lunes, 11 de junio de 2012

Leopoldo María Panero


En la mirada de Leopoldo María Panero está toda la extemporaneidad que acusa el verdadero artista romántico. En él, esta desubicación poética es la de un hombre que, obligado a vivir en verso, convirtió su vida en un puro acto literario. La locura, que debería ser anecdótica para todo aquel que es capaz de ganarse la vida en lo suyo, en él ha engullido al personaje, convirtiéndolo en eso: un personaje, pero también condenándole a vivir en un permanente aullido que es hoy risa nerviosa y descolocada que epata a las viejas precisamente por no tener ni un ápice de lirismo.

A Leopoldo María Panero, “esa tortuga”, lo conocí el sábado pasado en la Feria del Libro. Allí me dijo, echándome el humo de un cigarro que luego aplastaría contra el cenicero manchándose las manos de ceniza, que su nombre estaba en las listas del PC. A Luis, que iba conmigo, le pidió por favor que le regalara su antología de cuentos, apuntalando su excentricidad con un tirabuzón desconcertante que culminó proclamando que son los relatos cortos lo mejor de su obra.

-Ahí hay uno que empieza así-dijo Leopoldo, arrastrando las silabas como preámbulo al acelerón que daría inmediatamente a su discurso-: “Cuando era niño, un día quise matar a Dios..."

Su entonación, literaria y un tanto ridícula, heredada sin duda de la maravillosa Felicidad -su madre- es propia de alguien que se ha pasado la vida recitando en voz alta, lo cual, según en qué pueblos, puede ser un síntoma evidente de la locura. A Leopoldo es muy difícil entenderle más de cuatro o cinco palabras seguidas, y él lo sabe y por eso no te mira. No espera de ti una reacción, en realidad no le importa en exceso ser escuchado, y eso es un alivio. Como mucho posa sus ojos en los tuyos proyectando en ellos frases que le vienen directamente de cuando era joven. Y recita a Mallarmé y al resto de franceses y también a él mismo, todo de una manera absurda, pues su obra le sigue revoloteando en la cabeza con incoherencia. Luego acaba su cuento o su poema y ríe con energía, enseñando su par de dientes morados entre los cuales coloca un cigarro que absorbe a cada calada, metiéndose en la boca el filtro para devolverlo mojado después, cuando el humo viaja de su cuello a sus pulmones, acto que el viejo poeta adereza con un gran trago de Coca-Cola Light.

Se queja de sus fotos, pues no se gusta. En ellas sale ladeado y con cara de politoxicómano, asimétrico como solo pueden serlo quienes han dormido media vida con la cara sobre un suelo de baldosas blancas. Se le cae la baba y se limpia en un polo que le hace una curva rarísima sobre su tripa de niño pobre. Es el anverso de su joroba, una especie de deformación sobre la que parece soportar, heroico, todo el peso de su malditismo.

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