miércoles, 31 de octubre de 2012

Andrés Neuman habla con los muertos




Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) vio morir a su madre tras una larga agonía, cuando él tenía poco más de 20 años. “Entonces me di cuenta –recuerda el escritor– de que la línea divisoria entre los sanos y los enfermos en un hospital se vuelve trágica. Al enfermo lo matan en vida, le dejan de comunicar planes y proyectos, le quitan el futuro”. De esa experiencia, de ese trauma que él sufrió casi al tiempo que, apadrinado con entusiasmo por Roberto Bolaño, publicaba su primera novela, Bariloche, nació Hablar solos (Alfaguara), un libro a tres voces escueto y preciso, hondo y ágil, que revela el modo en que los familiares de un enfermo terminal afrontan el deterioro y la pérdida.
    Las reacciones son extremas y traumáticas (hay un momento en que, ante el cuerpo débil de su marido, Elena siente asco, porque ve al hombre, al que debe hacer el papel de hombre, endeble e inútil). Ella, en un paréntesis de su actividad de cuidadora a tiempo completo, encuentra un sustituto. “Uno no está preparado para ver a alguien querido envejecer de repente. La enfermedad aumenta el conflicto entre el que se queda y el que se va y su amante le hace ver a la mujer que todos sus complejos –el cuerpo orondo, las carnes flácidas, el pelo ingobernable– proceden de la salud y la abundancia”, algo que ella posee y echa en falta en su esposo. A partir de ese momento, Neuman hace apología de la belleza y la vida: “No lo pensamos, pero en el actual canon de belleza hay cierta adoración de la muerte. Es algo evidente, por ejemplo, en las anoréxicas”.
    En Hablar solos los personajes apenas interactúan, hablan solos el padre, la madre y el hijo, cada uno contando su experiencia frente a la muerte. “Ese modo de contar la historia refleja la intensa soledad de cada uno de los actores del conflicto”, dice Neuman, que ha querido homenajear a algunos de sus ídolos literarios y, en paralelo al tránsito de la enfermedad, al camino del muerto que se va muriendo, Elena subraya frases que la alivian en libros de Virginia Woolf, Geoffrey Gorer, Flannery O’Connor o el mismo Bolaño. Frases que asisten al diálogo con los muertos.

martes, 16 de octubre de 2012

Deon Meyer o el secreto de la novela negra



(Publicado en LA GACETA el 16/10/2012)
 
De su etapa como periodista de sucesos se llevó los contactos en la Policía y una espina clavada por cada caso. Quería que las víctimas de aquellos horribles crímenes que le tocaba describir en el periódico fuesen plenamente reparadas. Por eso se hizo novelista. Este hombre amable y pausado, más parecido a un profesor de instituto que a un exégeta del crimen, nos recibe en una biblioteca del subsuelo madrileño, al fondo, con la cabeza bajo un potente foco que ilumina su último libro: Safari sangriento (RBA). Su nombre, por cierto, es Deon Meyer (Paarl, Sudáfrica, 1958) y es el más internacional de los escritores blancos de novela negra africana.

Su nuevo libro, tejido a golpe de frases directas y sencillas, cuenta la historia de una mujer (Emma) que contrata a un guardaespaldas (Lemmer) para encontrar a su hermano (Jacobus), desparecido 20 años atrás. A partir de ahí, ambos protagonistas irán hundiéndose poco a poco en el fango de una sociedad corrompida por el dinero, las multinacionales, el crimen, el abuso de poder y la discriminación racial. Y al final, justicia. "Es esa la principal diferencia entre la novela negra y la realidad: el final. En la novela se imparte justicia y eso le gusta a la gente", explica el autor. ¿Pero no será que a todos nos gusta leer sobre el mal? "Es indudable que existe una fascinación en el ser humano por el mal. Pero sobre todo está el deseo de justicia", comenta. En realidad -viene a decirnos Meyer- es muy sencillo. La novela negra, el thriller, parte de un desorden brusco con el que el lector se identifica; el desorden se da en seguida, casi siempre en las primeras páginas, y el resto de la trama  es una búsqueda continua de justicia, que no es otra cosa que devolver cada pieza a su sitio original. Novela de reordenación.
 

Hasta hace poco el mundo sólo sabía del pico próspero del continente negro por Coetzee y sus formidables retratos de las miserias de un país aún fuertemente condicionado por el apartheid y otros demonios. Pero Deon Meyer ha puesto a Sudáfrica en el mapa de otro modo, si quieren más popular y accesible, y su obra, escrita en afrikáner -"Es mi idioma materno, bastante difícil ya es escribir como para hacerlo además en una lengua que no es la tuya", dice-, ha sido traducida ya a 25 idiomas.

