martes, 30 de abril de 2013

Desencuentro en París



Había dejado de ver Telecinco y hasta borré mi perfil del Facebook durante una semana, actividades que no retomé del todo hasta que me encomendaron en La Gaceta la divertida tarea de escribir sobre lo que veía por televisión. Fueron unos meses de tanta introspección que hasta se me generó un tapón en el intestino, algo que aún no he superado del todo. Recopilaba libros y los colocaba cuidadosamente en las estanterías de mi casa, a veces los miraba durante horas, tardes enteras contemplando en silencio mi biblioteca, con la televisión apagada. Fue una época en que no me aguantaba ni yo, consideraba la tele un invento del diablo y me creía todas aquellas teorías sobre los perniciosos daños que Internet infligía en nuestro cerebro. Me compré un jersey de cuello vuelto y tonteé con fumar en pipa, dejándome bigote, un bigote de pelos rubios, lacios, que me parecía a mí que me daba un aire de intelectual atormentado. También me compré unas gafas grandes y negras que ahora me pongo con cierta vergüenza: no tengo otras, ni dinero para renovarlas. En esa época ni siquiera veía Gran Hermano y un día, brazos en jarra, me quedé mirando a la tele por detrás, pensando seriamente en sacarla al rellano y dejarla ahí por si alguien se animaba a quitarme ese peso.

No tenía a nadie que me diera la razón en esto; más bien la gente, mis amigos, me miraban con pena y yo notaba cuchicheos a mi espalda. Así que, como tengo un carácter débil, decidí, pasado un tiempo, mantener en secreto mi nueva vida y salir el fin de semana fingiendo que era yo mismo. Volviendo la vista atrás, tengo la certeza de que hice un ridículo espantoso, un ridículo que además debió de ser escarnio entre mis amistades de toda la vida, acostumbradas a mi carácter dicharachero (mi nuevo modo de vida exigía circunspección y decoro, y yo salía por Malasaña). Pero como todo, aquello acabó y empecé a leer con moderación y retomé la tele, las copas y, en definitiva, todo lo divertido que nos ofrece esta vida. Hay que ver cuánto daño ha hecho la cultura. Creo que empecé a cambiar tras un viaje iniciático a París, adonde debí de ir a componer versos insufribles y en donde llovió tanto que se me destiño un chubasquero azul sobre el pecho, que aún hoy estoy frotándome con el desmaquillador de mi chica. En París, al contrario que Hemingway, fui muy pobre y muy infeliz.


A diferencia de la primera vez que la visité, París parecía entonces no quererme con ella. Yo llegaba solo, de noche, a una ciudad que me había recibido antes de un modo radiante, regalándome, a modo de presentación, la formidable vista de Notre Dame desde la boca de metro de Saint-Michel. Llegaba tras haber aterrizado un par de horas antes en Beauvais, que es el aeropuerto en que Ryanair opera y para cuyo traslado hasta la capital te sopla, quieras o no, cinco mil pesetas de las de antes. Eran las nueve y media de la noche y llovía escandalosamente, casi de un modo violento, y las gotas, cuya frecuencia formaba una especie de manto blanquecino, golpeaban unos techos de uralita en donde, según mis cálculos, había de erigirse Chatelet. Saqué el mapa y lo desgracié para todo el viaje. Apenas había gente en la calle y la sensación de desamparo, acrecentada por esa tiniebla acuosa y por el estruendo metálico del agua al caer, se hacía casi insoportable. Me quedé un momento parado, la chaqueta traspasada ya por el agua, solté la maleta y miré al frente, tratando de advertir la ciudad que había dejado casi dos años antes. No vi nada. Tenía que llegar a mi hotel, pero no sabía muy bien dónde estaba. A la izquierda, un par de bistroc que no me sonaban, uno de ellos vacío y en otro una pareja de esas que solo se encuentran en París, que se mordisquean y se besan como si los estuviese fotografiando Robert Doisneau. En París, pensé, supongo que con una mano en la barbilla, uno está siempre para que lo fotografíen.

A los enamorados no les pregunté, por supuesto, dónde quedaba la rue Sedaine. Sabía que no estaba cerca, pero durante el vuelo había planificado un primer paseo en perfecta soledad que tenía que dar, pues ya había salido del metro. En aquella primera toma de contacto, que es siempre la peor parte de cualquier viaje, yo sentí cierto vértigo: ¿qué había ido a hacer yo allí? Yo estaba entonces en el clímax de mi vida triste y ascética, quería ser un bicho solitario y ni siquiera sospechaba que mi vicio literario no era más que veleidad, juego, ocio, un modo de dar el cante. Un juego, y a jugar me fui a París. Caminé bajo la lluvia durante al menos una hora, siguiendo la orilla del Sena para no perderme aunque el rodeo fuera mayor, calado y con los zapatos dados de sí por el agua, hasta que llegué al hotel, casi a medianoche. Me esperaba un moro alto, delgado y sonriente, con el que me disculpé por la tardanza, pues no estaba seguro de no haberle provocado un disturbio en su recta vida musulmana. Lo cierto es que se portó como un judío: me cobró al llegar, ofreciéndome con una sonrisa el tarjetero, y me enseñó la habitación: una triste pieza blanca, asépticamente cutre, con una cama, un lavabo y una pequeña tele donde algún día de los que siguieron escuché, derrotado, los conciertos de música clásica que programa por la noche un aburrido canal francés. 

Cuando me dejó, tiré la maleta sobre la cama y me volví a la calle. Creo que estábamos ya en alerta naranja. Cené en un Burger, en la plaza de Voltaire, cuya tumba vería al día siguiente. Fui caminando hacia el Sena, que allí, desde donde yo estaba, que es la zona de la Bastilla, es siempre bajar, como si fuera uno al mar, que es al final la Isla de San Luis, la cité, Notre Dame. A mí me gustaba mucho Saint-Michel y el barrio Latino, y quería pasear por Saint Germain hasta los jardines de Luxemburgo, a donde fui un par de veces a ver si cazaba en el aire algún cronopio. Se ha quedado el mito hemingwayano del café, de la Copoule, el Flore, el Deux magots, lugares adonde fui y casi nunca consumí. Un café en el Flore, que es el final el más barato de todos, cuesta 5 euros en la terraza. Yo allí me senté, rezando para que no me viera el camarero, y leí un rato Rayuela, que fue el libro que llevé a París, libro que ya había leído, pero que releía gustoso, incluso bajo la lluvia.

Después, claro, el viaje mejoró moderadamente. Al tercer día de lluvia y frío, el miembro se acostumbra a estar encogido y la carne de brazos y piernas, no se sabe si mechada o qué, empieza a responder con normalidad. Ese día, el tercero, por fin me compré un paraguas.  



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