lunes, 7 de enero de 2013

THE MASTER


Publicado en LA GACETA EL 07/01/2013


Fui a ver la película sin saber nada de la Cienciología, y la verdad es que en ese apartado sale uno del cine más o menos como entró. The Master, celebrada como uno de los estrenos del año, aborda el nacimiento de esta secta que articula la inmortalidad con una ciencia extraña, cósmica, cuya especialidad es rescatar yonkis y desviados, lavarles el cerebro y devolverlos a la vida inútiles, dependientes y con habilidades raras, como la de viajar en el tiempo o ver un árbol donde hay una ventana, una cúpula dorada en un cielo inmaculado o unos pechos de mujer en una pared de madera. Y así todo.

Pero la película, que a mí me ha parecido estupenda, es ante todo una batalla interpretativa en la que reina el fascinante Joaquin Phoenix. Actor de mirada torva, labio leporino y trazas animales, Phoenix, que a mí me encantó en una película menor, El secreto de los Abbott, donde se enamoraba, también de un modo animal, de Liv Tyler (¡Otro elfo de mierda!), ahonda aquí en ese quasimodismo de omóplato rebelde, en esa fusión esperpéntica (él, actor extrañísimo, persona extrañísima, es en sí mismo una contradicción) de rockabilly y galán, de loco impredecible, a veces tierno, incluso, pero ciertamente inquietante.

The Master tiene tres partes claras. La deriva del sociópata, obseso sexual y alcohólico; su entrada en la secta, que hace que mejore, en una casa rodeado de bellas cienciólogas donde a uno le dan ganas de meterse -qué paz dan las mujeres hermosas-; y por último, los estragos provocados por la dependencia del maestro. Es decir, la inexorable destrucción de los espíritus débiles. La Causa lo acoge, lo cura, pero al final, el trapo vuelve a ser un trapo y el maestro, que hizo de él su inspiración, su ratón de laboratorio, acaba soltándole una trola tremenda sobre el día que se conocieron. “Nos vimos por primera vez hace muchos años –en otra vida, se entiende: un cienciólogo vive como veintitrés millones de años- siendo palomas mensajeras en la guerra contra los prusianos”. Phoenix entonces, que había recaído momentáneamente en la mortalidad, lo mira como un perro después de hacer una trastada. Y es que una vez que te la ponen, la correa es para siempre.

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