martes, 17 de julio de 2012

Julio Cortázar y el enigma de la Maga



Publicado en LA GACETA (Clásicos del verano) el 16/07/2012


Un libro de verano, descartado el entretenimiento insípido a lo Reader´s digest, ha de ser un elogio del desorden y la vida disipada, contener a ser posible una historia que nos guíe a base de metáforas brillantes y sonoras y nos arrulle con una prosa rítmica y natural que amortigüe el lacrimoso tabarrón playero.

Rayuela es perfecta por todo esto, claro, pero es que además su autor, un argentino afrancesado que prefirió arrastrar las erres a comulgar con la caspa peronista, logró estampar en cada frase un estado distinto del alma, pariendo una miríada de aforismos íntimos que provocaron que, sin ser una novela difícil -aunque sí revolucionaria-, generase más fans enloquecidos que lectores, elevando a su creador a la categoría de mito.

Mundo mágico

Pero a Julio Cortázar (Ixelles, 26 de agosto de 1914-París, 12 de febrero de 1984), más allá de ese halo mítico que lo rodeó hasta su muerte, siempre le agradeceremos que nos presentase a Lucía, la Maga, una joven fascinante que discurría atolondrada por la vida, rompiendo los puentes con solo cruzarlos, temblorosa como el reflejo de una luna en el agua.
 
Al comienzo del libro, Oliveira se pregunta si encontrará a la Maga y comienzan a sonar las trompetas a orillas del Sena. Después echa a andar sin buscar a su amante, pero sabiendo que anda para encontrarla y serpentea por entre los callejones del Barrio Latino, mecido por Louis Amstrong, Thelonius Monk y Charlie Parker.

Tras unas horas, nuestro perseguidor choca con ella, justamente donde no esperaba verla cuando decidió cambiar de ruta, y entonces recuerda cómo empezó todo, cómo un día se sentaron en un café y, entre dos medias lunas, la Maga le contó la mitad de su vida. Cortázar diría años después que pasear por París, andar sin un rumbo fijo, de noche, era lo único que lo sacaba del mundo ordinario, situándolo en una situación “privilegiada”, que dirían los surrealistas. “Caminar por esa ciudad -decía- significa avanzar hacia mí, algo imposible de explicar con palabras”.

Paseante universal y algo maniático, Cortázar venía a Madrid y, tras largas noches de borrachera en el Whisky Jazz junto a su amigo Félix Grande, recorría arriba y abajo el paseo de la Castellana, apurando lentamente los últimos pitillos antes del alba.

Elogio de la inacción

Desde luego no era verano, pero se trataba de no hacer nada que no quisieran porque “creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara". Hablamos de una libertad absoluta e inalcanzable, solo asequible gracias a la Maga, al "mundo-Maga", que nos hizo desear a los lectores una libertad caótica y un poco oscura, pues ansiábamos que las tardes se nos fueran escuchando a Haydn y cebando mate, bebiendo café sucio con las persianas echadas, aunque el sol estuviese fuera abrasando las aceras de un París imaginario. Por eso Rayuela no es una novela utópica, sino la articulación de una nostalgia, de un deseo perpetuo de volver a ser felices.

El Club de la Serpiente, con Wong y Gregorovius, con Roland y Babs, era una comunidad en pequeño, como la de la Autopista del Sur, con su autogestión y sus traiciones. Pero ese pedazo de verosimilitud en medio del caos siempre quedaba anulado por la imaginación de la Maga, que llevó su fantasía hasta el punto de llamar a su hijo Rocamadour. Oliveira y la Maga queriéndose y peleándose y todo esto al margen de los periódicos, alejados de “cualquier forma de gravamen fiscal o moral”. Y al final de todo, confiesa él, la contradicción de saber que jamás estaría tan cerca de su libertad como en los días en que estuvo acorralado por esa mujer a la que despreciaba íntimamente, pues sabía que lo suyo era, como decía Jardiel Poncela, un amor de 2.000 metros. “Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente”, dice Oliveira al cabo de unos cuantos meses.

En la voz de Oliveira buscábamos obsesivamente al mismo Cortázar, aunque hubiésemos de consultar una y otra vez los anaqueles para seguir sus disertaciones artísticas y sus disputas sobre los objetivos absolutos del trabajo creativo. El arte popular, sin embargo, tiene tal presencia en la obra, en su tempo, que en lo que dura un capítulo podemos escuchar la misma canción que suena en el tocadiscos del Club. Como en el trece, cuyo principal motivo, el tema don´t play me cheap, es desmenuzado en pequeñas edicioneimágenes de negros con los carrillos hinchados y coristas moviéndose al ritmo del bebop.

A veces imaginábamos a este argentino lento y angosto, peculiarísimo, sentado en una esquina de la habitación de los dos amantes, apuntando en su libreta con un aire a esos clochards moribundos en cuyas bocas colocaba él sentencias como aquella que invitaba a dejarse llevar por los signos de la noche. Cortázar pudo ser Oliveira o Morelli pero lo que parece seguro es que la Maga era Edith Aron, compañera del escritor durante aquellos años de lecturas y mate en un apartamento de la rue Martel. Luego Edith, dolida por unas traducciones suyas que acabarían siendo vetadas por Cortázar, lo acusaría de traición. Pero esa sería una de las pocas mujeres que pudo odiarle, porque incluso Aurora Bernárdez, su despechada primera esposa, volvería a su lado las últimas horas, cuando él se moría de pena por la pérdida de Carol Dunlop, el que siempre sería su gran amor.

Este escritor fanático del boxeo, el arte moderno, la música y el tabaco, este asombroso intelectual que trató de entender el mundo yendo al Louvre cada tarde durante su primer medio año en París, perdió la noción del tiempo escribiendo el final de Rayuela, sea este el que sea.

Fueron unas semanas en las que cada poco entraba su pareja en el cuarto a levantar las persianas y darle un tazón de leche caliente, solo leche y algún dulce recién hecho, quizás para que viviese, al menos hasta terminar su obra maestra, en el sueño de un París mítico que oliese siempre a croissants.

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