lunes, 27 de agosto de 2012

William Faulkner: un caballo flaco y hambriento


Publicado en LA GACETA en la serie Clásicos de verano

Cuando en 1932 Hemingway leyó un relato suyo por primera vez no tuvo ninguna duda. “Vas bien. Suenas como un buen jamelgo”, le dijo.

Un buen jamelgo, un caballo flaco y hambriento, un escritor a dentelladas. Cada novela de William Faulkner (New Albany, 1897-Byhalia, 1962), de cuya muerte se cumplieron 50 años el pasado viernes, es un mordisco en busca del origen del hombre moderno, un avance extraordinario hacia la literatura total.

Nacido en el seno de una familia blanca venida a menos, Faulkner dejó la escuela al cabo de cinco años, consiguió un empleo en el banco del abuelo y aprendió temprano el valor medicinal de su licor. Se alistó como piloto de la Royal Flying Corps en la Primera Guerra Mundial, acudió a la batalla y se estrelló. Regresó a Mississippi y luego otra vez a Francia, concretamente a París, donde se dejó crecer la barba mientras escribía unas diez novelas al mismo tiempo.

De la capital de Francia se llevó únicamente las Vanguardias, interpretándolas mejor que nadie, algo que logró, extraviado como estaba dentro de la deificada Generación Perdida, sin pagar el debido peaje a la señorona Gertrude Stein. Corría el año 1925 y un cuarto de siglo después ganaría el premio Nobel.

Faulkner vivió y después escribió, confirmando que es este el único recorrido posible para dotar de verosimilitud a las historias más increíbles. Tras visitar algunos de los lugares más bellos del planeta, hizo de la decadencia del Sur su musa, trazando el retrato perfecto de esas familias que, tras la abolición de la esclavitud, hubieron de reinventar su existencia y apuntalar sus mansiones, vender sus tierras y echar a andar tras el Dorado. Sobre ese caos de hogares ruinosos y elegantes vestidos hechos jirones, de caballos famélicos e insignias militares inservibles, edificó William Faulkner el más apasionante de los mundos imaginarios, el condado de Yoknapatawpha, un espacio partido en dos mitades, compuesto por 6.298 almas blancas y 9.313 negras.

El genio excesivo

Manirroto irredimible, prostituyó su prosa en Hollywood demasiado a menudo, pues cualquier guión de segunda fila pagaba mejor sus facturas que las casi siempre incomprendidas novelas que se empeñó en escribir. En su pueblo, donde ni siquiera conocían su oficio, fue local para ser universal. Allí siempre sería el chaval de los Falkner, el mismo que muchos años antes había perdido su trabajo en una estafeta de Correos por abrir y leer todas las cartas que llegaban y que vagaba de tajo en tajo perdiendo todo su tiempo en beber y escribir poemas mediocres. Y es que si se hubiese dedicado a ensalzar, como pretendió, los atavismos sureños en versos broncos como escupitajos hoy no estaríamos conmemorando el aniversario de la muerte del escritor más influyente del siglo pasado, un creador clave para todo lo que vendría después, desde el boom latinoamericano hasta la novela estadounidense de McCarthy y compañía.

Caballero sureño, dipsómano impenitente, hijo de una negra y un cocodrilo -según su propia metáfora de ese Sur esclavista y salvaje- y narrador irrepetible, Faulkner entregó su vida a la producción compulsiva de ficciones que partían de imágenes descorchadas de la realidad que luego introducía, casi siempre de una manera insensata, en páginas cuajadas de excesos.

Una exuberancia que aplicaba, desde su atalaya imaginaria de hombre rural y respetable, a cualquier aspecto de su vida. Cuenta Manuel Vicent en un perfil del escritor americano que un día fue invitado por John Kennedy a cenar a la Casa Blanca. Por la mesa del presidente ya habían pasado, entre otros, Norman Mailer, Saul Bellow y Arthur Miller. La contestación de Faulkner, mezcla de orgullo e irónica cortesía, es un buen testimonio de esa idiosincrasia sureña fuertemente condicionada por el descenso paulatino a la miseria de los que antaño dominaron: “Señor presidente: yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi casa de Rowan Oak, en Oxford, Mississippi”. Por supuesto, esa cena nunca se produjo.

El Antiguo Testamento, el Quijote y un whisky cada media hora fueron la trinidad perfecta de la que partió Faulkner para armar algunas obras maestras tales como El ruido y la furia, Mientras agonizo o ¡Absalón, Absalón!, pero en nuestra humilde opinión –y en la de Harold Bloom–, merecen un espacio en ese podio otras creaciones más desconocidas como Santuario o el par de cuentos de Las palmeras salvajes, estos últimos, a poder ser, en la impecable traducción de Borges. Como reivindicación de la espléndida Santuario, valga la carta que envió a su mujer tras haber escrito el inolvidable final de esa novela bella y terrible, con la ciudad de París al fondo, una misiva en la que confiesa estar “a punto de estallar” tras haber escrito “2.000 palabras perfectas sobre la muerte y los jardines de Luxemburgo”.

El tremendismo lírico de todos sus libros emociona y estremece, pues entre frases interminables que en ocasiones pueden demorarse varias páginas y que obligan una y otra vez a volver sobre lo andado, uno va naufragando en busca del hombre primitivo en una regresión inconsciente pero maravillosa, a medio camino entre la investigación académica y el pasmo. Y al final de todo, esa América cubierta de trigo y polvo, nacida a golpes de azadón sobre la tierra.



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