domingo, 30 de diciembre de 2012

La tragedia de Betty Draper





Publicado en LA GACETA el 30/12/2012


Era discreta y sufrida, que son cualidades previas a la liberación definitiva de la mujer. Betty Draper fue durante las dos primeras temporadas de Mad Men, además, la esposa más sexy del mundo, gracias sin duda a un atractivo modoso que, embelleciéndola, nos aburría, y que acabó siendo su tragedia. Mientras esperaba a Don cada noche, impecable y un poco borracha, solo para mirarle en silencio, estaba protegida, a salvo del  inminente nuevo tiempo que iba a padecer.

—¿Qué quieren las mujeres? —le preguntó un día Don a Roger Sterling.

—¿A quién le importa? —apuntaló Sterling, volteando la copa.

            Pues empezaba a importar, aunque ni Roger ni Betty se dieran cuenta. Por eso, la esposa de Don jugó una partida inútil con Megan, la nueva mujer de su marido, su antítesis morena, independiente y fatal, cuyo aire francés enloqueció a media oficina. Venía recomendada por la nueva moda de París, con la falda sobre la rodilla, imperfecta y descarada. Lo vimos con el famoso baile tambaleante del Zou Bisou Bisou. Y Betty, la hierática y perfecta Betty, aparentemente rehecha su vida, engordó, descuidó su vestuario y, finalmente, oscureció tras su propia convención. Había llegado un nuevo canon de mujer y ella lo vio pasar desde la cocina.

            En una entrevista reciente, January Jones, la hermosísima actriz que iluminó a Betty Draper, decía que su hombre ideal solo habría de ser fuerte y atractivo, pues lo quería cada noche callado, sentado junto a ella. Ese fue su papel en la serie, como en aquel verso de Vicente Huidobro: “Era tan hermosa que no sabía hablar”.

            Su pretendida maldad, entrevista en unos ojos que miraban sonriendo, cristalizaba en inocentes confesiones con sus amigas, entre volutas de humo y vino tinto. Sus dobleces, que en realidad no eran sino un mecanismo de defensa, se vieron en escenas como aquella en que decía flotar al lado de Don, cuando ya planeaba huir. Me van a perdonar, pero siendo aún más bella nos recordaba a Grace Kelly, que tenía más gracia, apareciendo en La Ventana Indiscreta. Y eso que James Stewart no era, y lo siento de nuevo, Don Draper.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Un hijo televisado

Publicado en LA GACETA el 27/12/2012

La venida de Francisquito Rivera Bueno ha sido televisada no a la manera naturalísima de Dragó, sino al modo elíptico, mucho más prudente, de los profesionales del corazón. Las lágrimas de la abuela durante el juicio malayo, de una emoción pocas veces vista en tele, rebrotaron en un concierto reciente en que la Pantoja, en pleno éxtasis musical, le fabricó a su nieto una cuna de aire, como si le fuese a cantar allí mismo las nanas de la cebolla.

Francisquito parece un poco hijo de su abuela y más de uno se alegraría si hubiese llegado al mundo otro Paquirrín, con su forma ligera de ver la vida y ese gen terrible, más fuerte sin duda que el de los ojos marrones, del que se han salvado sus bellísimos hermanos.

Con Paquirrín ocurre que se le quiere en privado, con algo de vergüenza puritana, como se quiere al amigo que andaba siempre haciéndonos reír hasta que lo metieron en la cárcel. Nadie dirá en alto que lo ama y por eso mismo no hay que hacer demasiado caso al fin de la tregua televisiva. No lleva Francisquito ni dos meses entre nosotros y ya está saliendo a todas horas la memoria injusta que la tele guarda de su padre. En Sálvame Diario vuelven a hablar de él como adolescente, como ave nocturna, tarambana e imagen pública y reconocible del ni-ni mediterráneo, que en España tiene su culminación en las paternidades indeseadas, arrabaleras, de ese 50% de jóvenes en paro. Aquí el ni-ni tiene un hijo para pasearlo por el barrio y entre los de la estirpe de Paquirrín (gente tremendamente irresponsable para el amor) había que dar a luz cuanto antes para sellar un pacto secreto en la exclusión.

