jueves, 20 de diciembre de 2012

SOBRE DANDIS Y MALDITOS (UNA APROXIMACIÓN)




Lord Byron lo envidiaba. Codició durante mucho tiempo su perfecta combinación de buen gusto, ingenio, descaro e independencia, anhelando sobre todo el deseo indómito que despertaba en las mujeres cada vez que aparecía entre el tumulto de una fiesta. Beau Brummel, el bello Brummel, añadió a las virtudes antecitadas no una belleza proporcionada y suave, sino un fuerte atractivo que consistía en mantener su aspecto imperturbable, un olor limpio y fresco a cualquier hora del día y el cabello tan perfectamente colocado que, en palabras de Virginia Woolf, por encima de él pasó la Revolución Francesa sin desordenarle un solo pelo. Brummel fue quizás el dandi primigenio, en todo caso el primero para el que nos sirve este concepto acuñado a partir del Romanticismo pero cuyas raíces están enterradas ya en el Renacimiento, algo evidente si nos atenemos a muchos de los mandatos de Baltasar de Castiglione.

Esta especie humana experimentó su apogeo literario durante el siglo XIX, cuando algunos -muy pocos- poetas comenzaron a vestirse de un modo afectado y a pasear, casi siempre entre la bruma londinense, mientras hacían girar graciosamente su bastón. Dejando a un lado las aspiraciones cortesanas de sus predecesores, los dandis decimonónico se dedicaron plácidamente a le dolce far niente, y de vez en cuando, espoleados por las musas de su desgracia, escríbían algo de interés. Baudelaire, estudioso del dandismo y él mismo un dandi caricaturesco y maldito, se maquillaba y se arreglaba con minuciosidad y sus gestos advertían, pues así lo quería él, los misteriosos desarreglos de su mente. Me atrevería a decir incluso que, víctima de su coquetería, fue el primero en peinarse a lo Anasagasti, camuflando bajo un mechón perfectamente descolocado una calvicie embrionaria en lo alto de la frente. En algunas fotografías aparece también con una estupenda melena ladeada y limpia que cae sobre sus hombros y una pajarita del tamaño de su cara alrededor del cuello.

Pero el dandismo, más allá de una mera tendencia estética, tiene mucho que ver con el advenimiento del yo como inspiración literaria, una condición que, como escribía hace meses Jorge Bustos, originó también la eclosión del autor como protagonista de sus ficciones. A la vez surgieron los poetas malditos, los dandis y los escritores de acción. Es sabido que en Baudelaire confluyen al menos dos de estas características, pues también fue un poeta maldito, pero no solo por sus pulsiones autodestructivas, sino gracias sobre todo a su condición de inadaptado, que él interpretó de un modo original y fascinante. Los dandis y los malditos, especies semejantes y a menudo superpuestas, mezcla de lo dionisíaco y lo apolíneo, compartían singularidad, aunque lo excéntrico era sobre todo una anomalía que, como decía Rimbaud, hacía que el poeta, el que había nacido poeta, se convirtiese en vidente.

Quizás el primer dandi español fuese Mariano José de Larra, pero hubo otros después como Alejandro Sawa, Federico García Lorca o el mismo Valle-Inclán, que optó por ocultar su condición de escritor de provincias tras una máscara esperpéntica sobre la que atalayó su hierático modo de ver la vida. Porque si algo los une a todos es esa necesidad por esconderse tras un disfraz; distinguirse para escapar, según la teoría de Félix de Azúa, que afirmó sobre Baudelaire, arquetipo del petimetre literario, que había desaparecido detrás de su distinción: “Se ha escondido, ocultado, y sólo muestra la diferencia que le oculta. Mientras sea distinguido, nadie le verá. Se trata de un refinamiento, un perfeccionamiento de la figura del detective”. Como de lo que se trata es de ocultarse, de situarse al margen de la sociedad, tanto el dandi como el maldito supeditarán toda su existencia a la consecución de este objetivo. La autodestrucción del maldito es un suicidio ralentizado que lo va sacando poco a poco de la escena, mientras que el dandi logra salir de repente, a través de una diferenciación radical y un tanto pretenciosa. Si el dandi no es maldito cabe suponer que le falta valor, aunque lo cierto es que puede tratarse justamente de lo contrario, pues el excéntrico sin más es capaz de actuar con desvergüenza de un modo estrafalario y ridículo, soportando la presión social que siempre se ejerce sobre lo minoritario.

