domingo, 7 de abril de 2013

Lo que hicieron Céline, Gorki y otros escritores para sobrevivir

En los años treinta, durante su paulatina decadencia, Francis Scott Fitzgerald  gustaba de entregar parte de su tiempo al recuerdo de los agitados años veinte. Una época de jazz, champán y hoteles caros cuyos ecos no dejarían de retumbar nunca en las ahogadas meninges del autor de El gran Gatsby.

En su testamento literario, El Crack-Up, el máximo representante de la generación perdida –lo es por apego artístico a su tiempo– cuenta cómo él mismo inauguró la década de los veinte con A este lado del paraíso y enseguida sus cuentos se convirtieron en los mejor pagados de América, llegando a triplicar la cotización de los trabajados relatos de su camarada Ernest Hemingway. Una vida de excesos, despreocupación y supervivencia primaria que consistía en beber y frecuentar todos los ambientes, reservándose el tiempo imprescindible para producir literatura en serie.

Fitzgerald tuvo la suerte de desempeñarse en trabajos forzosos, alimenticios, relacionados con su vocación, con lo que mejor sabía hacer; sin embargo, el exégeta de la era del jazz no perdurará por sus relatos, y eso que la mayoría acreditan pericia narrativa y dominio del tempo suficientes como para figurar en cualquier canon contemporáneo, sino por un puñado de novelas redondas escritas en etapas de independencia económica, con el tiempo necesario para atender a las musas.

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