sábado, 26 de enero de 2013

Lomana style


Publicado en LA GACETA el 26/01/2013

A Carmen Lomana se le vino España encima cuando dijo aquello de que los pobres, por ser pobres, soportaban mejor la crisis, que lo dramático era que gente como la baronesa Thyssen tuviese que vender parte de su colección. Esa memez, descontextualizada, propició su conquista de la fama, una fama que parecía efímera pero que ha dado con ella en un puñado de programas donde despliega, mientras se ahueca la melena, una sabiduría oceánica en lo suyo. Ahora sale con Anne Igartiburu dando consejos para el pelo, que es, por lo visto, con el cutis y la celulitis, el principal elemento a domar de las mujeres. Lomana equipara el cabello femenino a las plumas del pavo real y les dice a nuestras chicas cómo han de peinarse y qué tinte no estropea el pelo, desgranando toda una impenetrable alquimia de peluquería casera. Lomana alterna su timbre de voz entre el engolamiento pijo y la cercanía castiza, con la cadencia de quien discurre ajena por la vida, metiendo a veces pildoritas vanas, lo mismo sobre la crisis que sobre la fatigosa lucha contra las hemorroides. Este espacio en concreto es para iniciados, pues Anne y ella establecen unos diálogos complejísimos en una jerga muy british que, sonándonos, no acabamos de descifrar.

En la cabeza de Lomana no cabe una mujer despeinada, que es lo que se lleva ahora; su lucha es contra lo moderno, lo grunge, lo natural. Reivindica que la naturalidad es arreglarse, ellas para ellas, pues los hombres vienen solos. Lo que no sabe Lomana es que los pantalones rotos, las zapatillas, las enmarañadas melenas pardas u oscuras que no cantan, discretas, se nos van haciendo cada vez más atractivas entre tanto hieratismo. Pero es que Lomana habla para sus amigas del squash, para una aristocracia difusa que va a la ópera, por ejemplo, aunque ella insista cada poco en que lo que le gusta de verdad es el Zara, el Ikea y otros sitios de pecado.

Lomana domina el papel de rico que se baja al coso a ver qué se cuece y se escandaliza ante la decadencia de un pueblo que no reserva, quizás por haber sido educado en la pobreza, ni un par de horas al día para maquearse.  

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