domingo, 20 de octubre de 2013

Echar a correr



Que uno corre para huir parece evidente. Huir del michelín, del sofá, del aburrimiento, de la misma silla frente al ordenador. Huir de lo que en algún momento concreto, casi siempre a la misma hora, se nos hace minúsculo y agobiante. Se corre para huir y para huir pronto, y por eso, en puridad, no hablamos de correr, sino de echar a correr. Echar a correr, el concepto, es como dar un paseo en bici, pues en ningún caso uno pasea para llegar, sino para estar paseando, que es –odio repetirme- como estar llegando. Es decir, que si de correr no paráramos –y alguno va camino de alcanzar este absurdo- tampoco importaría demasiado. Hay casos en que uno corre también para estar más guapo. Pero es este un correr estético que también entraña el asunto de la huida. Uno corre para huir del cuerpo actual e instalarse en una especie de ensueño africano que a nuestras abuelas les parecería insano. Correr y quedarse escuchimizado, como si nos pasara algo, correr para dejar atrás el lastre michelinesco (carrera rauda) o para sudarlo, matándolo del aburrimiento (carrera lenta).

En mi caso al correr le he añadido la barba, una barba que se apodera de mi cara y me otorga un aspecto de persona a punto de morirse, como si quisiera yo dejar para los restos un extraño rostro de pubis salvaje. Me gustaría que un día dijesen que parezco un cuáquero, aun sin saber si los cuáqueros llevan barba. Un cuáquero que corre, y corre solo. Un cuáquero sórdido, que son ahora mismo mis dos palabras preferidas.
Me fastidia que el correr, con todo el esfuerzo que conlleva, no entrañe mérito hoy, pues todo el mundo corre unas distancias disparatadas. De ahí la tristeza del corredor, sintagma acuñado por Murakami y que yo suscribo, que diría un tertuliano. Hay ahora mismo una tristeza colectiva que mucho tiene que ver con el correr. Correr es una tarea triste y nunca un corredor ríe, como sí ocurre con otras actividades deportivas. La tristeza del corredor, que es algo que al postulante japonés al Nobel le ocurrió tras correr como tres maratones seguidas, creo yo que tiene mucho que ver con el aburrimiento. Correr es aburrido aunque te encante la música, a uno corriendo se le ocurren las peores ideas. La maldad (a la que uno llega por aburrimiento) amarga, correr de algún modo nos envilece. Correr corrían, por ejemplo, Zapatero, Bush y Aznar.

Correr es ya una tarea colectiva y en breves alguien publicará (si no se ha publicado ya) un reportaje titulado “Correr como forma de vida”.

Con el resto de corredores tengo yo una relación extraña, pues los saludo automáticamente como si me uniera algo a ellos, un hermanamiento parecido al que siento con los conductores ralentizados en el túnel de Costa Rica. Los conductores giratorios del túnel de Costa Rica son un poco como los corredores sonámbulos de Canal, en donde se ejerce lo contrario al correr, tal y como yo lo entiendo. Esa gente no corre: da vueltas, que es una cosa bien distinta, y ya no es que no vayan a ningún lado, ¡es que ni siquiera quieren ir!

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