El drama de Paquirrín, en cuyo diminutivo va ya su irrenunciable condición filial, ha sido el de haber evitado siempre desde la mesa de los niños el ataque directo e insultante, intensificándose a cambio la condescendencia, con moralinas paternalistas y gente como Lydia Lozano hablando de hijos perfectos. Por eso mismo, ahora nadie cree que el penúltimo Rivera pueda abandonar al fin esa bohemia vip y consentida para la que ciertamente no tiene edad.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

UN SUBGÉNERO SENTIMENTAL


Publicado en LA GACETA el 26/12/2012

Era un telenovela, un serial amoroso, un culebrón, quizás el único que satisfizo enteramente las pasiones de nuestra despendolada puericia. Como las novelitas sentimentales —algunos puristas retóricos, y uno mismo a veces, lo han llamado a esto subgénero—, Los Serrano, que aún hoy podemos ver en La Siete, gravitaba en torno a las relaciones amorosas difíciles, culpables, con continuos altibajos y malentendidos enervantes, aunque la premisa fuera la contraria y coincidiese precisamente con el atractivo que la serie tenía para aquellos que aún no se habían estrenado en la vida: dos chicas llegaban con sus vestiditos y sus maquillajes, con su refinamiento catalán y su seny, y se te metían en casa, permitiendo a sus pares masculinos, que parecían de un pueblo de Cuenca, asaltarlas con una inmunidad perfecta.
         ¿Cómo se iban a resistir aquellas chavalas si estaban todos bajo el mismo techo? ¿A dónde huirían?
         Pero lo cierto es que se resistieron durante un tiempo, si bien acabaron sucumbiendo a la insistencia de sus hermanos, lo cual fue nefasto para una generación entera cuyo donjuanismo, entonces aún latente, quedó dañado sin remedio. Veíamos que allí transitaban del amor al odio a veces incluso sin que ellas lo quisieran; era una táctica amatoria defectuosa, un cansancio del cortejo que empezaba a primera hora, durante aquellos desayunos tan parecidos a los del monólogo, con jarras de zumo que nadie bebía y una mesa del tamaño de mi piso.
         Todo aquel fatigoso ritual, decíamos, acabó mucho después con la consumación definitiva del amor entre Marcos y Eva, hartos ya de bordear el asunto, lo que vino a coincidir además con el amanecer libidinoso de los primeros fans, que empezaba ya a resultar insoportable. Luego Eva (Verónica Sánchez) actuaría en muchas películas que fueron a dar a una muy explícita, Al Sur de Granada, donde la eterna estudiante aparecía silvestre y morena, como un animal desértico. Pero ya no era lo mismo, sino mejor, aunque el daño de aquella telenovela de Max Factor, que diría Borges, tan pringosamente posmoderna, estaba ya hecho y nosotros, pobres incapacitados, solo podíamos perseguir adolescentes a ciegas, exasperándolas.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Una vida para Oriol


Publicado en LA GACETA el 24/12/2012


Jordi González ha leído en muchos sitios que a Oriol Junqueras le llaman “el hombre sin biografía”, así que en cuanto lo tuvo a mano se lo preguntó:
  
-Supongo que sabrás –dijo Jordi, poniéndose como se pone él, un poco marujona mala- que te han llamado hasta la saciedad “el hombre sin biografía”. Cuéntanos…

-La verdad es que es la primera vez que lo oigo, Jordi –zanjó Oriol, ni contrariado ni molesto, simplemente franco. Oriol Junqueras es un político de casta baja, ayuno de carisma y con un aspecto que desafía décadas de sesudos estudios arriolescos en las trastiendas de la política, donde si no tienes vida te la inventan, o al menos procuran que no se note demasiado.

