miércoles, 7 de noviembre de 2012

Los cien años a la sombra de Virgilio Piñera



  • Publicado en LA GACETA el 07/08/2012

    Al final de su vida era habitual ver a Virgilio Piñera (1912-1979) caminando nervioso por el malecón de La Habana, solo y pobre, dejándose morir mientras se iba encogiendo por el hambre.

    Aguijoneado por los recuerdos de su via crucis, veía las sombras de aquellos que lo persiguieron y ya no era capaz de escribir una sola línea. Y es que hubo un tiempo en que aquella sombra flaca y encorvada fue un iconoclasta respetado, un soberbio ejemplo de independencia artística e intelectual. Poeta, narrador y dramaturgo, Piñera creó a base de fogonazos de brillantez una de las obras más originales y meritorias de la literatura cubana, una ingente producción en la que destacan su poemario La isla en peso (1943); su novela La carne de René (1952), escrita durante su primera huida a Buenos Aires; sus Cuentos fríos (1956) y algunas piezas teatrales como Electra Garrigó o Falsa alarma.

    Ahora, 100 años después de su nacimiento, la figura de Piñera será reivindicada, confirmando esa costumbre tan castrista de encumbrar a sus figuras represaliadas con un margen de 20 o 30 años sobre su muerte.

    Homosexual como Lezama Lima (su mostrenco antagonista, el gran poeta gordo y culterano del régimen, elevado a los altares de la Revolución pese a la oscuridad de sus versos y ese estecicismo desbocado tras el cual ocultaba una náusea que acabó convirtiéndolo, también a el, en un fantasma), Virgilio fue perseguido, represaliado, condenado y, lo peor de todo, olvidado por una dictadura que se jactaba de haber instalado en Cuba una especie de Arcadia de la tolerancia. Para Virgilio, cuenta Cabrera Infante en Vidas para leerlas, “toda insurrección era literaria”, algo que ya no importaba cuando la censura trascendió súbitamente los temas políticos, persiguiendo hasta la ambigüedad. En la luna de miel que medió entre el 59 y el 61, Piñera trabajó a las órdenes del propio Cabrera Infante en Lunes de Revolución, una publicación que acabó cercenada y con sus firmas mayoritariamente en el exilio. A partir del divorcio de Fidel Castro con los intelectuales cubanos, apenas un par de años después del advenimiento de la Revolución, Virgilio Piñera fue desapareciendo tras el biombo obtuso de los barbudos. Se había disuelto el sueño de primera hora y nuestro autor eligió quedarse, consciente de una situación que a partir de entonces lo convertía en figura silente, en narrador mudo.

    Vagó por su querida isla durante casi 20 años, conformándose con intuir el éxito de sus creaciones en el extranjero. En Cuba, su originalísima obra fue enterrada todo aquel tiempo bajo la hipocresía de una revolución tan blanca y machista como su líder supremo, molesto con el carácter disoluto de un escritor que en una reunión con la cúpula castrista sólo acertó a decir, entre dientes y con la voz aflautada, que tenía miedo.

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