martes, 12 de febrero de 2013

La España pensante


Publicado en LA GACETA el 11/02/2013

Antena 3 programó el viernes un espacio dedicado a la inteligencia, a desafíos increíbles. Lo presentaba Sobera y estaban con él Santiago Segura y su cráneo de matemático ruso, Chenoa y Mario Vaquerizo, todos allí sentados para desplegar, a menudo interrumpiendo el trance del hombre que piensa, una retahíla de elogios y alabanzas al intelecto. Para elogiar la inteligencia en esta vida lo único necesario es hacerse un poco el tonto, así que a ello se pusieron con ahínco los invitados: “¡Me dicen a mí que haga eso y no acierto ni una! ¡Y yo que creía que era listo! ¡Desde el colegio que no memorizo un número!” Y así todo.

Se asociaba el coeficiente con las matemáticas y la memoria, a excepción de un participante cuya habilidad era reconocer cuerpos toqueteándolos. Por ejemplo Martín, el vencedor, ingeniero de Pontevedra, hizo una cosa con los números y un tablero de ajedrez que ahora mismo no sabría explicar. Personalmente, eché de menos a alguien dando un millón de toques al balón o sacándose un pañuelo de la oreja, aunque eso habría sido desvirtuar el programa, quitarle su reivindicación de España como país pensante. Me impresionó mucho uno que reconocía piezas musicales solo con el movimiento de brazo del violinista, pero resulta que también era ingeniero.

-¿Y esta gente no podrá echarle una mano a Rajoy? -me preguntaba yo en el salón de mi casa, llegando inmediatamente a la conclusión de que a los españoles nos jode la inteligencia del resto y los ingenieros andan ahora en Alemania o trabajando en consultoras a las órdenes de un abogado con máster y ambiciones de ministro.

El CNI o el Gobierno, manejados  ambos por el cerebro privilegiado de un opositor, debieran ir pensando en hacer cantera con tipos que resuelven cubos de rubik a ciegas o chavales como Unai, que con nueve años no solo devora novelas de Julio Verne, sino que además puede retener en pocos minutos el orden exacto de un centenar de hombres y mujeres colocados en fila. Pero esto, claro, sería para nosotros algo propio de los americanos, una cosa antidemocrática, casi.

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