lunes, 4 de febrero de 2013

Memoria de García Márquez


Publicado en LA GACETA el 04/02/2013

Un día de 1965, Gabriel García Márquez salió del cuarto donde había estado encerrado los últimos dieciocho meses. Agitaba, exhausto, con una mueca forzada de felicidad, un manuscrito de mil trescientas cuartillas. Mercedes Barcha, que hasta entonces golpeaba cada hora la puerta para ver cómo seguía el duermevela literario de su esposo, había estado sufriendo de veras por aquella obra interminable. Hubiera querido entrar derribando la puerta y hacer algo con esa tos horrible, seca y áspera, que se le escapaba a Gabo cada cinco minutos. El colombiano rondaba los treinta y ya tenía la piel cuarteada y el bigote amarillo de mantener un tabaco en la boca mientras aporreaba la máquina de escribir. Últimamente, aprovechando el descanso de la noche, ella, como la mujer de aquel coronel a la espera de correspondencia, le preguntaba cómo iba la novela, o lo que fuera que estuviese haciendo, y él respondía mirando al suelo: “Lleva treinta años escrita”.

Cien años de soledad estuvo siempre en la cabeza del de Aracataca: era su única obra maestra posible, la reordenación de un mundo para los incrédulos. Sucedió durante un viaje a Acapulco. De pronto se le apareció la novela y años después diría que en aquel momento “la tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”.

Hoy, manteniéndose vivo, sabemos que García Márquez no escribirá más. Acaban de editar algunos de sus reportajes en los que, al modo de las ficciones, cuenta historias que se van desembarazando de los amarres de la realidad, poblándose de seres prodigiosos y matriarcados imposibles, y todo con el mismo aliento volcánico que echaba el vuelo entre hojas de banano y gallinazos secándose al sol en un caballete frente al mar. Ahora es él quien se seca al sol en algún lugar de Latinoamérica. Su hermano contó hace poco que, fruto de la delirante agonía de su mente, García Márquez repasa y rehace una y otra vez sus obras, como si ya estas alturas solo le quedase arreglar ciertos negocios pendientes con el reino visionario de Macondo. Como si quisiera reescribir de viejo lo que Harold Bloom llamó la Biblia de Latinoamérica.

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