lunes, 27 de agosto de 2012

Ernest Hemingway o el chasis de la escritura


Publicado en LA GACETA en la serie Clásicos de verano.

Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899 – Ketchum, Idaho, 1961) se voló los sesos una mañana clara de julio sólo para rematar con un final heroico la epopeya de su vida. Borges, malvado, diría después que se había suicidado el día en que descubrió que era un mal escritor, lo cual es una boutade como otra cualquiera, aunque lo cierto es que inauguró la moda de cuestionar al autor de Fiesta. Al argentino, sin embargo, no le creemos por la sencilla razón de que para decir lo que dijo tiene uno que haberse leído las novelas de Hemingway y es sabido que Borges no leía novelas.

Es evidente que Hemingway nunca desaparecerá bajo el polvo de los años, ya que, al tiempo que producía ficciones, se empeñaba, casi con el mismo ahínco, en asegurarse un sillón mullido en el Parnaso. Y no importan sus libros, ni siquiera que escribiese esa obra maestra llamada El viejo y el mar mientras holgaba su cuerpo atlético en la terraza del Ambos Mundos; y todo porque su efigie barbada, esculpida a fuerza de puñetazos de buena fortuna, no es buscada hoy por sus lectores, sino por los admiradores de un hombre de acción con graves problemas de escritura.

Su vida de novela, a lo largo de la cual se desempeñó en las osadías más insospechadas, hizo que lo rodeara siempre la leyenda de la imbatibilidad. Entre 1921 y 1926 vivió en París, ciudad mucho más ornamentada que sus textos, y abrevó cada día en el café del hotel Ritz, en la terraza del Flore o en Les Deux Magots, en La Closerie des Lilas y en La Coupole. Al fondo de cada uno de esos locales gruñía el viejo Ernest y nos lo imaginábamos todos tal y como lo trazó Woody Allen en Midnight in Paris, abjurando de la falta de sinceridad en las novelas y del carácter pernicioso de beber en compañía.

Con una de las cuatro mujeres de su vida se instaló a principios de los treinta en Cuba. Allí se quedaría 20 años alargando su leyenda, acodado en la barra del Floridita, garito al que llegaba cada mediodía tras subir esquivando trovadores por la calle Obispo, una vía que cualquier viajero en La Habana ha de recorrer al menos cien veces. Todas las tardes, con esa ebriedad taimada que facilita el Caribe, escribía en alguna terraza de la Habana Vieja, desde donde aún hoy se puede dibujar, mientras uno bebe una cerveza Hatuey bien fría, exactamente el mismo perfil habanero que veía Hemingway ocho décadas atrás.

Aunque en vida se impusiera a casi todos, para amar hoy a este escritor a caballo entre el ring y la botella sólo existen dos caminos: haberlo leído entero o no haber leído ni una sola obra suya; así de excesiva ha de ser su visita. El que opte por lo primero saldrá convencido de su altura, puesto que incluso en sus novelas, algunas de ellas tan eternas que se hace imposible acabarlas, uno percibe una maestría tan difusa como incuestionable. Su estilo es una mezcla de la teoría del iceberg –contar más o menos un tercio de la historia, dejando en manos del lector la tarea de imaginar el resto–, un fraseo corto y directo y un uso deliberado, lindante a veces con la infantilización, de la parataxis. Salvando las lógicas distancias, aquí tuvimos a Azorín, que fue un autor igual de austero y observador pero lastrado, al igual que el viejo Hemingway, por una incapacidad manifiesta para construir largas historias.

Hombres de piedra

En los relatos del americano, si alguien muere, no se dice por qué, y si alguien mata, no se sabe el móvil. Por eso sus páginas suelen dejar un poso extraño que es, al final, lo que uno le pide a la literatura. Los héroes de Hemingway son rudos pero sensibles, aparentemente simples. El autor captaba el sufrimiento humano al vuelo, inscribiéndolo en los ojos quemados de un viejo, en el alma de un boxeador que sabe que nunca volverá a ganar una pelea o en la tranquilidad de un hombre que es consciente de su muerte y la espera como el que espera tranquilo una cita en el médico. Toda su obra es una apología del tesón y un homenaje al hombre que desprecia el sufrimiento, que se expone a él convencido de que sólo la muerte podrá sobreponerse a su éxito.

Su idea de la épica entroncó enseguida con su deporte favorito, el boxeo, quizás la última estación heroica y violenta que sobrevivió al rodillo alfombrado de la posmodernidad, que prescribe deportes naïf cuyos participantes han de ser siempre físicamente superiores al juego. En la lona, como en la arena ardiente de un coso taurino, el final es impredecible y supera al hombre y por eso merece ser contado. Hemingway lo consiguió; eso sí, a costa de dejar la literatura en el chasis.



No hay comentarios:

Publicar un comentario