jueves, 26 de septiembre de 2013

Escobar, el patrón del mal



Pablo Escobar / Andrés Parra


Llegué a Escobar, el patrón del mal por un artículo de Vargas Llosa en El País y llevo vistos, si mal no recuerdo, unos sesenta capítulos. La serie me está pareciendo estupenda, escrita con inteligencia y ritmo y con una fidelidad asombrosa si no a los diálogos, que por fuerza no serán exactos, sí a lo ocurrido en Colombia durante los durísimos años del narcoterrorismo. En Internet está todo documentado, es posible acceder a los discursos y arengas de Escobar –hay una conversación telefónica en la que, con su peculiarísima forma automática de hablar, anuncia la guerra que se le viene a Colombia (y que se le vino) por la “tozudez” de unos políticos que se niegan a levantar el proceso de extradición a los narcos- y a las entrevistas que algunos de los sicarios del sanguinario cartel de Medellín van concediendo desde las cárceles, en donde los pocos que sobreviven cumplen cadenas perpetuas.

En las primeras líneas de la pieza dominical de Vargas Llosa ya se intuye que la serie le iba a servir a él de pretexto para subrayar una vez más su conocida postura acerca de la legalización de las drogas. Yo en realidad, como en tantas otras cosas, no tengo una postura demasiado clara al respecto, si acaso me inclino por la legalización, aunque esto me sitúe al lado de tantos anarcoliberales que descargarían su ira contra el Estado si a un hijo suyo -rubio, inteligente, de colegio privado- le diera por la cocaína o por las putas, cuya actividad también desean legalizar a toda costa. Pero reconozco que, como ellos, yo creo que es la única salida para países como México o (ahora menos) la propia Colombia. 

Y dicho esto, que me ha aburrido hasta a mí, la serie funciona como un escalofriante y caricaturesco –Escobar es una macabra caricatura del nuevo rico- documento del capitalismo moderno, el auge y caída de un empresario cualquiera ajeno a una oligarquía establecida, y un excelente trabajo de ficción, una peripecia, la de Pablo Escobar, que paradójicamente corría el riesgo de resultar inverosímil, y que es resuelta por los guionistas de un modo magistral, con la ayuda de un grupo de grandes actores que parecen sacados de un poblado del mismo Medellín.

La serie se sigue como una especie de documental ficcionado a lo largo del cual uno siente el incontenible impulso de ir cada poco a Google para comprobar si lo que se cuenta ocurrió de verdad. Y siempre ocurrió, pues al lado de Escobar la Cosa Nostra sería algo así como un respetable grupo empresarial democristiano. Es como si al poder siciliano se le uniera un escalofriante desprecio a la vida. La mente de Escobar no era en absoluto la de un criminal sofisticado, sino que, como dijo su sicario personal, Popeye, hoy en la cárcel y concediendo entrevistas, “era un hombre profundamente inteligente que actuaba con gran sencillez”. Es decir, que si el ministro de Justicia se atrevía a pronunciar su nombre, lo mataba; si el director del principal periódico de Colombia (‘El Espectador’ de García Márquez) le nombraba en un editorial, lo mataba; si un juez rechazaba su dinero, lo mataba; si un capitán de la policía desbarataba uno de sus laboratorios clandestinos en la selva, lo mataba; si un socio lo traicionaba, lo mataba a él y a toda su familia; si el Gobierno se negaba a colaborar, estrellaba un avión de pasajeros y mataba a cientos de personas; si el Gobierno seguía sin colaborar, ponía una bomba en un supermercado… y así podríamos seguir hasta redondear la espeluznante cifra de las 10.000 muertes relacionadas directamente con él.
  
