lunes, 30 de julio de 2012

Virginia Woolf: un nuevo poema sobre el mar


Publicado en LA GACETA (Clásicos de verano) el 30/07/2012

Con una herencia vitalicia de 500 libras al año, Virginia Woolf (Londres, 25 de enero de 1882–Lewes, Sussex, 28 de marzo de 1941) fue durante algún tiempo la mujer más feliz sobre la tierra. Bebía un vaso de vino y la vida le parecía estupenda, dulcísimas sus recompensas y triviales las rencillas y los agravios.
Aquella paga sobrevenida la retiró del trabajo y permitió que, durante buena parte de su vida, observase, escribiese y fuese dichosa, lo cual no obstante hubo de ser interrumpido a menudo por una mente enferma que soportó en compañía de su marido, Leonard Woolf, a quien envió, cuando ya planeaba su suicidio, una emotiva carta de disculpas: “Nada queda en mí salvo la certidumbre de tu bondad”, le dijo. Horas después caminaría con calma sobre el río Ouse con un puñado de piedras en cada bolsillo.
Esta muerte lacónica y sosegada ya había recorrido obsesivamente sus novelas, obras que suelen terminar al tiempo que la vida. Así en Las olas, la triste e insegura Susan dice: “Comeré hierba, me moriré en una zanja de agua oscura en la que se pudran las hojas muertas”.

A menudo fue infravalorada y eso la hundió lentamente, pues jamás tuvo la certeza de no haber perdido el tren de su arte. En sus diarios, por ejemplo, descubrimos a una principiante profundamente insegura, destrozada por las burlas que solían provocar sus novelas en los ambientes literarios masculinos y por las absurdas prohibiciones que tenían que soportar las damas de su tiempo. En su famoso alegato feminista titulado Una habitación propia, concluye, tras un repaso exhaustivo de la historia, que “las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural”.

Este librito, de apenas 150 páginas, trata con sensatez el asunto de la desigualdad y eso lo convierte en el manifiesto a favor de las mujeres más convincente que se haya escrito nunca. Entonces, Woolf, ya una escritora madura, defendió con vehemencia los valores diferenciales de la mujer, abogando por una convivencia plácida entre lo que de femenino y masculino tiene el mundo: “Sería una lástima tremenda que las mujeres escribieran como los hombres o vivieran como ellos, o se parecieran a ellos, pues si dos sexos no bastan para abarcar la inmensidad y la variedad del mundo, ¿cómo podríamos arreglárnoslas con uno solo? ¿No debería la educación sacar a la luz y fortalecer las diferencias en lugar de las semejanzas?”.

Pero más allá de la doctrina y de la pericia que la autora demuestra para emular las técnicas ensayísticas a lo Montaigne, es maravillosa la lucidez que estalla bajo el negro manto de la locura cuando aún esta no es irreversible, estadio que ella evitó quitándose la vida con premura, ahorrando de este modo a quienes la despreciaron su imagen de cadáver babeante.

Bloomsbury

Virginia Woolf acabó casándose con Leonard, un hombre amable y abnegado, un compañero al servicio de sus bandazos y dispuesto a claudicar, él que era también escritor, ante su portentoso talento para la literatura. Junto con el hermano de ella, ambos fundaron el Círculo de Bloomsbury, una estrafalaria forma de mezclar el arte con la literatura y la economía con la antropología. Allí pontificó John Maynard Keynes y divagó Bertrand Russell, quien solía sentarse en una silla mientras las mujeres de la banda extendían sus vaporosos vestidos blancos sobre el césped del jardín.

Las excentricidades del grupo espantaron pronto a los cuerdos, pero es que por cuerdos pasaban entonces tipos como Gerald Brenan, que caminó en solitario hasta las Alpujarras para vivir allí más de una década.

En su búsqueda de ese cuarto propio, la escritora, entre conatos suicidas y un buen número de prodigios literarios, adivinó que todo podía evolucionar, incluso aquel puñado de hierba; las mariposas, los árboles o el mismo sonido de las olas eran fenómenos vivos con un sinfín de matices. Pero esa acabó siendo también su desgracia, la maldición de quien, con una capacidad de observación privilegiada, sufre de un modo cruel la esquizofrenia de ver el mundo en movimiento. Murió atropellada por la locura, pero la locura fue también el motor de su genio.

En uno de los soliloquios de Las olas, Bernard, un escritor obsesionado con las frases ridículas, extravagantes y hermosas que componen los cuentos, dice estar convencido de que el ritmo es lo más importante en la escritura; el ritmo y la transformación de la realidad en algo que funcione, que se mueva. El sinuoso y fluido compás de Virginia Woolf lo encontramos en su frases de ida y vuelta, que remiten al vaivén de los mares incluso en su traducción al castellano.

Para no sucumbir a esa prosa bucólica y sutil, el lector ha de abandonarse a ese oleaje y leer imitando la mirada del niño que ve por primera vez la costa, tratando de localizar la imagen de la que partió la autora, pues bajo la aparente complejidad del libro –que en cuanto a estructura no es tal: se trata simplemente de una sucesión de monólogos de seis personajes que empujan hacia delante la historia de un regreso y que van intercalándose con la descripción poética del trayecto diario del sol sobre la tierra– hay un deseo evidente de desnudar el mundo para mostrarlo tal y como es, de un modo plástico que lo simplifique.

En los amaneceres de Virginia Woolf asistimos a la eclosión de un universo demasiado hermoso que, paradójicamente, merece ser abandonado por su carácter efímero, pues el despuntar del día no anuncia sino la cercanía de un nuevo crepúsculo, momento en que las sombras volverán a alargarse sobre la playa y la negrura se irá haciendo más profunda. Ese es su gran tema literario amén de su obsesión vital. Cuando cae la noche, sus historias adquieren súbitamente un tono lúgubre y pesimista, como advertimos en el siguiente pasaje: “Elevándose, la oscuridad se movía por las laderas de la montaña desnuda y se reunía con los pináculos agujereados y erosionados de las montañas donde se aloja la nieve eterna en la roca dura, incluso cuando los valles están llenos de arroyos y de hojas amarillas de la vid, y las niñas, sentadas en las galerías, miran hacia la nieve, ocultando los ojos con los abanicos. También a ellas las cubrió la oscuridad.”

Nuestra escritora creía que el verdadero culto a la vida era precisamente esa oscuridad, lo que ella misma llamó el “aislamiento de la muerte”, una obsesión que la atormentaba tras cada recaída. Y lo sufría mirando al techo de su habitación, anotando minuciosamente la sucesión de amaneceres y ocasos por los que se despeñó su alegre pero desdichada existencia.




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