Meyer reconoce sus deudas más claras con Hammett y Chandler, a quienes considera "padres" del género, aunque él ha estudiado a fondo la obra de autores como Ross McDonald o Jamie lee Burke. Y desconfía de la narrativa policíaca que surgió del frío escandinavo. "No han hecho nada que no estuviera ya inventado. Sólo han cambiado el escenario. Siguen los esquemas de los escritores británicos y americanos. Ni siquiera Larsson es original en eso, pues la novela negra de los países nórdicos ya existía mucho antes. Él sólo la hizo visible", zanja sobre aquella moda no tan pasajera.

El sudafricano es la voz del crimen en su país a medio hacer, un grito demasiado oscuro para Europa del que el escritor, sin embargo, habla con cautela: "Las ficciones son eso: ficciones. Y en ellas hay historias inventadas, por mucho que resulten verosímiles. Toda la novela negra es irreal, porque los crímenes son tan horrorosos que cualquier rastro de realidad en una historia espanta a los lectores. Mis novelas son, como mucho, ventanas muy pequeñas que dan un mundo muy amplio. Y además -contesta al ser preguntado por Sudáfrica como terreno fértil para el horror-, estas ventanas que yo abro son siempre de las zonas más oscuras de la sociedad". Es la lucha contra el tópico de un autor que se sabe, al fin, universal. Meyer mantiene que sus historias tratan acerca de seres humanos, que él intenta poner a sus personajes en situaciones extremas, indagando así en aquello que "puede hacer que un hombre bueno cometa actos atroces". Pero lo cierto es que, de no tomar distancias con su última obra, uno identificaría Sudáfrica entera -y el mundo, si me apuran, pues tiene mucho que decir en todo esto- con el Baltimore de David Simon o, peor, con el infierno de Dante, si sustituimos a Lemmer por el poeta italiano y a Emma por Virgilio. O al revés, no importa. El caso es que todo está hecho un asco y ni siquiera una justicia a destiempo hace digerible el trago. 


La novela negra ha resistido siempre a las embestidas de lo audiovisual, a priori un soporte mas adecuado para crear la atmósfera noir de un crimen. Primero fueron las películas, el cine negro -muchas veces escrito sobre novelas: todos han visto El halcón maltés, pero no tantos han leído la novela de Hammett- y ahora las series, con The Wire como ejemplo absoluto de la adaptación perfecta del género a las entregas televisivas. "Es fabulosa -opina Meyer-, y está muy bien escrita. Pero yo creo que las novelas siguen aportando algo especial".

lunes, 15 de octubre de 2012

La vuelta a casa de William Munny



(Publicado en LA GACETA el 15/10/2012)



Clint Eastwood, nacido en San Francisco hace ahora 82 años, llegó a Hollywood en 1953 para rodar una película mediocre –o directamente mala– llamada El regreso del monstruo. Los hay que defienden, incluso, que la trilogía italoamericana del dólar, que él hizo a cambio de 15.000 dólares y un pasaje en clase turista, es parte de un género menor. Pero lo cierto es que Sergio Leone lo puso en el mapa y de él, dice Eastwood, lo aprendió casi todo. De hecho le dedicó Sin perdón, la mejor de sus creaciones a tenor de la crítica internacional.

Escribir acerca de este viejo americano pálido y seco a golpe de conmemoración puede resultar peligroso, por repetitivo, pero es que se cumplen 20 años desde que el cowboy de California nos regalara la Gran Película Norteamericana de la posmodernidad, y encima bajo el canon clásico del desierto. Sin perdón es la prodigiosa vuelta al western de América, el epílogo formidable a la historia de un país entero. En el homérico regreso del Maverick a su lugar natural, al de la
justicia por la gracia violenta del ojo por ojo, se encierra el esfuerzo de un director enfadado con la contemporaneidad que exige volver a los viejos modos de narrar. William Munny es el vaquero crepuscular por antonomasia: rudo,  entristecido, ajado, recorrido el rostro por hondos surcos esculpidos por el sol  ofensivo del Oeste. Se trata del hombre tranquilo –o cansado– en cuya mirada nublada por el polvo de una diligencia intuimos cada una de sus tentativas con la muerte.

Tras varios intentos posteriores, tuvo que ser un español, Mateo Gil, el que casi 20 años después volviera a inscribir el sufrimiento rural y terrible del viejo forajido en los ojos de su Cassidy boliviano. O mejor dicho, hubo de ser Sam Shepard quien volviese a mirar del mismo modo que Clint.

