miércoles, 26 de diciembre de 2012

UN SUBGÉNERO SENTIMENTAL


Publicado en LA GACETA el 26/12/2012

Era un telenovela, un serial amoroso, un culebrón, quizás el único que satisfizo enteramente las pasiones de nuestra despendolada puericia. Como las novelitas sentimentales —algunos puristas retóricos, y uno mismo a veces, lo han llamado a esto subgénero—, Los Serrano, que aún hoy podemos ver en La Siete, gravitaba en torno a las relaciones amorosas difíciles, culpables, con continuos altibajos y malentendidos enervantes, aunque la premisa fuera la contraria y coincidiese precisamente con el atractivo que la serie tenía para aquellos que aún no se habían estrenado en la vida: dos chicas llegaban con sus vestiditos y sus maquillajes, con su refinamiento catalán y su seny, y se te metían en casa, permitiendo a sus pares masculinos, que parecían de un pueblo de Cuenca, asaltarlas con una inmunidad perfecta.
         ¿Cómo se iban a resistir aquellas chavalas si estaban todos bajo el mismo techo? ¿A dónde huirían?
         Pero lo cierto es que se resistieron durante un tiempo, si bien acabaron sucumbiendo a la insistencia de sus hermanos, lo cual fue nefasto para una generación entera cuyo donjuanismo, entonces aún latente, quedó dañado sin remedio. Veíamos que allí transitaban del amor al odio a veces incluso sin que ellas lo quisieran; era una táctica amatoria defectuosa, un cansancio del cortejo que empezaba a primera hora, durante aquellos desayunos tan parecidos a los del monólogo, con jarras de zumo que nadie bebía y una mesa del tamaño de mi piso.
         Todo aquel fatigoso ritual, decíamos, acabó mucho después con la consumación definitiva del amor entre Marcos y Eva, hartos ya de bordear el asunto, lo que vino a coincidir además con el amanecer libidinoso de los primeros fans, que empezaba ya a resultar insoportable. Luego Eva (Verónica Sánchez) actuaría en muchas películas que fueron a dar a una muy explícita, Al Sur de Granada, donde la eterna estudiante aparecía silvestre y morena, como un animal desértico. Pero ya no era lo mismo, sino mejor, aunque el daño de aquella telenovela de Max Factor, que diría Borges, tan pringosamente posmoderna, estaba ya hecho y nosotros, pobres incapacitados, solo podíamos perseguir adolescentes a ciegas, exasperándolas.

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