domingo, 4 de noviembre de 2012

La casa de Sorolla


                             








 Publicado en LA GACETA el 4/11/2012


Sorolla nos recibe en un caserón amarillo de la calle Martínez Campos, en Madrid. Allí fue a parar al final de su vida, durante la segunda década del siglo pasado, cuando, gracias al reconocimiento unánime del público, pudo ir poco a poco liberando la muñeca para pintar escenas menos rotundas al servicio de un arte íntimo y privado, resuelto para consumo propio. Nos recibe en un jardín salteado de sátiros y alegorías griegas, de estatuas negras y blancas, de fuentes rumorosas que remiten al locus amoenus renacentista, con ecos de Italia, Valencia y Granada, y todo cubierto por una luz que en ese lugar –centro financiero de la capital española– parece mediterránea.

Sorolla, pese a su carácter solemne e introspectivo, recibía cada mañana a poetas y artistas en los jardines de su casa, guarecido bajo una gran sombrilla blanca que atemperaba la luz en sus ojos y abrillantaba las hojas y los setos, los arboles y hasta las palomas. Allí se presentaba de vez en cuando Juan Ramón con otro poemita saltarín que, por tratarse de jardinería, le dedicaba amistosamente al paisajista de Valencia. Sin los apuros económicos de antaño, apurado por los mastodónticos encargos de la Hispanic Society de Nueva York, se reservaba cada año la primavera para pintarla en todo tipo de soportes, en ladrillos, tejas, cartones u hojas de propaganda. Mientras tanto, iba esbozando en papeles emborronados los bocetos de su pequeño vergel urbano, que imaginó tras un viaje a Sevilla y Granada. Fascinado con la Alhambra mora y sus jardines, quiso llevarse aquella luz a casa, y estudió cómo hacerla caer sobre un jardín de proporciones clásicas diseñado por él mismo. Al modo del Jardín de Troya, forró un banco de azulejos de Triana, trajo de un vivero granadino unos arrayanes con que flanquear los senderos y enfrentó una pérgola italiana con una alberca de Sevilla presidida por dos mujeres de piedra hablándose al oído. En aquel retiro trabajó más que nunca, pintó casi un cuadro diario –tiene más de 5.000 y murió a los 60 años–, sacó de su mano virtuosa una pintura esencial, pura y silenciosa, que él quiso siempre proteger del mercado, no por considerarla menor, sino porque era demasiado suya. Desde una amplia galería, se puede ver El árbol del amor, plantado por el artista hace más de 100 años. Tras los cristales, hay una foto de Alfonso XIII dedicada “a Joaquín Sorolla, suponiendo que le guste el contraste de luz”. En la imagen aparece el rey sobre un caballo negro, y detrás el brillo magnífico del sol colándose por entre los árboles, perfilando al monarca y haciendo estallar en fogonazos blancos la panza del animal. Al lado, un amplio comedor, forrado de mármol levantino, de su Levante de luces claras y azules; alrededor del cuarto, coronándolo, una fastuosa guirnalda de frutas tropicales y plantas mediterráneas pintadas por el autor de Paseo por la playa.

Pero sobre todo, en las estancias vacías está el alma de un hombre y su familia, a quienes homenajeó la cara oculta del artista público, del que hoy nos queda, como una última voluntad, este lugar atípico y extemporáneo, que fue el refugio postrero del poeta de la luz.

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