jueves, 5 de julio de 2012

Alberto Gordo: El libro que leería durante la película que no puedo perderme





Al igual que Jay Gatsby, Amory Blaine tenía un sueño. O, por decirlo a la manera de Nick Carraway, una concepción platónica de sí mismo. Nacer, crecer, triunfar y tirar el dinero al aire mientras suena Cole Porter y las parejas bailan hasta el amanecer. La historia de Amory, hijo de Beatrice, comienza como la de cualquier vástago de la bonanza. “Su padre, un caballero inútil y desgarbado que unía la afición a Byron con la costumbre de dormitar sobre la Enciclopedia Británica, se hizo rico a los treinta años gracias a la muerte de sus dos hermanos mayores, afortunados agentes de bolsa en Chicago”. El mimado Amory creció y se fue a Princeton, decidido a desplegar todo su talento, soñando con engañar a una chica guapa cada noche pero convencido de que su destino era casarse con la menos conveniente. El desarrollo de Amory, personaje principal de A este lado del Paraíso (1920), la primera novela de Francis Scott Fitzgerald, es el camino hacia el más estrepitoso de los fracasos, que no es sino el fracaso vital, el relato del efímero sueño americano que, antes de convertirse en tópico, se enquistó en la mente de los humildes gracias, entre otras cosas, a las frases vagamente poéticas de este autor superdotado, creador del último gran mito popular y bendito culpable de su perpetua resistencia a morir.

Me acordé de Amory —pero también de Gatsby y del propio Fitzgerald y de Zelda Sayre— el otro día, cuando leía el macabro baile final de Meridiano de sangre: “Su cráneo luce pálido bajo las lámparas y luego gira y gira y se apodera de uno de los violines y hace una pirueta y luego un paso, dos pasos, bailando y tocando. Sus pies son ágiles y ligeros. Él nunca duerme. Dice que no morirá nunca. Baila a la luz y a la sombra y es el favorito de todos”. Todo el que haya leído la novela de McCarthy sabrá que nada tiene que ver con el dinamismo, el color y la melancólica alegría de las narraciones de Fitzgerald, pero en ese final, en ese seguir bailando después de que se apague la música, cuando todo se derrumba, veo yo lo que de modo brillante representó en cada una de sus obras el autor de Suave es la noche.


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