es miedo y luego ya, si eso, reírte de él. Poetizarlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario