domingo, 11 de noviembre de 2012

A orillas del Boom


Se cumplen 50 años de la eclosión oficial del Boom latinoamericano. En los fastos conmemorativos tampoco se recordará esta vez a quienes tuvieron la mala suerte de coincidir con aquella talentosa generación. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Los cien años a la sombra de Virgilio Piñera



  • Publicado en LA GACETA el 07/08/2012

    Al final de su vida era habitual ver a Virgilio Piñera (1912-1979) caminando nervioso por el malecón de La Habana, solo y pobre, dejándose morir mientras se iba encogiendo por el hambre.

    Aguijoneado por los recuerdos de su via crucis, veía las sombras de aquellos que lo persiguieron y ya no era capaz de escribir una sola línea. Y es que hubo un tiempo en que aquella sombra flaca y encorvada fue un iconoclasta respetado, un soberbio ejemplo de independencia artística e intelectual. Poeta, narrador y dramaturgo, Piñera creó a base de fogonazos de brillantez una de las obras más originales y meritorias de la literatura cubana, una ingente producción en la que destacan su poemario La isla en peso (1943); su novela La carne de René (1952), escrita durante su primera huida a Buenos Aires; sus Cuentos fríos (1956) y algunas piezas teatrales como Electra Garrigó o Falsa alarma.

    Ahora, 100 años después de su nacimiento, la figura de Piñera será reivindicada, confirmando esa costumbre tan castrista de encumbrar a sus figuras represaliadas con un margen de 20 o 30 años sobre su muerte.

    Homosexual como Lezama Lima (su mostrenco antagonista, el gran poeta gordo y culterano del régimen, elevado a los altares de la Revolución pese a la oscuridad de sus versos y ese estecicismo desbocado tras el cual ocultaba una náusea que acabó convirtiéndolo, también a el, en un fantasma), Virgilio fue perseguido, represaliado, condenado y, lo peor de todo, olvidado por una dictadura que se jactaba de haber instalado en Cuba una especie de Arcadia de la tolerancia. Para Virgilio, cuenta Cabrera Infante en Vidas para leerlas, “toda insurrección era literaria”, algo que ya no importaba cuando la censura trascendió súbitamente los temas políticos, persiguiendo hasta la ambigüedad. En la luna de miel que medió entre el 59 y el 61, Piñera trabajó a las órdenes del propio Cabrera Infante en Lunes de Revolución, una publicación que acabó cercenada y con sus firmas mayoritariamente en el exilio. A partir del divorcio de Fidel Castro con los intelectuales cubanos, apenas un par de años después del advenimiento de la Revolución, Virgilio Piñera fue desapareciendo tras el biombo obtuso de los barbudos. Se había disuelto el sueño de primera hora y nuestro autor eligió quedarse, consciente de una situación que a partir de entonces lo convertía en figura silente, en narrador mudo.

    Vagó por su querida isla durante casi 20 años, conformándose con intuir el éxito de sus creaciones en el extranjero. En Cuba, su originalísima obra fue enterrada todo aquel tiempo bajo la hipocresía de una revolución tan blanca y machista como su líder supremo, molesto con el carácter disoluto de un escritor que en una reunión con la cúpula castrista sólo acertó a decir, entre dientes y con la voz aflautada, que tenía miedo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Proust, poeta de la aristocracia




Publicado en LA GACETA el 5/11/2012

Antes de obsesionarse con su inabarcable catedral narrativa, había nacido en él una vocación temprana de poeta. Tras su bautismo de fuego en el Salón de las Rosas de Madeleine Lemaire, Marcel Proust transitó de la crónica social del París de la Belle Époque a la declamación de versos en los salones, todo cuando apenas era un adolescente en eclosión que empezaba a manejarse entre las damas linajudas de los Campos Elíseos. Esas señoras felices de grandes pamelas admitieron en las fiestas de copete su naturaleza frágil y enfermiza, su amaneramiento casi infantil, y él correspondía en el papel de poeta cortesano engolando la voz para recitar poemas parnasianos sobre pintores, parodias de grandes figuras de la literatura –como Mallarmé– o lamentos de vida al estilo romántico.

Ahora, en los noventa años de su muerte, Cátedra edita la Poesía Completa del autor de En Busca del tiempo perdido, una suerte de miscelánea de sonetos, sátiras, canciones y dedicatorias de carácter casi siempre privado. Se trata de un verdadero hallazgo, sobre todo para aquellos que sólo se hayan acercado a la obra novelística del que quizás fuera uno de los prosistas más puros del pasado siglo, un hombre que a partir de su famosísima magdalena construyó, sin ahorrarse un solo detalle, el descomunal retrato de toda una época.

En vida sólo publicó versos –periódicos y revistas aparte– en el volumen titulado Los Placeres y los días, obra fundacional en la que, a modo de almanaque heterodoxo, incluye prosas variadas y algunos poemas de juventud de los que se sentía particularmente orgulloso. “Aunque ahora nos resulte difícil hacernos a la idea, el pequeño Marcel no descartaba la posibilidad de seguir una carrera literaria por los cauces de la poesía”, sostiene el crítico Santiago R. Santervás, estudioso al cargo de esta prolija edición de la histórica editorial de Letras Universales. Pero lo cierto es que, pese a la simpatía con que eran acogidas sus rimas entre amigos y parientes, su talento poético nunca descolló fuera de ese círculo. Su primer libro tuvo un recibimiento discreto y sólo unos pocos amigos suyos de la prensa –entre ellos Léon Blum– le dedicaron algún párrafo elogioso.

En la completa antología que nos ocupa las musas son muchas, los temas variados y el estilo cambiante como aquellos tiempos de ambiciones aceleradas. Y el realismo es si cabe más acusado que en su prosa. Proust siempre negó que los personajes de En Busca... fueran calcos de su entorno, de esa maraña de aristócratas, escritores, intelectuales, cantantes y cabareteras por la que el escritor, hijo de un prestigioso médico y de una judía de vasta cultura, se desenvolvía con especial destreza, trabando durante su juventud provechosas amistades, algunas de ellas dañadas después por aquella poesía desvergonzada y destruidas del todo por la publicación de los tomos de su inagotable novela, la misma que Félix de Azúa recomendaba hace poco leer cada veinte años o, si no se puede, al menos una vez en la vida, “como quien lee una sentencia de muerte”.

Pese a que algunos han defendido su homosexualidad excluyente, lo cierto es que se refiere en muchos poemas a jóvenes demoiselles ante cuya belleza cae rendido, a ciertas muchachas en flor con las que establece relaciones contradictorias y confusas, pues le atraen y repelen de igual modo, aunque siempre acaba adorándolas irremediablemente, presa de sus fragilidades. Son los mismos grupos de niñas que desfilarán luego como retazos de seres vivos en su gran fresco final, todas ellas confundidas por la imposibilidad de Proust para distinguir entre la amistad y el amor de una dama. Así ocurrió con Jeanne Pouquet, jovencísima actriz de escandalosa belleza que interpretó a Cleopatra en una obra para aficionados en la que el escritor desempeñaba, al parecer con notable torpeza, la tarea de apuntador. Ella tiene el honor de ser la primera mujer identificada a la que Proust dedicó un poema ensalzando su belleza viva y graciosa frente a la imagen pétrea de la última reina del Antiguo Egipto.

Pouquet y su marido serían para siempre amigos de aquel cronista aunque, como él, se quedaron sin plaza para la ceremonia celestial de su consagración en el Parnaso. Proust estuvo los treinta últimos años de su vida sin escribir un solo verso. Se encerró en una habitación forrada de corcho y allí anduvo, desorientado, buscando el tiempo perdido en torrentes de palabras.





"Fabre escribió un libro sobre insectos, pero no pidió a los insectos que lo leyeran"

Su apego a ese ambiente de chismorreos, fiestas y apostura le trajo a Proust más de un problema. Sobre todo entre aquellos que eran objeto de atención –cuando no escarnio– en sus poemas. Es conocida la respuesta que le dio Jean Cocteau al escritor cuando este le trasladó la preocupación que sentía ante la reacción del señorío parisino a sus obras: “Fabre escribió un libro sobre los insectos, pero no pidió a los insectos que lo leyeran”, le dijo el autor de ‘Les enfants terribles’. Y es que es en la obra poética de Proust donde, paradójicamente, se reflejan con mayor fidelidad las situaciones reales, los juegos entre Martigny y la Concorde de personajes calcados del entorno del escritor, mientras en su prosa, como se ocupó de aclarar en vida el propio Proust, asistimos a un vuelo imaginativo mayor y más libre. Los protagonistas de la poesía proustiana van desde esas muchachas en flor hasta las ‘nymphettes’ de su propia generación y las señoras de la edad de su madre, estas últimas entre sus más inconfesables y extrañas pasiones. Hablamos de una poesía en muchos casos jocosa, escrita para solaz de sus amigos, como aquella dedicada a un crítico musical de la Ópera de París a quien despreciaba –“Más gorda que la ballena/ y el narval/ es la tripa, la tripa/ de Bréval”–, o retratos más o menos intencionados de la sociedad parisina –“Maure, balzaquiano, de marcha ligera;/ Jean [Cocteau], liso, con ojos como pensamientos;/ Lucien, cual caniche esquilado a breve,/ rollizo, duchado, siempre deseable”–. La poesía de Proust, en definitiva, hay que apreciarla como una tentativa, un intento de construir un mundo no necesariamente original alrededor de una zona muy concreta de París. Los poemas más interesantes son, precisamente por eso, los de producción temprana, inseguros y sentimentaloides en algunos casos pero fundamentales para aquel que desee indagar en las primeras zozobras de un escritor en ciernes.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La casa de Sorolla


                             








 Publicado en LA GACETA el 4/11/2012


Sorolla nos recibe en un caserón amarillo de la calle Martínez Campos, en Madrid. Allí fue a parar al final de su vida, durante la segunda década del siglo pasado, cuando, gracias al reconocimiento unánime del público, pudo ir poco a poco liberando la muñeca para pintar escenas menos rotundas al servicio de un arte íntimo y privado, resuelto para consumo propio. Nos recibe en un jardín salteado de sátiros y alegorías griegas, de estatuas negras y blancas, de fuentes rumorosas que remiten al locus amoenus renacentista, con ecos de Italia, Valencia y Granada, y todo cubierto por una luz que en ese lugar –centro financiero de la capital española– parece mediterránea.

Sorolla, pese a su carácter solemne e introspectivo, recibía cada mañana a poetas y artistas en los jardines de su casa, guarecido bajo una gran sombrilla blanca que atemperaba la luz en sus ojos y abrillantaba las hojas y los setos, los arboles y hasta las palomas. Allí se presentaba de vez en cuando Juan Ramón con otro poemita saltarín que, por tratarse de jardinería, le dedicaba amistosamente al paisajista de Valencia. Sin los apuros económicos de antaño, apurado por los mastodónticos encargos de la Hispanic Society de Nueva York, se reservaba cada año la primavera para pintarla en todo tipo de soportes, en ladrillos, tejas, cartones u hojas de propaganda. Mientras tanto, iba esbozando en papeles emborronados los bocetos de su pequeño vergel urbano, que imaginó tras un viaje a Sevilla y Granada. Fascinado con la Alhambra mora y sus jardines, quiso llevarse aquella luz a casa, y estudió cómo hacerla caer sobre un jardín de proporciones clásicas diseñado por él mismo. Al modo del Jardín de Troya, forró un banco de azulejos de Triana, trajo de un vivero granadino unos arrayanes con que flanquear los senderos y enfrentó una pérgola italiana con una alberca de Sevilla presidida por dos mujeres de piedra hablándose al oído. En aquel retiro trabajó más que nunca, pintó casi un cuadro diario –tiene más de 5.000 y murió a los 60 años–, sacó de su mano virtuosa una pintura esencial, pura y silenciosa, que él quiso siempre proteger del mercado, no por considerarla menor, sino porque era demasiado suya. Desde una amplia galería, se puede ver El árbol del amor, plantado por el artista hace más de 100 años. Tras los cristales, hay una foto de Alfonso XIII dedicada “a Joaquín Sorolla, suponiendo que le guste el contraste de luz”. En la imagen aparece el rey sobre un caballo negro, y detrás el brillo magnífico del sol colándose por entre los árboles, perfilando al monarca y haciendo estallar en fogonazos blancos la panza del animal. Al lado, un amplio comedor, forrado de mármol levantino, de su Levante de luces claras y azules; alrededor del cuarto, coronándolo, una fastuosa guirnalda de frutas tropicales y plantas mediterráneas pintadas por el autor de Paseo por la playa.

Pero sobre todo, en las estancias vacías está el alma de un hombre y su familia, a quienes homenajeó la cara oculta del artista público, del que hoy nos queda, como una última voluntad, este lugar atípico y extemporáneo, que fue el refugio postrero del poeta de la luz.