viernes, 3 de mayo de 2013

Mario Praz. El hombre pasa, el mueble permanece

“El hombre pasa y el mueble permanece: permanece para recordar, para testimoniar, para evocar a quien ya no está, a veces para desvelar algunos secretos celosísimos, que el rostro del hombre, su mirada, su voz ocultaban tenazmente”.
Alberto Savinio
Souvenirs, “La vida a subasta”

Cuando aún le quedaban dos décadas para morir, Mario Praz (1896-1982) decidió hacer inventario de su vida. Y su vida era una casa, sobre todo una casa, un hermoso palacio de la Via Giulia, en el centro de Roma.

El idilio de Praz con esta calle, que sigue brevemente el paso del Tíber a la altura del Ponte Mazzini, comienza en 1917, casi veinte años antes de instalarse en ella. Praz había llegado a Roma con una matrícula en Leyes bajo el brazo, listo para dar tumbos en habitaciones más o menos inhabitables de Piazza Navona –recuerda “las deliciosas vistas” desde la casa derecha de San Giacomo degli Spagnoli y la habitación “descuidada y sucia, atestada de insectos”-, Via Firenze o Via Principe Umberto, cuando un día, “como un forastero cualquiera”, descubrió aquella “calle tranquila y señorial, como la nave de una iglesia entre capillas”. Enseguida se enamoró Praz de esos fastuosos palacetes que, repartidos a ambos lados de la calle, daban al conjunto la apariencia de un pasillo entre habitaciones, de un lugar apacible y elegante que su mente inflamada de lecturas emparentaba con el Palazzo Boccanera de Zola o el Ricci, lóbrega morada de los Osmond en Retrato de una dama, de Henry James.

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