jueves, 26 de enero de 2012

Guillermo Cabrera Infante: el juego es el jugo




Si encuentras anglicismos, corrector de pruebas que no apruebas, no los toques: así es mi prosa. Déjenlos ahí quietos en la página. No los muevan, que no se muevan. Después de todo, está narración está escrita en Inglaterra, donde he vivido más de treinta años. Una vida, como diría mi tocayo Guy de Maupassant, en passant. De mot passant (La ninfa inconstante)

Mi obsesión con Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 22 de abril de 1929 — Londres, 21 de febrero de 2005) nació de la lectura de un librito ligero y cotilla de esos que escribe Juan Cruz de vez en cuando. Entre loas más o menos descaradas a sus autores de juventud, el ex editor de Santillana nos recomendaba como condición indispensable para la vida la lectura de Rayuela y de Tres Tristes Tigres (TTT), lo cual iba muy en su línea editorial, eminentemente hispanoamericana. Uno, que a Cortázar ya lo tenía aprendido, se tiró a las librerías a por la edición más barata que hubiese de TTT, que resultó ser una de Seix Barral, presto a descubrir, con pueril inconsistencia, lo que en su día había moldeado el alma del singular comentarista cultural canario. Recuerdo que mientras leía a Cabrera viví algo parecido a una conmoción; estuve un año entero leyéndolo solo a él, como un adolescente enamorado, soñando estúpidamente con sus paronomasias y aliteraciones hasta llegar a intentar colarlas, para desesperación de mi jefa, en los artículos económicos que escribía entonces.

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