miércoles, 30 de octubre de 2013

El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez



Lo que sigue está ciertamente alejado de ser una crítica. Es como la décima vez que intento escribir sobre García Márquez y la segunda, creo, que no irá el Word a la basura. La última vez me tocaba escribir sobre televisión, pero la noche anterior leí, por lo que decidí poner que Cien años de soledad era la Biblia del Caribe. Se me censuró y yo me enfadé.

Digo esto porque no sé si Cien años de soledad es la Biblia de Latinoamérica, pero sí sé que al menos es lo más cercano a la Biblia de un lugar, Macondo. En Cien años… se crea un lugar (llámese región, ciudad o Mundo), hay un gitano que narra, pueblos desposeídos que buscan una tierra, un Dios-autor que fabula. “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”, dice una de las primeras frases del libro. Bloom habló aquí de Génesis y al final, en esto tan bello que pongo a continuación, de Apocalipsis:

Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado.

De esto a coger un sitio y ambientar allí una historia hay un trecho considerable. Para crear el mundo hay que darle nacimiento y muerte, y entre medias una historia que sea tan grande como el propio mundo creado.

Ese mundo, en GGM, llegó a rebosar su figura. Y se ve, por ejemplo, en El otoño del patriarca, que es el faulkneriano tocho del que vengo a hablar aquí.

Pero todavía no. Conviene situar al lector de GGM, un lector medio, normal, como yo, que lee Cien años de soledad a los 15 o 16 años. Bien. Creo que es el momento: si uno no se engancha así a los libros, créanme que no lo va a hacer con el Quijote. Pero yo volví a releerla (Cien años…) hace un par de inviernos y disfruté más, y a partir de entonces la tengo siempre a mano y voy ojeando párrafos y capítulos, páginas que me dejan exhausto y me hacen devolver el volumen a la estantería saciado de literatura.  

GGM tiene mucho que ver con el placer de la lectura, con el disfrute estricto del libro. Uno tiene que dejarse tirar de la camiseta, echar a volar de la mano de su prosa, que es como si estuviera escrita por un marino levitando en calzoncillos o por una vieja ensopada en sudor en un porche de madera y paja. Lo malo aquí es que no siempre está uno para disfrutar leyendo. Y vamos entrando en lo que uno quiere decir, que es que uno a veces quiere perderse en la estepa rusa, otras quedarse boquiabierto ante el giro final de un thriller y otras simplemente satisfacer su curiosidad. GGM no te da opción (como ningún escritor, por otra parte, pero en este caso es peor, porque la decantación es absoluta), así que te queda la sensación de estar ante un grupo de fusilamiento en que a uno lo ametrallan con frases bellísimas y perfectas que parecen surgir del verbo florido de García Márquez como surge el escupitajo de una llama, esto si no supiéramos que el ex escritor se tiraba dos días para escribir un folio. El otoño del patriarca le llevó siete años y se intuye el trabajo duro, la fuertísima concentración por hacer coherente, hipnótico, lo incoherente, usando todos los trucos a su alcance. Siento decepcionarles, pero Gabo no escribía a golpe de inspiración. El mérito: hacer que el lector crea que el gallinazo despega del suelo y se come una nube porque la narración lo ha llevado hasta allí.

García Márquez, por dilatar esto más, es profundamente antiliterario. Me explico. Sus historias beben de la cultura popular (la suya, que está formada de guayabos, mares cristalinos y sanguinarios dictadores), nada tienen que ver con la literatura como modo de conducirse por la vida de algunos de sus compañeros de generación, con la errancia de poetas cortazarianos, por ejemplo, ni con la funcionalidad de la narrativa política de Vargas Llosa. GGM es distinto y yo sostengo que hay en cada uno de sus libros (sobre todo en los mejores) un refinamiento del bestseller al que resulta imposible detectarle las costuras. También se hace alusión al derroche estético de García Márquez cuando convendría recordar que sin ese derroche el mito no tendría cabida, y sin mito no hay Macondo ni por supuesto GGM. Y puede que todo ese arsenal no venga más que a camuflar la ausencia de profundidad, que yo, por otra parte, celebro. En esta línea, que uno no espere encontrarse un tratado sobre política, ni siquiera una teoricilla, en El otoño del patriarca, porque no.

Gabo es prosa e imaginación, y con eso basta.

Sigo con mi experiencia. Pasaron varios años y leí algunas de sus novelas cortas: El coronel no tiene quien le escriba la recuerdo muy bien, recuerdo el gallo y el final, con un mierda bien sonoro. Está a la altura de sus mejores obras. Luego ya no recuerdo fechas. El verano pasado leí la que, opino, es su mejor novela: El amor en los tiempos del cólera. Al refinamiento del bestseller uno le añade el guión de una telenovela venezolana, todo ello pasado por El tiempo entre costuras y voilá. Pero la novela es una de las mejores del último siglo y, me atrevo a decir de nuevo, la mejor de su autor. Poco más puedo hacer por despertar su curiosidad. Luego leí Del amor y otros demonios (realismo mágico pasado por el filtro del reportaje), La Hojarasca (Faulkner+humedad), La Mala Hora (estupenda, hemigwayana, ya con Macondo asomando),  además de cuentos, crónicas variadas y diarios de náufragos y demás. Todo ello estupendo, pero en dosis justas. El Gabo periodista, por cierto, me interesó siempre mucho menos que el cuentista y, por supuesto, que el novelista.

Y El otoño del patriarca, a la que llego ya sin aliento, que es una concentradísima, exasperante y esforzada pieza faulkneriana, como si GGM le hubiera querido dar al maestro, pasados los años, algo de lo que le debía. Hallado ya su estilo y su mundo propio de ficción, Gabo vuelve aquí a las cataratas de la conciencia, haciendo entrar y salir con continuos encabalgamientos a los personajes, a ratos narradores, a ratos espectadores del declive (otoño) del patriarca. Es trabajosa de leer, cansada. La novela me ha hecho pensar en la relación de Fidel Castro con GGM. Siempre se dijo que se sustentaba en la fascinación de este último por la presencia mítica del dictador caribeño. Tras leer el libro, sinceramente no lo veo. 

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