martes, 16 de octubre de 2012

Deon Meyer o el secreto de la novela negra



(Publicado en LA GACETA el 16/10/2012)
 
De su etapa como periodista de sucesos se llevó los contactos en la Policía y una espina clavada por cada caso. Quería que las víctimas de aquellos horribles crímenes que le tocaba describir en el periódico fuesen plenamente reparadas. Por eso se hizo novelista. Este hombre amable y pausado, más parecido a un profesor de instituto que a un exégeta del crimen, nos recibe en una biblioteca del subsuelo madrileño, al fondo, con la cabeza bajo un potente foco que ilumina su último libro: Safari sangriento (RBA). Su nombre, por cierto, es Deon Meyer (Paarl, Sudáfrica, 1958) y es el más internacional de los escritores blancos de novela negra africana.

Su nuevo libro, tejido a golpe de frases directas y sencillas, cuenta la historia de una mujer (Emma) que contrata a un guardaespaldas (Lemmer) para encontrar a su hermano (Jacobus), desparecido 20 años atrás. A partir de ahí, ambos protagonistas irán hundiéndose poco a poco en el fango de una sociedad corrompida por el dinero, las multinacionales, el crimen, el abuso de poder y la discriminación racial. Y al final, justicia. "Es esa la principal diferencia entre la novela negra y la realidad: el final. En la novela se imparte justicia y eso le gusta a la gente", explica el autor. ¿Pero no será que a todos nos gusta leer sobre el mal? "Es indudable que existe una fascinación en el ser humano por el mal. Pero sobre todo está el deseo de justicia", comenta. En realidad -viene a decirnos Meyer- es muy sencillo. La novela negra, el thriller, parte de un desorden brusco con el que el lector se identifica; el desorden se da en seguida, casi siempre en las primeras páginas, y el resto de la trama  es una búsqueda continua de justicia, que no es otra cosa que devolver cada pieza a su sitio original. Novela de reordenación.
 

Hasta hace poco el mundo sólo sabía del pico próspero del continente negro por Coetzee y sus formidables retratos de las miserias de un país aún fuertemente condicionado por el apartheid y otros demonios. Pero Deon Meyer ha puesto a Sudáfrica en el mapa de otro modo, si quieren más popular y accesible, y su obra, escrita en afrikáner -"Es mi idioma materno, bastante difícil ya es escribir como para hacerlo además en una lengua que no es la tuya", dice-, ha sido traducida ya a 25 idiomas.

Meyer reconoce sus deudas más claras con Hammett y Chandler, a quienes considera "padres" del género, aunque él ha estudiado a fondo la obra de autores como Ross McDonald o Jamie lee Burke. Y desconfía de la narrativa policíaca que surgió del frío escandinavo. "No han hecho nada que no estuviera ya inventado. Sólo han cambiado el escenario. Siguen los esquemas de los escritores británicos y americanos. Ni siquiera Larsson es original en eso, pues la novela negra de los países nórdicos ya existía mucho antes. Él sólo la hizo visible", zanja sobre aquella moda no tan pasajera.

El sudafricano es la voz del crimen en su país a medio hacer, un grito demasiado oscuro para Europa del que el escritor, sin embargo, habla con cautela: "Las ficciones son eso: ficciones. Y en ellas hay historias inventadas, por mucho que resulten verosímiles. Toda la novela negra es irreal, porque los crímenes son tan horrorosos que cualquier rastro de realidad en una historia espanta a los lectores. Mis novelas son, como mucho, ventanas muy pequeñas que dan un mundo muy amplio. Y además -contesta al ser preguntado por Sudáfrica como terreno fértil para el horror-, estas ventanas que yo abro son siempre de las zonas más oscuras de la sociedad". Es la lucha contra el tópico de un autor que se sabe, al fin, universal. Meyer mantiene que sus historias tratan acerca de seres humanos, que él intenta poner a sus personajes en situaciones extremas, indagando así en aquello que "puede hacer que un hombre bueno cometa actos atroces". Pero lo cierto es que, de no tomar distancias con su última obra, uno identificaría Sudáfrica entera -y el mundo, si me apuran, pues tiene mucho que decir en todo esto- con el Baltimore de David Simon o, peor, con el infierno de Dante, si sustituimos a Lemmer por el poeta italiano y a Emma por Virgilio. O al revés, no importa. El caso es que todo está hecho un asco y ni siquiera una justicia a destiempo hace digerible el trago. 


La novela negra ha resistido siempre a las embestidas de lo audiovisual, a priori un soporte mas adecuado para crear la atmósfera noir de un crimen. Primero fueron las películas, el cine negro -muchas veces escrito sobre novelas: todos han visto El halcón maltés, pero no tantos han leído la novela de Hammett- y ahora las series, con The Wire como ejemplo absoluto de la adaptación perfecta del género a las entregas televisivas. "Es fabulosa -opina Meyer-, y está muy bien escrita. Pero yo creo que las novelas siguen aportando algo especial".

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