lunes, 13 de agosto de 2012

Scott Fitzgerald en una pompa de jabón


Publicado en LA GACETA (Clásicos de verano) el 13/08/2012

Antes de ponerse a escribir, Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, 1896-Hollywood, 1940) tuvo que haberse enamorado al menos cien veces. En sus historias se recogen todas las formas posibles de conocerse, citarse, quererse, destruirse y, por último, abandonarse. Son un tapiz del joven que se encapricha de la más guapa de la fiesta y, terminado el embrujo, ha de volver corriendo en busca de su generación. En el verano de 1918, el joven Francis, ya un apreciable escritor de relatos, perdió de vista a los de su hornada mientras hablaba en un aparte con Zelda Sayre, “la maravillosa Zelda”, una belleza sureña e intempestiva que se había presentado en la fiesta justo cuando la orquesta tocaba una canción muy popular que hablaba de un largo y difícil adiós.

El día en que se conocieron él le contó que había sido un chico normal en un barrio con gente cuya voz estaba llena de dinero. Eso debió de fascinar a Zelda, que acto seguido hizo las maletas y se fue con él. Entonces ambos decidieron vivir eternamente como dos debutantes, conscientes de que la madurez y la templanza llegan siempre cuando ya no sirven para nada. Se trataba de escupir dinero por la boca –una de las formas preferidas del derroche–, de echar temerarias carreras por envejecer; así que en ello se afanaban todos, mezclando irresponsablemente la vida con la literatura y la literatura con los sueños.

No ser un matrimonio al uso fue quizás la única promesa que Scott y Zelda se hicieron sobrios, pues la de no separarse jamás la pronunciaban cada noche, minutos antes de que ella se arrastrase por la pista y él se quedase dulcemente dormido en los torneados brazos de Ernest Hemingway, su protector.

Se convencieron de que estarían juntos hasta la muerte, pero ambos eso lo consideraban un fracaso, pues sabían que era lo que les quedaba de un mundo que no fue inevitablemente suyo, tal y como habían intuido de jóvenes. Ese desencanto fue el propulsor definitivo de toda la obra de Scott Fitzgerald, que ya casi al final, con Suave es la noche, hubo de subordinar su vitalismo a esa decepción, tejiendo una suerte de panegírico del desastre. Darse cuenta de que el mundo no le pertenecía hizo que se burlara muy en serio del éxito por el éxito, adorando el presente como única verdad, un presente tan fugaz como la copa de Martini seco que precede al desmayo definitivo. Si algo le debemos al autor de El gran Gatsby es su escandalosa habilidad para transformar esa euforia ligera y momentánea, cura perpetua de los malditos y metáfora de la felicidad de entreguerras, en tema único de sus ficciones, haciendo perdurable además algo tan hermoso e inaprensible como el sueño americano.

Jay Gatsby, Amory Blaine o Dick Diver fueron sólo piezas de algo superior cuyas motivaciones estaban pervertidas por un mundo ligero que parecía flotar con la liviandad de una pompa de jabón. Que después de aquello no había nada es la lección que sacamos de un escritor al que afearon lo unívoco de su literatura cuando quizás fuera ese el único camino posible para legar su obra a la posteridad.

Scott le ganó a su esposa la carrera hacia la muerte y poco después ella, cuando era ya una sombra de sí misma, un fantasma diluido por la esquizofrenia, definió mejor que nadie en qué había consistido el éxito de su marido: “Supo dramatizar la desesperanza y la pena de una época, logrando, gracias a un valor trágico, una nueva razón de ser”. Tras poner sobre el papel ese agudo comentario, la extraordinaria Zelda se fue al cementerio y desgastó sus zapatos de tacón bailando una famosa canción de la época sobre la tumba de su esposo muerto. Poco tiempo después, saldría a la luz una carta en la que Fitzgerald confesaba que sólo había sido feliz el momento previo a estar demasiado borracho, pues después, como por arte de magia, perdía invariablemente el conocimiento.

Si de lo que se trata aquí es de recomendar una lectura agradable para este cuarto verano de la crisis, tomemos sus cuentos, sobre todo los primeros, reunidos en Flappers y filósofos, pues están escritos con la insolencia de un joven que, sin haber cumplido todavía el cuarto de siglo, aún cree en la necesidad de entregarse a la consecución de la gloria.

Además de estos relatos –son inolvidables El pirata de la costa o Berenice se corta el pelo–, Scott Fitzgerald, superdotado para la literatura, quizás el mayor talento bruto de todo el siglo XX, tejió en sus comienzos algunas de sus obras maestras menos celebradas, como A este lado del paraíso y la novela corta Primero de mayo (S.O.S.), tal vez el mejor relato escrito nunca sobre una sociedad que rió por encima de sus posibilidades.

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