lunes, 5 de noviembre de 2012

Proust, poeta de la aristocracia




Publicado en LA GACETA el 5/11/2012

Antes de obsesionarse con su inabarcable catedral narrativa, había nacido en él una vocación temprana de poeta. Tras su bautismo de fuego en el Salón de las Rosas de Madeleine Lemaire, Marcel Proust transitó de la crónica social del París de la Belle Époque a la declamación de versos en los salones, todo cuando apenas era un adolescente en eclosión que empezaba a manejarse entre las damas linajudas de los Campos Elíseos. Esas señoras felices de grandes pamelas admitieron en las fiestas de copete su naturaleza frágil y enfermiza, su amaneramiento casi infantil, y él correspondía en el papel de poeta cortesano engolando la voz para recitar poemas parnasianos sobre pintores, parodias de grandes figuras de la literatura –como Mallarmé– o lamentos de vida al estilo romántico.

Ahora, en los noventa años de su muerte, Cátedra edita la Poesía Completa del autor de En Busca del tiempo perdido, una suerte de miscelánea de sonetos, sátiras, canciones y dedicatorias de carácter casi siempre privado. Se trata de un verdadero hallazgo, sobre todo para aquellos que sólo se hayan acercado a la obra novelística del que quizás fuera uno de los prosistas más puros del pasado siglo, un hombre que a partir de su famosísima magdalena construyó, sin ahorrarse un solo detalle, el descomunal retrato de toda una época.

En vida sólo publicó versos –periódicos y revistas aparte– en el volumen titulado Los Placeres y los días, obra fundacional en la que, a modo de almanaque heterodoxo, incluye prosas variadas y algunos poemas de juventud de los que se sentía particularmente orgulloso. “Aunque ahora nos resulte difícil hacernos a la idea, el pequeño Marcel no descartaba la posibilidad de seguir una carrera literaria por los cauces de la poesía”, sostiene el crítico Santiago R. Santervás, estudioso al cargo de esta prolija edición de la histórica editorial de Letras Universales. Pero lo cierto es que, pese a la simpatía con que eran acogidas sus rimas entre amigos y parientes, su talento poético nunca descolló fuera de ese círculo. Su primer libro tuvo un recibimiento discreto y sólo unos pocos amigos suyos de la prensa –entre ellos Léon Blum– le dedicaron algún párrafo elogioso.

En la completa antología que nos ocupa las musas son muchas, los temas variados y el estilo cambiante como aquellos tiempos de ambiciones aceleradas. Y el realismo es si cabe más acusado que en su prosa. Proust siempre negó que los personajes de En Busca... fueran calcos de su entorno, de esa maraña de aristócratas, escritores, intelectuales, cantantes y cabareteras por la que el escritor, hijo de un prestigioso médico y de una judía de vasta cultura, se desenvolvía con especial destreza, trabando durante su juventud provechosas amistades, algunas de ellas dañadas después por aquella poesía desvergonzada y destruidas del todo por la publicación de los tomos de su inagotable novela, la misma que Félix de Azúa recomendaba hace poco leer cada veinte años o, si no se puede, al menos una vez en la vida, “como quien lee una sentencia de muerte”.

Pese a que algunos han defendido su homosexualidad excluyente, lo cierto es que se refiere en muchos poemas a jóvenes demoiselles ante cuya belleza cae rendido, a ciertas muchachas en flor con las que establece relaciones contradictorias y confusas, pues le atraen y repelen de igual modo, aunque siempre acaba adorándolas irremediablemente, presa de sus fragilidades. Son los mismos grupos de niñas que desfilarán luego como retazos de seres vivos en su gran fresco final, todas ellas confundidas por la imposibilidad de Proust para distinguir entre la amistad y el amor de una dama. Así ocurrió con Jeanne Pouquet, jovencísima actriz de escandalosa belleza que interpretó a Cleopatra en una obra para aficionados en la que el escritor desempeñaba, al parecer con notable torpeza, la tarea de apuntador. Ella tiene el honor de ser la primera mujer identificada a la que Proust dedicó un poema ensalzando su belleza viva y graciosa frente a la imagen pétrea de la última reina del Antiguo Egipto.

Pouquet y su marido serían para siempre amigos de aquel cronista aunque, como él, se quedaron sin plaza para la ceremonia celestial de su consagración en el Parnaso. Proust estuvo los treinta últimos años de su vida sin escribir un solo verso. Se encerró en una habitación forrada de corcho y allí anduvo, desorientado, buscando el tiempo perdido en torrentes de palabras.





"Fabre escribió un libro sobre insectos, pero no pidió a los insectos que lo leyeran"

Su apego a ese ambiente de chismorreos, fiestas y apostura le trajo a Proust más de un problema. Sobre todo entre aquellos que eran objeto de atención –cuando no escarnio– en sus poemas. Es conocida la respuesta que le dio Jean Cocteau al escritor cuando este le trasladó la preocupación que sentía ante la reacción del señorío parisino a sus obras: “Fabre escribió un libro sobre los insectos, pero no pidió a los insectos que lo leyeran”, le dijo el autor de ‘Les enfants terribles’. Y es que es en la obra poética de Proust donde, paradójicamente, se reflejan con mayor fidelidad las situaciones reales, los juegos entre Martigny y la Concorde de personajes calcados del entorno del escritor, mientras en su prosa, como se ocupó de aclarar en vida el propio Proust, asistimos a un vuelo imaginativo mayor y más libre. Los protagonistas de la poesía proustiana van desde esas muchachas en flor hasta las ‘nymphettes’ de su propia generación y las señoras de la edad de su madre, estas últimas entre sus más inconfesables y extrañas pasiones. Hablamos de una poesía en muchos casos jocosa, escrita para solaz de sus amigos, como aquella dedicada a un crítico musical de la Ópera de París a quien despreciaba –“Más gorda que la ballena/ y el narval/ es la tripa, la tripa/ de Bréval”–, o retratos más o menos intencionados de la sociedad parisina –“Maure, balzaquiano, de marcha ligera;/ Jean [Cocteau], liso, con ojos como pensamientos;/ Lucien, cual caniche esquilado a breve,/ rollizo, duchado, siempre deseable”–. La poesía de Proust, en definitiva, hay que apreciarla como una tentativa, un intento de construir un mundo no necesariamente original alrededor de una zona muy concreta de París. Los poemas más interesantes son, precisamente por eso, los de producción temprana, inseguros y sentimentaloides en algunos casos pero fundamentales para aquel que desee indagar en las primeras zozobras de un escritor en ciernes.

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