Tener vida, haber vivido. “Es frecuente –escribió Juan Ramón Jiménez- que me echen en cara que no he vivido. Yo a diario amo a una mujer, salgo a la naturaleza, campo, mar, jardín, plaza, ando por las calles, leo, veo pinturas, oigo música, viajo lo que puedo y sé que puedo estar solo cuando quiero. No voy a cafés, a toros o a prostitutas porque no me gustan. ¿Esa es la vida? Se dice que X ha vivido. Conozco su vida. Se levanta, no se lava, desayuna, se va a dar un paseo camino de su clase, come, se va al café (tres horas), una puta, cenar y dormir, no se lava”.

Y ahora díganme, ¿cuál de estas dos vidas preferimos para Oriol?  

Aquí hubo un tiempo en que estuvo de moda criticar al político con biografía, profesional y abominable, y ahora viene Junqueras, que no ha salido de su pueblo, y nos parece igual de mal. De la política municipal, de base, se ha traído Oriol una demagogia tan seria, tan templada, tan provocadoramente desprovista de la retórica pueril de sus compañeros, que de algún modo ha calado entre los suyos, saliendo bastante airoso de la comparación con la camada pija de CiU. Junqueras, jugador de petanca y “amigo de sus amigos”, ha transigido con el traje y la corbata solo porque aún le queda algún prejuicio de cuando estuvo en el Liceo.

En el laboratorio de su partido se van inventado una vida para él y ya han sacado a una profesora suya que lo sitúa entre los primeros de su clase. Ahora solo queda saber si es suficiente vida esa para fundar un Estado.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Lo que trae el Gordo

Publicado en LA GACETA EL 23/12/2012

Los niños cantores de San Ildefonso volvieron ayer a repartir alegría, aunque como todo el mundo sabe son muchos más los que se quedan que los que se van, por aplicar el tópico mortuorio a lo que ocurre en los barrios pobres cuando cae el Gordo. Los medios agotan los telediarios, colman los apetitos de fama de los agraciados, pero ningún reportero vuelve a ver a los dueños del bar Manolo años después, cuando estos nuevos millonarios, incapaces de asumir un éxito inmerecido, una ganancia obscena y maldita, probablemente hayan perdido a su familia y amigos y estén con una brasileña de 1,80 fundiéndoselo todo en algún lugar diabólico de la costa levantina.

Las ganadoras, en cambio, mujeres gruesas en su mayoría, suelen elegir Latinoamérica, adonde van en busca de emociones fuertes. Mujeres muy bien vestidas, exageradamente adornadas y con cardados imposibles. Mujeres, además, que no hacen dieta, porque trajeron del barrio una complexión muy concreta, esculpida a base de años, y lucen sus carnes con el orgullo con que pasearon aquí los del pelotazo el cuatro por cuatro.

–Nada, ¡ni un duro! –se quejaba ayer la madre de Ismael, el niño que cantó el Gordo, no en referencia a su mala suerte, sino a la pérdida de una tradición española que amenaza con poner a los chavales de San Ildefonso en huelga. Por lo visto, al niño que cantaba el premio mayor se le pagaban los estudios y a este Ismael, que cantó el Gordo y no sé cuántos premios colindantes más, sólo le harán insulsas entrevistas para que celebre la felicidad ajena.

–Ismael tiene estrella, eso está claro –nos decía Leila, la vidente de Antena 3, ahondando aún más en el drama del chaval.

Yo apenas aguanté cinco minutos viendo el sorteo y luego he evitado poner cualquier telediario, pues cuando veo a todas esas pobres gentes celebrando semejante meada de dinero me entra un temblor extraño que me recuerda lo que sentía yo cuando mi madre me daba 20 euros para salir el sábado. Yo con aquel dinero tenía mucho peligro, así que no quiero ni pensar en lo que haría con tantos millones en el banco.

jueves, 20 de diciembre de 2012

SOBRE DANDIS Y MALDITOS (UNA APROXIMACIÓN)




Lord Byron lo envidiaba. Codició durante mucho tiempo su perfecta combinación de buen gusto, ingenio, descaro e independencia, anhelando sobre todo el deseo indómito que despertaba en las mujeres cada vez que aparecía entre el tumulto de una fiesta. Beau Brummel, el bello Brummel, añadió a las virtudes antecitadas no una belleza proporcionada y suave, sino un fuerte atractivo que consistía en mantener su aspecto imperturbable, un olor limpio y fresco a cualquier hora del día y el cabello tan perfectamente colocado que, en palabras de Virginia Woolf, por encima de él pasó la Revolución Francesa sin desordenarle un solo pelo. Brummel fue quizás el dandi primigenio, en todo caso el primero para el que nos sirve este concepto acuñado a partir del Romanticismo pero cuyas raíces están enterradas ya en el Renacimiento, algo evidente si nos atenemos a muchos de los mandatos de Baltasar de Castiglione.

Esta especie humana experimentó su apogeo literario durante el siglo XIX, cuando algunos -muy pocos- poetas comenzaron a vestirse de un modo afectado y a pasear, casi siempre entre la bruma londinense, mientras hacían girar graciosamente su bastón. Dejando a un lado las aspiraciones cortesanas de sus predecesores, los dandis decimonónico se dedicaron plácidamente a le dolce far niente, y de vez en cuando, espoleados por las musas de su desgracia, escríbían algo de interés. Baudelaire, estudioso del dandismo y él mismo un dandi caricaturesco y maldito, se maquillaba y se arreglaba con minuciosidad y sus gestos advertían, pues así lo quería él, los misteriosos desarreglos de su mente. Me atrevería a decir incluso que, víctima de su coquetería, fue el primero en peinarse a lo Anasagasti, camuflando bajo un mechón perfectamente descolocado una calvicie embrionaria en lo alto de la frente. En algunas fotografías aparece también con una estupenda melena ladeada y limpia que cae sobre sus hombros y una pajarita del tamaño de su cara alrededor del cuello.

Pero el dandismo, más allá de una mera tendencia estética, tiene mucho que ver con el advenimiento del yo como inspiración literaria, una condición que, como escribía hace meses Jorge Bustos, originó también la eclosión del autor como protagonista de sus ficciones. A la vez surgieron los poetas malditos, los dandis y los escritores de acción. Es sabido que en Baudelaire confluyen al menos dos de estas características, pues también fue un poeta maldito, pero no solo por sus pulsiones autodestructivas, sino gracias sobre todo a su condición de inadaptado, que él interpretó de un modo original y fascinante. Los dandis y los malditos, especies semejantes y a menudo superpuestas, mezcla de lo dionisíaco y lo apolíneo, compartían singularidad, aunque lo excéntrico era sobre todo una anomalía que, como decía Rimbaud, hacía que el poeta, el que había nacido poeta, se convirtiese en vidente.

Quizás el primer dandi español fuese Mariano José de Larra, pero hubo otros después como Alejandro Sawa, Federico García Lorca o el mismo Valle-Inclán, que optó por ocultar su condición de escritor de provincias tras una máscara esperpéntica sobre la que atalayó su hierático modo de ver la vida. Porque si algo los une a todos es esa necesidad por esconderse tras un disfraz; distinguirse para escapar, según la teoría de Félix de Azúa, que afirmó sobre Baudelaire, arquetipo del petimetre literario, que había desaparecido detrás de su distinción: “Se ha escondido, ocultado, y sólo muestra la diferencia que le oculta. Mientras sea distinguido, nadie le verá. Se trata de un refinamiento, un perfeccionamiento de la figura del detective”. Como de lo que se trata es de ocultarse, de situarse al margen de la sociedad, tanto el dandi como el maldito supeditarán toda su existencia a la consecución de este objetivo. La autodestrucción del maldito es un suicidio ralentizado que lo va sacando poco a poco de la escena, mientras que el dandi logra salir de repente, a través de una diferenciación radical y un tanto pretenciosa. Si el dandi no es maldito cabe suponer que le falta valor, aunque lo cierto es que puede tratarse justamente de lo contrario, pues el excéntrico sin más es capaz de actuar con desvergüenza de un modo estrafalario y ridículo, soportando la presión social que siempre se ejerce sobre lo minoritario.