Sin perdón fue un fogonazo genial, una especie de resurrección momentánea que no sirvió sin embargo para dar impulso a un nuevo western flamante y reciclado. Quizás la necesidad de agilizar -y aligerar- las producciones haya sido la única causa del declive de un género que, como el novelón decimonónico, no va nada bien con el signo de un tiempo vertiginoso. O quizás dotar de un nuevo tempo a la llegada de un forastero sea simplemente una falta de educación. A nadie le interesan ya los duelos al sol ni las conversaciones  nihilistas alrededor de una hoguera, de noche, en el descanso merecido de una huida en la que perseguidor y perseguido se llevan seis días de distancia.

Un hombre malo
Puede que Manny no sea más que un retrato del Eastwood no oficial, imagen en la que a menudo el indiscutible genio del director es enturbiado por su fama de hombre malo. De él se ha dicho que es tosco, tacaño, violento y mujeriego,  tesis esta última que se apoya en el hecho de que haya tenido siete hijos de cinco mujeres distintas. Pero llegados a este punto, uno no puede evitar preguntarse cómo un hombre así pudo definir la sensibilidad tardía de Frankie Dunn, el entrenador de Million Dollar Baby, delimitar el mal con tanta dulzura –una  amargura dulce, ya me entienden– como en Mystic River, trazar el mapa de la penitencia y la reparación como lo hizo en Sin perdón. Aquí podríamos decir, con Gide, que de los malos sentimientos nace la buena literatura, pero es que Eastwood no escribe sus guiones: se limita a hacerlos verosímiles. Y filma sobre historias que tampoco son para tanto.

El último Clint se parece aún más a Manny, es solitario y cascarrabias, nada partidario de los cambios bruscos ni de la excesiva intervención del Estado en sus asuntos. Hace unos semanas le soltó una diatriba tremenda a un Barack Obama imaginario en el que a uno se le  representaba otro de sus personajes diciendo aquello de que el jardín es mío, como la casa y la escopeta que tengo en mis manos. Estamos, en definitiva, ante el carácter rotundo de un hombre que viene manteniéndose como un equilibrista en la estrecha cuerda de los tipos duros, así sea un viejo boxeador retirado, un policía, un forajido o un arrepentido sicario en sus últimos días.

viernes, 12 de octubre de 2012

El sinuoso camino de Dionisio Ridruejo




(Publicado en LA GACETA el 12/10/2012)

Un periodista le preguntó en 1957 por su deserción intelectual del Franquismo, tan estrepitosa y temprana. “Muchas veces me han interrogado buscando el suceso removedor (...) y no hay anécdota que valga”, zanjó. Dionisio Ridruejo, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 100 años, llamó “proceso” a su desencanto con un hombre, Franco, que había traicionado la causa joseantoniana, opinión que le trasladó por escrito en su ya célebre misiva de 1942: “La Falange gasta estérilmente su nombre y sus consignas amparando una obra generalmente ajena y adversa, perdiendo su eficacia”.

El cambio se dio en la Unión Soviética, adonde fue para redimirse, si bien vino debilitado, enfermo y con  una creciente afección sentimental por el pueblo y por la tierra rusa”. Comenzó entonces un periodo en el que fue odiado a izquierda y derecha, que es lo que les ocurre al final a los audaces. “No hizo otra cosa que equivocarse”, diría de él Camilo José Cela, que lo llamó, señalándole con el dedo, “ese desmedrado mozo”. Umbral contradijo al gallego con su habitual puntería: “Ridruejo fue siempre un ejemplo de coherencia moral e incoherencia vital (...). Pero no era él quien se equivocaba, sino el fascismo, como luego ha demostrado la historia”. Cela y Umbral, tan distintos, coincidían sin embargo al señalar el carácter ambivalente de nuestro homenajeado.

Ridruejo, antes de ser Dionisio –así le llamaban sus subordinados, desafiando la costumbre cuartelera de reclamar por el apellido– estudió Derecho y Periodismo, encendiendo primero su pluma en la escuela católica de El Debate. De su honestidad intelectual dan cuenta unas memorias inconclusas –desmedradas también–, una suerte de retazos de una vida agitada, oscilante y un tanto esquizoide. Como poeta fue primero lorquiano, partidario de la sensibilidad desatada de Juan Ramón, y luego puramente falangista, clásico, adepto al engrandecimiento de las grandes batallas, a la poesía como un modo de mover a los hombres. Pero sus versos nunca lograron conmover, quedándose a menudo en la fría perfección de un artefacto. Al primer Ridruejo corresponde su libro Plural; al segundo, Poesía en armas. "Fue un escritor discreto –según el catedrático de Literatura Española Javier Huerta–, mejor prosista que poeta. Lo más interesante de él es sin duda su figura, su ejemplo de fascista íntegro y valiente”.

