jueves, 24 de enero de 2013

Qué sería de Ausonio


Publicado en LA GACETA el 24/01/2013

Pensaba yo ayer en qué habrá sido del chaval aquel del anuncio de Ausonia. Si no les digo más es posible que ustedes no caigan en que me refiero al joven de la fieshta, que tenía que ver a Carla y no se atrevía a reír, ante lo cual era convencido por su madre para que desplegara frente a ella su mejor y más ancha sonrisa, que era una sonrisa metálica y acuosa como los bajos de un quitanieves.

El anuncio nos ocultaba lo enjundioso de la historia, que tenía dos finales posibles, a cada cual más inverosímil. No sé si me explico. La madre puede que imaginara que su consejo daría resultado, propiciando un momento mágico con flores cayendo del techo en tupido manto de colores para los enamorados, un sonsonete celestial surgiendo de los altavoces y Carla y su hijo iluminados por una luz blanca y cegadora, saliendo después camino de algún deleitable valle donde darse, acurrucados sobre la verdura y mecidos por un rumoroso arroyo, recostados quizás al pie de un sauce llorón, el primer morreo enloquecido, quedándose pertinentemente enganchados. Esto último me lo imagino yo, pero es que seguramente hubiera ocurrido de darse tal situación.

Mi opinión es que aquel día el chaval, que ciertamente tenía un pelo bonito, fracasó con estrépito, por lo que habrá tenido con los años que hacer acopio de fe sí mismo y, reparada del todo su mordida, andará ahora faenando lo que le dejen, como todos.

Aunque puede también que le hayan jodido la vida para siempre. Uno no entiende por qué, más allá de la vacuna contra el sida –que nos pilla lejos ya del presupuesto-,  nuestras preclaras mentes del I+D -si a ellos correspondiera, que no lo tengo nada claro- no han dado aún con una solución alternativa al diabólico invento de la ortodoncia, tan inútil a veces. Yo, por ejemplo, siempre me negué a llevarlo, aunque de mi boca se dijeran cosas que aún no estoy preparado para recordar; pero mira tú que ahora tengo una dentadura aceptable, graciosamente descolocada, que si fuera yo mujer me resultaría irresistible.  Y es que hay tantas vidas rotas por el aparato como por la bondad de determinadas madres que creen hacer un favor a sus hijos obligándoles a sonreír.

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