lunes, 7 de octubre de 2013

El animal moribundo, de Philip Roth





Unos escriben para quedarse, otros simplemente para huir. Esto ha sido así siempre. A esta genialidad llegué yo el sábado noche ante la imposibilidad de dormir por culpa de una indigestión de rabo de toro con mollejas, lo cual me sirvió no solo para llegar al meollo de la literatura, sino para acabar, de paso, El animal moribundo, de Philip Roth, que terminé entre cabezadas y bostezos, pensando en huir sin escribir o en escribir para quedarme sin tener ya que bostezar ni una sola vez más. Roth es de los escritores que escriben para quedarse, y lo logrará, pues acumula ya suficientes méritos. Esto no quiere decir que algunos no nos alegráramos cuando dijo que abandonaba para siempre la escritura. Y eso que al final, me digo yo a mí mismo, se quedarán los más pesados o los que escriben deliberadamente para huir. Roth, a lo último, es de los primeros. Se quedará Marías, pero también se quedará Mendoza; se quedará Richard Ford, pero también se quedará McCarthy; se quedó Tolstoi, pero también se quedó Dostoievski; se quedó García Márquez, pero también se quedó Cortázar; se quedó Hemingway, pero también se quedó Fitzgerald. Y así podríamos seguir hasta hoy, un tiempo del que ojalá no se quede nadie.  

Porque al final se irán sin dejar rastro los que fingen peso (pesadez) o hastío de la vida, los falsamente literarios.

Pero vayamos a lo que nos interesa:

El animal moribundo. 2001, o sea antes de ayer. El argumento es como el de Lo-li-ta y hay polvetes bien explicados, que para eso hemos venido aquí. David Keplesh, profesor cultísimo y bastante verde, es un señor muy viejo que nos habla de una aventura que tuvo años antes (pero no muchos: tiene ochenta y esto ocurrió cuando contaba sesenta o así) con una cubana muy joven, alumna suya, llamada Consuelo. El libro va de sexo y eso nos gusta, pues nos gusta el sexo leído, visto o como sea. El problema es Keplesh, que es un señor no solo viejo, sino sumamente desagradable y, lo que es peor, un pedante de mucho cuidado.

El libro está dirigido al lector, lo vemos por alguna segunda persona que se va colando cada veinte o treinta páginas, y eso es lo malo: que da la sensación de que se nos está mostrando, perezosamente, lo que es la Vida. Así, con mayúsculas. Como Rubalcaba durante la última campaña. Digo yo que sería mejor que Roth se hubiera centrado más en el libro en sí y no tanto en el inmenso favor que nos estaba haciendo regalándonoslo.

Hay un problema (y gordo) en la voluntad del Roth ensayista por comerse al Roth novelista. El argumento es sumamente frágil y ni a él parece interesarle. Esto no tendría por qué ser necesariamente malo: los grandes escritores lo son pese a haber escrito sobre tonterías; el resto es best seller y novela sueca. Pero es que Roth anula la historia, la ahoga. No quiere mostrarnos los celos de Keplesh, sino lo que supuso la liberación sexual para la monogamia de toda la vida; no quiere, asimismo, indagar en las particularidades de una relación sexual entre un viejo y una joven, sino que pretende iluminarnos sobre cómo la cultura americana ha ido, poco a poco, abriendo la mano… en definitiva, no le interesa la vida, sino la cultura que rodea nuestras vidas. Por tanto, no es una novela, sino un ensayo disfrazado. Es como si a cada página el autor, ya vejete, nos quisiera contar no todo lo que ha vivido él, sino todo lo que sabe de la existencia en general y de la cultura americana en particular. Y a veces es que ni siquiera hay una mínima razón. Si el libro va de sexo, que no me diga (o que me lo diga poco): “Perdón por la digresión” y a continuación me suelte un textaco tremendo sobre la Guerra de la Independencia. Bien, no obstante, el repaso a los sesenta, a la liberación sexual… sobre esto, por ejemplo, SÍ ha lugar:

“Las Janies de los años sesenta en Estados unidos sabían cómo actuar alrededor de las tumefacciones viriles. También ellas estaban tumefactas, así que sabían realizar transacciones con los hombres empalmados. El azaroso impulso masculino, la iniciativa masculina, no era una acción ilícita que requiriese denuncia o sentencia, sino una señal sexual a la que uno reacciona o no. ¿Controlar el impulso masculino e informar sobre sobre él? No las habían educado en ese sistema ideológico.”

Podría seguir eternamente porque las reflexiones duran páginas y páginas. El tono es el de alguien que echa de menos ser joven y que disfraza de apetencia sexual lo que en verdad es apetencia de juventud, de volver a vivir lo ya vivido. Todo esto está muy visto y suena a libro ya cansado.

Hay una película sobre el libro que firma Isabel Coixet. Dudo que sea mejor, pero si no os da pereza, aquí está: http://www.imdb.com/title/tt0974554/  

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