MODA Y ESTILO

No hay que confundir el estilo de los dandis con lo que hoy entendemos por moda. Los hombres enfermos de spleen, aguijoneados por el tedio y el aburrimiento, despreciaban la moda, lo novedoso, a pesar de ser unos esclavos de su apariencia. La despreciaban precisamente por lo que tenía de novedad, porque lo nuevo entretiene y le quita a uno tiempo para aburrirse solemnemente.

Aunque pertenecían por lo general a las clases populares, los dandis mostraban un gran desdén hacia ellas, lo cual se traducía en ese irrefrenable deseo por diferenciarse del que ya hemos hablado. El dandismo, de existir hoy, ya no buscaría la singularidad, sino la integración en el grupo, y de ahí que tengamos serias sospechas acerca de su desaparición. Un dandi contemporáneo se camuflaría entre le gente como un Wakefield posmoderno, abrazando a la masa pero justificándose tras un presunto cosmopolitismo y asumiendo de los dandis románticos únicemente el pecado de la pereza. Con estudios o sin ellos, nuestras hornadas de hombres distinguidos se especializan ahora en una rama concreta del saber, ya sea la economía, la carpintería, el roncola o la nada, despreciando el delicioso y elegante diletantmsmo que trajo le modernidad, filosofía vital solo asumida ya por un limitadísimo puñado de periodistas disolutos. El dandi posmoderno sería una aleación entre Pep Guardiola y Cristiano Ronaldo y a rebufo de este tipo de personalidades tenemos a una generación entera cuyos cerebros están en proceso de desintegragión merced a una enfermiza y creciente superficialidad.

En el plano literario el panorama no mejora, aunque difiere, y mucho, de lo que encontramos en la calle. Los poetas de esta crisis ajironan sus ropas y se dejan crecer la barba irresponsablemente, acuden a cafés literarios donde se habla de la guerra y escriben versos arrebatados contra las dictaduras del mercado. Veneran a Lorca, poeta maldito y dandi heterodoxo, pero lo estudian como a un héroe libertario, como si su tragedia política fuera la impulsora de sus versos y sus amoríos perdidos (ese sacarle novios a Lorca) la génesis decisiva de su duende. Al autor de Yerma ni lo admiran como poeta ni como el dandi hermoso y maldito que fue, sino que lo tratan como a un símbolo mítico, algo así como el Che Guevara de los poetas. Y Lorca fue, como dejó dicho Umbral, además de un poeta inigualable, un "dandi luciferino" al estilo de Baudelaire, pues ocultó a todos, como el autor de Las flores del mal, su yo más íntimo y profundo, germen del desdoblamiento que daría lugar al misterio de su poesía.

En España, decimos, ya no hay dandis como los de antes, pero es que el declive universal de esta especie acaso se produjo en los tiempos dorados de Hollywood o, si me apuran, durante la feliz y fitzgeraldiana década de los veinte. Lo que es seguro es que en tiempos de la Generación Perdida el dandi ya andaba integrado en la sociedad y había abandonado su condición de artista maldito zarandeado por su tragedia personal. Acabada esa tragedia, queda solo el aspecto estético, el mismo que Scott Fitzgerald apuntó como único factor perdurable del dandismo. "La ropa masculina -dijo el autor de El Gran Gatsby- es un símbolo del poder que el hombre debe tener y que pasa de generación en generación".