domingo, 5 de febrero de 2012

Ilegales por un puñado de euros

El mercado humano de Plaza Elíptica funciona seis días a la semana, de lunes a sábado. Y al séptimo descansa.

-Oye, ¿y esto cómo va? ¿Yo me pongo aquí y ya está?

-¡Ven, ven, que esto es como Operación Triunfo, o mejor: como el Tú sí que vales!

Son las 7.30 de la mañana. Mientras la Castellana se despereza, aún a oscuras, y los oficinistas empiezan a salir con cautela de sus casas, más al Sur, al otro lado del río Manzanares, Pablo y Felipe ya explican que, como en el cortejo, lo mejor es adelantarse, sacar pecho e intentar que el conductor te vea bien. “Luego ya son ellos los que dicen quién vale y quién no”. Ellos son los que se bajan apresurados con las llaves de la furgoneta en la mano, los pequeños empresarios que, ahogados por la crisis o aprovechándose de ella, contratan mano de obra barata, baratísima, entre los parados de la construcción que, mochila al hombro y manos en los bolsillos, se tiran a la calle cada día antes del alba, algunos porque “algo hay que hacer”.

Muy pocos entran y toman café en el bar Yakarta, donde el camarero vocifera ya a esas horas, señalando la puerta a todos aquellos que no tienen intención de consumir. Entra un subsahariano que enseña los dientes al saludar y sale un español, desgalichado y sucio, que acaba de dar cuenta de un chupito de orujo de hierbas con hielo. Ambos se han cruzado con Edgar Peñaloza y sus compañeros de la Federación del Consejo Nacional de Entidades de Ecuatorianos en España, quienes, cargados con un par de cajas de bocadillos y coca-colas, hacen que medio centenar de personas dejen de vigilar la carretera y se agolpen alrededor de la comida para después, poco a poco, ir organizando una cola.

Cuando amanece, la glorieta ya está llena de corrillos. Hoy, dicen por la radio, será uno de los días más gélidos de los últimos 50 años. El aliento de Siberia ha ido apartando las nubes, dejando un cielo glacial y limpio cuyos efectos ya llenan los telediarios, divididos desde el jueves entre abrir con el paro o con el tiempo. Pablo, cuerpo enjuto y como recogido hacia arriba por el frío, encaja ambas bofetadas –desempleo y congelación– como si fuesen caricias. Habla sin parar quitando la palabra a Felipe, que se golpea con ritmo los talones y hace bromas felices fingiendo que persigue a cada mujer que pasa. Se da en ellos, como en muchos de los que sufren las consecuencias de la ruina económica, un fenómeno contradictorio, mezcla de orgullo y resignación, que consiste primero en pensar que la desgracia propia es la más penosa, que cada uno ha visto la peor cara de la crisis, para más tarde asegurar que la indignidad tiene un límite –monetario– y que, por debajo de ese umbral, lo mejor es quedarse quieto.

Como es lógico, allí nadie va por gusto, sino por mantener a su familia. “Yo soy oficial y, por mis  conocimientos, tienen que pagarme al menos 50 euros”, dice un negro afilado con los ojos brillantes de fiebre y frío. Se ha sumado a la conversación sólo para decir eso. En realidad, está convenciéndose a sí mismo de que lo suyo aún está valorado, de que su pericia es todavía necesaria. Lo que no dice es que acabará aceptando 40 euros, o 30, o 20; incluso si llega el mediodía, puede que se vaya al tajo lo que queda de jornada por 10 euros.

Cerco a los indocumentados 
Pablo y Felipe, peruano y boliviano, cuentan que un hombre los tuvo trabajando una semana y un día no vino a buscarlos, dejándolos de paso sin cobrar un euro. Cuentan también que otro empleador, después de prometer que les pagaría 30 euros diarios, alegó insolvencia y acabó dándoles sólo 10. Estos dos iberoamericanos llevan más de un lustro encontrándose cada mañana frente al bar Yakarta, junto a la boca del metro; aquí se hicieron amigos. Todos los obreros que se agitan para entrar en calor en los corrillos tienen su especialidad, y todos –carpinteros, pintores o albañiles– acuden corriendo cada vez que para un coche.

Los inmigrantes son mayoría, aunque según comentan, se empiezan a ver cada vez más españoles, fruto de un drama que, lejos de mejorar con el tiempo, se ha ido extendiendo como un tumor. Sólo en la capital, según el Servicio Público de Empleo, 47.942 extranjeros están desempleados, y 36.969 de ellos son extracomunitarios. El distrito de Carabanchel es además, con 19.988 parados, el que más paro soporta por detrás de Puente de Vallecas. “La situación es cada vez peor, aunque ahora haya menos personas buscando trabajo en la plaza. Los que vienen a buscarlos les dan menos dinero por más horas y en condiciones mucho peores”, se queja Peñaloza mientras echa una cuenta rápida del número de personas a las que repartir bocatas. ¿Por qué entonces, si hay más paro, hay menos gente buscando y menos empleadores dando trabajo? Contesta el portavoz del colectivo inmigrante que una vez al mes trae comida a la plaza: “Lo que pasa es que ahora se presenta la Policía y pide los papeles, y si no los tienes, te llevan a comisaría... o a tu país. Un día, hace como medio año, vino una patrulla y nos quitó todo lo que traíamos diciendo que, sin carné de manipuladores de alimentos, podíamos matar a alguien”. Hace sólo cuatro años, cuando empezaron a sonar las trompetas del apocalipsis económico, había días en que se agolpaban en torno a la glorieta hasta 200 personas. Ahora es rara la mañana en que hay más de 50. Los policías han llegado a la conclusión de que lo que allí ocurre es ilegal, una esclavitud de nuevo cuño que afecta sobre todo a la población extranjera. A consecuencia de las redadas casi diarias, los sin papeles han decidido esconderse, no dejarse ver ni siquiera para buscar trabajo diario o, con suerte, semanal.

Óscar, ecuatoriano hoy dedicado a la obra social en una asociación de Parla que ayuda a extranjeros, era antes uno de esos autónomos que iban cada mañana a Plaza Elíptica para contratar por poco dinero. No es que se haya cambiado al otro bando, lo que pasó fue que se arruinó. “De todas formas –dice–, cuando yo venía, era diferente. Había más trabajo y, si no hacíamos contratos a la gente, era porque, como no tenían papeles, no podíamos.” 

Los que van quedando en la plaza no parecen preocupados: la crisis es ya una costumbre. Y lo es ahora, cuatro años después.

(Publicado en LA GACETA el 05/02/2012)