miércoles, 6 de junio de 2012

Camino del Sur

De William Faulkner (25 de septiembre de 1897 – 6 de julio de 1962) lo primero que leí fue Santuario. Recuerdo que estaba en la Facultad, en segundo o tercero de Periodismo, y cogí ese libro sin saber muy bien qué hacía, porque entonces pensaba mucho en América, sobre todo en los estados del sur, donde —me parece a mí— existe un calor primitivo que apelmaza las neuronas, una atmósfera clara de ignorancia ancestral que sobrevuela los campos, yermos, amarillos y extrañamente silenciosos.

Toda historia sureña evoca una tierra hundida, insonorizada por la soledad sonora de la que hablaba el poeta. Son regiones en cuya vastedad, inabarcable y luminosa, se penetra abriendo el plano, desde la distancia. A mí todo eso —las partículas que se pegan a la garganta, el calor terrorista que impide vivir al mediodía— me atrajo desde que llegué a Madrid, ciudad que aprisiona pero libera, como me atraen ahora los paseos por el campo.

En el Sur, de El Paso a Miajadas (Bajadoz), de Misisipi a Camas (Sevilla), el aire se percibe de otro modo. Uno, que de Toledo hacia abajo solo ha ido a emborracharse, lo sabe todo de ellos por los libros, la televisión y las colas de las discotecas de Madrid, porque hacerse amigo de un andaluz implica un pacto social inevitable, un quedar a medio camino como de espíritu de la Transición en ese lugar, Madrid, adonde van a parar todos los desarraigados. La capital es el único modo de ligarse a una andaluza, porque allí, en su tierra, a quien te ligas es a Andalucía entera, para llorar después como Juan Ramón con los amaneceres. Por Andalucía caímos, desagüe de belleza eterna, leyendo al 27 y ahora ya solo podemos recordarla y releerla, porque atravesar Despeñaperros hoy es entenderte a gritos entre extranjeros y canis.

De la Andalucía clara de Lorca ya solo queda la Guardia Civil.

Entre los cavones secos e inertes del sur —y he aquí el carácter literario de toda una tierra— se arrastra, poniéndose perdida de polvo, la certeza misma del asesinato. Y esto ya es serio. ¿Quién no se ha imaginado nunca a un jabalí encabritado surgiendo por entre los olivares de Jaén con la potencia de un ñu, directo a nosotros, pilotos de un coche acatarrado con el aire acondicionado a tope, temerosos de ser embestidos por el animal, la muerte, el sur en tremenda venganza contra la industrialización rampante del norte? En cada gasolinera extremeña, como en las de Yoknapatawpha, hay un psicópata absoluto dispuesto a todo menos a enamorarse y los extremeños, poseedores de un don universal, deben de ser muy parecidos a los tejanos.



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