jueves, 27 de diciembre de 2012

Un hijo televisado

Publicado en LA GACETA el 27/12/2012

La venida de Francisquito Rivera Bueno ha sido televisada no a la manera naturalísima de Dragó, sino al modo elíptico, mucho más prudente, de los profesionales del corazón. Las lágrimas de la abuela durante el juicio malayo, de una emoción pocas veces vista en tele, rebrotaron en un concierto reciente en que la Pantoja, en pleno éxtasis musical, le fabricó a su nieto una cuna de aire, como si le fuese a cantar allí mismo las nanas de la cebolla.

Francisquito parece un poco hijo de su abuela y más de uno se alegraría si hubiese llegado al mundo otro Paquirrín, con su forma ligera de ver la vida y ese gen terrible, más fuerte sin duda que el de los ojos marrones, del que se han salvado sus bellísimos hermanos.

Con Paquirrín ocurre que se le quiere en privado, con algo de vergüenza puritana, como se quiere al amigo que andaba siempre haciéndonos reír hasta que lo metieron en la cárcel. Nadie dirá en alto que lo ama y por eso mismo no hay que hacer demasiado caso al fin de la tregua televisiva. No lleva Francisquito ni dos meses entre nosotros y ya está saliendo a todas horas la memoria injusta que la tele guarda de su padre. En Sálvame Diario vuelven a hablar de él como adolescente, como ave nocturna, tarambana e imagen pública y reconocible del ni-ni mediterráneo, que en España tiene su culminación en las paternidades indeseadas, arrabaleras, de ese 50% de jóvenes en paro. Aquí el ni-ni tiene un hijo para pasearlo por el barrio y entre los de la estirpe de Paquirrín (gente tremendamente irresponsable para el amor) había que dar a luz cuanto antes para sellar un pacto secreto en la exclusión.

El drama de Paquirrín, en cuyo diminutivo va ya su irrenunciable condición filial, ha sido el de haber evitado siempre desde la mesa de los niños el ataque directo e insultante, intensificándose a cambio la condescendencia, con moralinas paternalistas y gente como Lydia Lozano hablando de hijos perfectos. Por eso mismo, ahora nadie cree que el penúltimo Rivera pueda abandonar al fin esa bohemia vip y consentida para la que ciertamente no tiene edad.

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