jueves, 17 de enero de 2013

La inteligencia en Sálvame


Publicado en LA GACETA el 17/01/2013

Me van a perdonar ustedes que insista, pero es que el Sálvame Diario, cuya versión lujosa batió el viernes todos los récords de audiencia, nos está dejando esta semana tardes memorables.

Uno empezó a ver lo de Jorge Javier con estricto interés antropológico, ya lo he dicho alguna vez aquí, pero mi vida ahora mismo va camino de destruirse, que es lo que ocurre cuando uno empieza a tomar partido, a indignarse con la falta de decoro de ex amantes y tertulianos o con los vanos intentos de los invitados por ocultar su intimidad. Uno ya ve el Sálvame con ansia y espera acabar la experiencia, que a menudo es un mal viaje como para escribir El Banquete Desnudo de Burroughs', con los colmillos ensangrentados.

Cuando creíamos que lo habíamos visto todo, cuando pensábamos que nada superaría a Karmele haciendo macramé toda una tarde, al Golosina vestido de Chewbacca en Neverland (al Golosina lo conocí yo en un antro que frecuenté hace tiempo, que si cuento lo que vi tengo que abandonar el país; así que lo mismo lo cuento) o a aquella entrevista doble a los dos únicos pluriempleados de España (el químico stripper y el abogado cantante-lírico de ¿Quién quiere casarse con mi hijo?), llegan los guionistas y se les ocurre, en medio de la tormenta desatada por Pipi en el Deluxe, hacer un test de inteligencia a los colaboradores.

Guardaba la psicóloga los resultados y daba un par de pistas: uno de los tertulianos tenía algo así como la inteligencia justa para no mearse encima, otro era superdotado y en general la media era superior a la española. Enseguida se desataron las especulaciones y todos miraban a Karmele, a quien Kiko atribuyó decididamente la carencia, en parte porque ríe y es sabido que a quien ríe demasiado algún hervor le falta.

La cosa acabo mal. Pipi, de sport y vulnerable, pedía perdón a Terelu para entretenernos, los minutos se consumían y lanzaban el cebo, Karmele esperaba (riendo) y Kiko acusaba, señalaba con el dedo (“¡Eres tú!”). No hubo nombres y todos, muy ufanos, animaron a los de Hombres, Mujeres y viceversa a que se hicieran el test. Había triunfado la inteligencia y quizás el Nombre Maldito sea para siempre pasto de la especulación.

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