miércoles, 2 de enero de 2013

Luna de Gandía


Publicado en LA GACETA el 02/01/2013


-Hola, Patri… ¿tienes algo que hacer esta noche?

-Pues es que curro y además… tengo novio.

Abraham, el guaperas de Gandía Shore, colgó inmediatamente el teléfono, enfadadísimo, y, dirigiéndose a Esteban, que había delegado en él para que le gestionase un ligue, remató:

-¿Y por qué coño te dio esta tía el teléfono? ¡Será guarra!

Preparaban una fiesta que acabaría con gente durmiendo en la piscina y un trajín tremendo en las habitaciones, donde, dado que esto se grabó en verano y en Gandía, no hay posibilidad de edredoning. Lo que no sale lo sabemos por Labrador, que abundando en una chulería escandalosa, sonrojante a veces, lo cuenta todo, especialmente lo que ocurre en su cama.

De Abraham, menos Ylenia (“él es un pijo de Madrid y yo una choni de Benidorm, ¡y qué pasa!”), están todas enamoradas y cuando él las rechaza le llaman maricón. Ciertamente vivo, con un puntito de ironía que no le pilla nadie, el concursante madrileño, que en la casa nos parece un humanista, baila sensual, y si ve a una chica borracha se lo dice y deja de arrimarse. Arantxa ha sido la última que se le ha declarado y, según reconoce Abraham, que tiene que aguantar cada noche el acoso de Core, “esto ya es un marrón”. Él es la única concesión al autocontrol que se permite este programa cuyo desenfreno es de una aparatosidad absolutamente increíble.

En esa casa de Gandía se han invertido los papeles, que es un poco hacia lo que vamos, y son ellas, princesas de barrio con la autoestima de un politoxicómano, quienes los buscan, los persiguen y se levantan cada mañana jurándose a sí mismas que no volverán a hacerlo. Este nuevo orden se nos hizo evidente cuando Esteban, agobiado porque habían cerrado el gimnasio, utilizó a Arantxa de mancuerna. Este valenciano, cuyos tatuajes serpentean entre sus músculos llegando a desaparecer en algunas zonas, se estrella cada noche en la discoteca, y luego se lamenta:

-¡Es que no meto ni miedo!

Junto a un descampado, frente al mar, a la sombra de los rascacielos de Gandía, los muchachos se menean, se rozan y salen todas las noches, como la luna de Valencia, para llorar sus desengaños, sin demasiada convicción tampoco, a la mañana siguiente.

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