martes, 11 de diciembre de 2012

FLORES PARA ELENA

Publicado en LA GACETA el 12/12/2012


El domingo, María Teresa Campos entrevistó a Rosario Flores y, como siempre ocurre cuando habla un Flores, hubo tiempo también para el homenaje. “Mi hermano me manda desde el cielo las canciones”, dijo Rosario, mirando arriba. Y es que Antonio se llevó allá el genio de la canción ligera, dejando aquí un puñado de temas que son un tránsito de la copla de su madre al pop rumbero y quejicoso de sus hermanas. De la coplilla fundacional de Lola surgió un canto lastimero, de nostalgias y añoranzas, y así fue la canción de Antonio Flores (¡de todos los Flores!) tomando alma y libertad. Pero el talento más fresco de esta saga, muerto Antonio, no lo tiene Rosario ni tampoco Lolita –más seria, más Lola-, sino Elena Furiase.

A Elena, hija de Lolita y de un feriante de ultramar, se le ha mezclado el carácter rociero de su abuela con el rasgo pampero, atemperado, de los tangos bonaerenses. Del modo en que la música de Antonio se enriqueció en los años del plomo en las venas, ha tenido que venir sangre rápida de América a mitigar el carácter rotundo de los Flores, su tiranía gitana, haciendo de la familia una cosa bella. Y eso a Elena, que aún puede que se emocione al escuchar un bolero andaluz en el Lerele, no le ha dejado cantar. Despojada de coplería modosa, ajena a lo que de hondo tienen todos sus parientes, al refunfuño andaluz y al estertor espiritual del flamenco, Elena Furiase, que eligió consecuentemente la tele para desplegar su arte, ha concluido al fin el viaje interrumpido de Antonio y su estrellato hace justicia a esa obsesión tan humana por alejarse del arrabal.

Hace unos meses posó en la revista masculina FHM y explicó cosas íntimas que hacía en los baños de El Corte Inglés con su novio, que es como una mitad suya, argentino, cantante y de nombre Leo. Ahí vino a confirmar lo que muchos ya imaginábamos, que se ha hecho mujer este siglo y que hay un nuevo Flores rasgando el papel cuché. Y ahí también vimos ese colofón feliz al tránsito de su familia, ese último salto cualitativo del flamenco, que ya no es oscuro, desgarrado, sino una fusión eficaz con su tiempo.

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