viernes, 12 de octubre de 2012

El sinuoso camino de Dionisio Ridruejo




(Publicado en LA GACETA el 12/10/2012)

Un periodista le preguntó en 1957 por su deserción intelectual del Franquismo, tan estrepitosa y temprana. “Muchas veces me han interrogado buscando el suceso removedor (...) y no hay anécdota que valga”, zanjó. Dionisio Ridruejo, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 100 años, llamó “proceso” a su desencanto con un hombre, Franco, que había traicionado la causa joseantoniana, opinión que le trasladó por escrito en su ya célebre misiva de 1942: “La Falange gasta estérilmente su nombre y sus consignas amparando una obra generalmente ajena y adversa, perdiendo su eficacia”.

El cambio se dio en la Unión Soviética, adonde fue para redimirse, si bien vino debilitado, enfermo y con  una creciente afección sentimental por el pueblo y por la tierra rusa”. Comenzó entonces un periodo en el que fue odiado a izquierda y derecha, que es lo que les ocurre al final a los audaces. “No hizo otra cosa que equivocarse”, diría de él Camilo José Cela, que lo llamó, señalándole con el dedo, “ese desmedrado mozo”. Umbral contradijo al gallego con su habitual puntería: “Ridruejo fue siempre un ejemplo de coherencia moral e incoherencia vital (...). Pero no era él quien se equivocaba, sino el fascismo, como luego ha demostrado la historia”. Cela y Umbral, tan distintos, coincidían sin embargo al señalar el carácter ambivalente de nuestro homenajeado.

Ridruejo, antes de ser Dionisio –así le llamaban sus subordinados, desafiando la costumbre cuartelera de reclamar por el apellido– estudió Derecho y Periodismo, encendiendo primero su pluma en la escuela católica de El Debate. De su honestidad intelectual dan cuenta unas memorias inconclusas –desmedradas también–, una suerte de retazos de una vida agitada, oscilante y un tanto esquizoide. Como poeta fue primero lorquiano, partidario de la sensibilidad desatada de Juan Ramón, y luego puramente falangista, clásico, adepto al engrandecimiento de las grandes batallas, a la poesía como un modo de mover a los hombres. Pero sus versos nunca lograron conmover, quedándose a menudo en la fría perfección de un artefacto. Al primer Ridruejo corresponde su libro Plural; al segundo, Poesía en armas. "Fue un escritor discreto –según el catedrático de Literatura Española Javier Huerta–, mejor prosista que poeta. Lo más interesante de él es sin duda su figura, su ejemplo de fascista íntegro y valiente”.

El poeta fascista ideó el verso del Cara al sol –mayoritariamente atribuido a Foxá–, “Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz”, en el famoso encuentro en 1935 de la “escuadra de poetas de José Antonio” en el restaurante Or-Kon- Pon de Madrid, donde se puso letra al himno de la Falange. Allí fueron, convocados por el fundador, además de Ridruejo, que llegó a los postres, Pedro Mourlane Michelena, José María Alfaro, Foxá, Sánchez Mazas y Jacinto Miquelarena.

Con sólo 21 años el de Soria se había afiliado a la FE, sugestionado por la idea de aglutinar a las masas bajo un partido único, fascinación que quedaría sellada tras su visita a Múnich en 1936, de donde volvió  hipnotizado, como un alemán menesteroso más. De aquel viaje regresó gritando, “¡Aquello es grandioso! ¡Nosotros sólo jugamos!”, entusiasmo que trasladó inmediatamente a José Antonio, a quien dos años antes había estrechado la mano por primera vez, gracias a Foxá.

Andrés Trapiello recupera en Las armas y las letras la interesante rivalidad entre Ridruejo y Pemán,  también prohombre del régimen, gran orador como él pero en cierto modo antagónico. El andaluz, mucho más viejo, despertaba los recelos del falangismo de primera hora, en cuyos insolentes círculos se  ridiculizaban algunos versos sonrojantes del monárquico de Cádiz (“Como una flor en el aire/ como un vaso de cristal, soy español por alférez / y más... por provisional”). El mismo Ridruejo, director general de Propaganda desde 1938, recelaba de los “camisas viejas”, según cuenta en sus memorias, y se rodeó siempre de “falangistas nuevos y con antecedentes liberales”, dentro de lo liberal que uno podía ser entonces. Confió, entre otros, en Torrente Ballester, Laín Entralgo, Rosales, Montes o Luis Escobar para dirigir Destino, Vértice, Jerarquía, los teatros, la radio y supervisar los libros que se editaban. Muchos años después, Ridruejo diría que, paradójicamente, el de Propaganda “ fue el órgano menos sectario de cuantos se constituyeron durante la guerra”.

Ridruejo evitó el sectarismo y eso le llenó de dudas, pues rectificar era entonces interpretado como un atributo de la debilidad. Después de todo, se quedó sin ver el amanecer democrático, ya que al final el Caudillo, cuya mezquindad soportó sin hincar la rodilla, le sobrevivió por meses.

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