sábado, 6 de octubre de 2012

Leopoldo Panero: la otra cara del desencanto

Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra. 

Leopoldo Panero. Epitafio

Se abría bajo un cielo amplio y claro, azulísimo, la tierra en que Leopoldo Panero y sus hijos se hicieron poetas. Tras largos kilómetros de meseta hubo que atravesar la verde vega del río Órbigo, una suerte de vergel en el que uno puede escuchar con nitidez, gracias a algo tan prosaico como el regadío, el suave rumor del agua. Poco antes de llegar a Astorga topamos con Castrillo de las Piedras, un pueblecito minúsculo en el que un puñado de familias, todas dedicadas al campo, conviven con el recuerdo de los Panero paseándose escandalosamente por sus calles. Pasado el otero que soporta la iglesia a cuyo pie se extienden unas cincuenta casas semivacías, junto a una granja de cerdos que hoy perfuma media comarca, se encuentra Villa Odila, finca de veraneo de esta familia maldita y punto de encuentro de escritores e intelectuales durante los años oscuros del primer Franquismo.


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