MODA Y ESTILO

No hay que confundir el estilo de los dandis con lo que hoy entendemos por moda. Los hombres enfermos de spleen, aguijoneados por el tedio y el aburrimiento, despreciaban la moda, lo novedoso, a pesar de ser unos esclavos de su apariencia. La despreciaban precisamente por lo que tenía de novedad, porque lo nuevo entretiene y le quita a uno tiempo para aburrirse solemnemente.

Aunque pertenecían por lo general a las clases populares, los dandis mostraban un gran desdén hacia ellas, lo cual se traducía en ese irrefrenable deseo por diferenciarse del que ya hemos hablado. El dandismo, de existir hoy, ya no buscaría la singularidad, sino la integración en el grupo, y de ahí que tengamos serias sospechas acerca de su desaparición. Un dandi contemporáneo se camuflaría entre le gente como un Wakefield posmoderno, abrazando a la masa pero justificándose tras un presunto cosmopolitismo y asumiendo de los dandis románticos únicemente el pecado de la pereza. Con estudios o sin ellos, nuestras hornadas de hombres distinguidos se especializan ahora en una rama concreta del saber, ya sea la economía, la carpintería, el roncola o la nada, despreciando el delicioso y elegante diletantmsmo que trajo le modernidad, filosofía vital solo asumida ya por un limitadísimo puñado de periodistas disolutos. El dandi posmoderno sería una aleación entre Pep Guardiola y Cristiano Ronaldo y a rebufo de este tipo de personalidades tenemos a una generación entera cuyos cerebros están en proceso de desintegragión merced a una enfermiza y creciente superficialidad.

En el plano literario el panorama no mejora, aunque difiere, y mucho, de lo que encontramos en la calle. Los poetas de esta crisis ajironan sus ropas y se dejan crecer la barba irresponsablemente, acuden a cafés literarios donde se habla de la guerra y escriben versos arrebatados contra las dictaduras del mercado. Veneran a Lorca, poeta maldito y dandi heterodoxo, pero lo estudian como a un héroe libertario, como si su tragedia política fuera la impulsora de sus versos y sus amoríos perdidos (ese sacarle novios a Lorca) la génesis decisiva de su duende. Al autor de Yerma ni lo admiran como poeta ni como el dandi hermoso y maldito que fue, sino que lo tratan como a un símbolo mítico, algo así como el Che Guevara de los poetas. Y Lorca fue, como dejó dicho Umbral, además de un poeta inigualable, un "dandi luciferino" al estilo de Baudelaire, pues ocultó a todos, como el autor de Las flores del mal, su yo más íntimo y profundo, germen del desdoblamiento que daría lugar al misterio de su poesía.

En España, decimos, ya no hay dandis como los de antes, pero es que el declive universal de esta especie acaso se produjo en los tiempos dorados de Hollywood o, si me apuran, durante la feliz y fitzgeraldiana década de los veinte. Lo que es seguro es que en tiempos de la Generación Perdida el dandi ya andaba integrado en la sociedad y había abandonado su condición de artista maldito zarandeado por su tragedia personal. Acabada esa tragedia, queda solo el aspecto estético, el mismo que Scott Fitzgerald apuntó como único factor perdurable del dandismo. "La ropa masculina -dijo el autor de El Gran Gatsby- es un símbolo del poder que el hombre debe tener y que pasa de generación en generación".

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