El poeta fascista ideó el verso del Cara al sol –mayoritariamente atribuido a Foxá–, “Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz”, en el famoso encuentro en 1935 de la “escuadra de poetas de José Antonio” en el restaurante Or-Kon- Pon de Madrid, donde se puso letra al himno de la Falange. Allí fueron, convocados por el fundador, además de Ridruejo, que llegó a los postres, Pedro Mourlane Michelena, José María Alfaro, Foxá, Sánchez Mazas y Jacinto Miquelarena.

Con sólo 21 años el de Soria se había afiliado a la FE, sugestionado por la idea de aglutinar a las masas bajo un partido único, fascinación que quedaría sellada tras su visita a Múnich en 1936, de donde volvió  hipnotizado, como un alemán menesteroso más. De aquel viaje regresó gritando, “¡Aquello es grandioso! ¡Nosotros sólo jugamos!”, entusiasmo que trasladó inmediatamente a José Antonio, a quien dos años antes había estrechado la mano por primera vez, gracias a Foxá.

Andrés Trapiello recupera en Las armas y las letras la interesante rivalidad entre Ridruejo y Pemán,  también prohombre del régimen, gran orador como él pero en cierto modo antagónico. El andaluz, mucho más viejo, despertaba los recelos del falangismo de primera hora, en cuyos insolentes círculos se  ridiculizaban algunos versos sonrojantes del monárquico de Cádiz (“Como una flor en el aire/ como un vaso de cristal, soy español por alférez / y más... por provisional”). El mismo Ridruejo, director general de Propaganda desde 1938, recelaba de los “camisas viejas”, según cuenta en sus memorias, y se rodeó siempre de “falangistas nuevos y con antecedentes liberales”, dentro de lo liberal que uno podía ser entonces. Confió, entre otros, en Torrente Ballester, Laín Entralgo, Rosales, Montes o Luis Escobar para dirigir Destino, Vértice, Jerarquía, los teatros, la radio y supervisar los libros que se editaban. Muchos años después, Ridruejo diría que, paradójicamente, el de Propaganda “ fue el órgano menos sectario de cuantos se constituyeron durante la guerra”.

Ridruejo evitó el sectarismo y eso le llenó de dudas, pues rectificar era entonces interpretado como un atributo de la debilidad. Después de todo, se quedó sin ver el amanecer democrático, ya que al final el Caudillo, cuya mezquindad soportó sin hincar la rodilla, le sobrevivió por meses.

lunes, 8 de octubre de 2012

Ayer no más

Ayer no más   
Andrés Trapiello
Destino. Barcelona. 2012

Hay que decir —para no espantar a nadie— que Ayer no más, la última novela de Andrés Trapiello, no es exactamente un libro sobre la Guerra Civil. Que en todo caso la contienda está al fondo y es recuperada por los protagonistas gracias al relato sesgado de los viejos y a la instrumentalización contemporánea de las trincheras por parte de la clase política.

Y dicho esto, podemos empezar. 

sábado, 6 de octubre de 2012

Leopoldo Panero: la otra cara del desencanto

Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra. 

Leopoldo Panero. Epitafio

Se abría bajo un cielo amplio y claro, azulísimo, la tierra en que Leopoldo Panero y sus hijos se hicieron poetas. Tras largos kilómetros de meseta hubo que atravesar la verde vega del río Órbigo, una suerte de vergel en el que uno puede escuchar con nitidez, gracias a algo tan prosaico como el regadío, el suave rumor del agua. Poco antes de llegar a Astorga topamos con Castrillo de las Piedras, un pueblecito minúsculo en el que un puñado de familias, todas dedicadas al campo, conviven con el recuerdo de los Panero paseándose escandalosamente por sus calles. Pasado el otero que soporta la iglesia a cuyo pie se extienden unas cincuenta casas semivacías, junto a una granja de cerdos que hoy perfuma media comarca, se encuentra Villa Odila, finca de veraneo de esta familia maldita y punto de encuentro de escritores e intelectuales durante los años oscuros del primer Franquismo.


 SEGUIR EN AMBOS MUNDOS