Pablo Escobar recién abatido por la policía. Se convirtió en el trofeo más preciado para la policía

Su lucha contra el Estado se desencadenó a raíz de la que fue sin duda la peor decisión que tomó en su vida: acceder al Congreso de Colombia con indisimuladas esperanzas de presidir la república. Fue entonces cuando se definió a sí mismo como la segunda persona más importante del mundo después del Papa, casi al tiempo en que decidió barnizar de lucha política lo que no era sino el producto de un miedo irracional a que lo extraditaran a EE UU, separándole de su familia y de su dinero. Ocurrió lo lógico: fue desenmascarado por los señores congresistas y aquella afrenta no la perdonaría jamás. La suya se convirtió en una lucha personal para la que utilizó todo su dinero. Mientras sus socios disfrutaban de los millones de la cocaína, él se armó y formó un ejército de sicarios y un día tuvo la feliz idea de convertirse en terrorista. Contactó con España, con ETA concretamente -estamos en los ochenta-, para solicitar un curso apresurado de terror a gran escala. Un terrorista vasco –no dicen exactamente quién- les enseñó a sus hombres cómo se pone un coche bomba y, a partir de ese momento, se convirtieron estos en los juguetes preferidos de Escobar, que se reía como un niño cada vez que explotaba uno.

La guerra duró varios años y el capo de capos fue entrando paulatinamente en una especie de alucinación semejante a la de un Stalin o un Hitler, una paranoia que lo llevó a desconfiar de todo y de todos hasta acabar encerrado en una habitación con su mujer y sus hijos, prácticamente muriéndose de hambre pero con miles de millones de dólares forrando las paredes. Dicen que quería ser una especie de Al Capone cruzado con Robin Hood, pero lo cierto es que, antes de su caída en desgracia, superó a ambos referentes, convirtiéndose en uno de los hombres más ricos del mundo, poseedor del 80% de los beneficios que generaba la cocaína en todo el planeta –se calcula que su fortuna alcanzó los 25.000 millones de dólares-, causante directo de unas 10.000 muertes, creador del concepto de narcoterrorismo, patrón de unos 5.000 sicarios por toda Colombia, benefactor de algunos de los barrios más pobres de Medellín… En su delirio, se erigió en procurador de una Nueva Colombia, aun consciente de lo perniciosas que eran las drogas –a uno de sus principales socios, Carlos Lehder, lo entrega derecho a los EE UU entre otras cosas por haberse convertido en un “vicioso drogadicto” y un degenerado-, haciendo gala de una moral tan voluble, tan adaptada a su enfermiza concepción de la realidad, que ante el visionado de muchos de los episodios de su vida se hace complicado contener la risa.

Ocurre en la serie algo que a mí no me importa demasiado, pero que entiendo que pueda cansar a quien la vea: hay desde los títulos de crédito (en los que aparece la leyenda: “Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”) la pretensión evidente de señalar a Escobar como el malo malísimo que era, y de esto se resiente un poco el conjunto. Se difuminan los matices, sobre todo en lo referente a los héroes –que lo fueron, ojo- que no se dejaron extorsionar y que, casi sin excepción, acabaron muertos. Se tiende a subrayar el drama de sus familias, como si solo así el espectador pudiera ser consciente del horrible trance por el que pasaron, y a cada asesinato lo precede un capítulo en el que aparece el futuro cadáver jugando a la guerra de almohadas con sus hijos, dando románticos paseos con su esposa… y cuando al fin muere, tenemos que ver otro capítulo íntegro para el sepelio, con su música de violines y los arrebatados llantos de unos actores que, por otro lado, lloran maravillosamente bien.

Esto ocurre menos, es cierto, al elaborar el fidedigno retrato del narco, despiadado asesino pero padre amantísimo y animalillo acobardado ante su madre. Aunque existe el claro objetivo de insistir en lo demoníaco de su figura, los guionistas no han tenido reparo en presentarle como el hombre familiar que era. Por lo visto, el psicópata era así, o al menos así lo recuerdan sus parientes, entre ellos su hijo, Sebastián Marroquín (se cambió el nombre, como toda la familia de Escobar a su muerte), salido hace bien poco de la clandestinidad y no demasiado traumatizado por los crímenes del padre, pues ha montado una línea de productos con su cara y leyendas como “Plata o muerte” e inocentes cosas por el estilo.



La tumba de Pablo Escobar es lugar hoy de peregrinación y, cuando los periodistas pronuncian su nombre por los barrios pobres de Medellín (algunas de cuyas casas fueron construidas por él) se le suele señalar como un mártir de la propaganda gubernamental. Por lo visto, está concepción es perfectamente compatible con los miles de asesinatos que cometió y con el caos en que sumió al país durante más o menos una década.

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