sábado, 14 de enero de 2012

Franco visto por Umbral

                                                                                 Franco y Millán Astray recitan a Foxá

                                                                                               Francisco Umbral
Leyenda del César Visionario
Francisco Umbral
Seix Barral, 1991


No hay mujeres, solo putas y novicias que son putas, y putas que quieren ser monjas. No hay hombres, sino muñecos cuyos cerebros han sido devastados por una estética fabulosa, la de los totalitarismos europeos, hueca de ideas y personas. Hay un Caudillo, mezquino e incapaz, y un grupo de nostálgicos de José Antonio, el de la tertulia de los falangistas liberales, ese contradiós conceptuoso.

En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte.

El Ausente viene a representar aquello que le falta al César, incluidas belleza y frescura. Se sienta a la mesa con los falangistas de primera hora, los laínes y ridruejos (Franco tiende a pluralizar determinados apellidos peyorativamente: los aznares, los laínes), que quieren teorizar sobre la Raza a partir de una guerra dirigida por un personaje ridículo, ni siquiera un estadista más allá del facilón divide y vencerás, sin ningún plan que no sea el de retrasar la entrada en Madrid para limpiar a fondo España.

-La limpieza se hace mejor en la guerra que en la paz.

Y mientras tanto, en su locura africana y medieval, Franco aplaca el mito del Ausente (que se aparece en los campos castellanos, camisa negra raída y ligereza adolescente) y silencia el caso Mola, a quien mataría sino fuera cierta su muerte.

El fascismo no es sino la reconversión épica de la mediocridad general de las clases medias, los funcionarios y los abogadillos, con protagonismo individual (o así lo parece) para cada uno, siempre dentro de la explicada estética de las multitudes.

De los fascismos europeos –Hitler, Mussolini- sólo la anulación del Yo le atrae a Franco. El resto le repugna, no cree en las grandes concentraciones si estas no son espontaneas alrededor de una plaza donde él, sencillo, saldrá meneando blanda su mano en el balcón del Ayuntamiento, para sentarse después en el sillón del alcalde, fusilado días antes por rojo.

No le gustan los partidos, pero accede finalmente a formar uno, el único (Iglesia, Ejército, Falange, Monarquía) y coloca allí a los mediocres, los asegundados, caídos ya en desgracia los de la tertulia liberal, que no republicana, pues esos ya fueron fusilados, sus cabezas coronando las picotas, clavadas en palos cubiertos de sangre.

-Serrano, Laín, Rosales, Ridruejo, Vivanco, Foxá y los otros se reúnen más que nunca, y beben más que nunca, en el Novelty, hasta el alba. Serrano y Ridruejo ya están fraguando su dimisión. Laín es más cobarde y, tan bizarro, anda como agachado por dentro.

Torrente Ballester anda distraído y esperanzado con la vuelta de los teatros después de la Victoria. Ridruejo y los demás, escribe Umbral, destacan en el vacío que ha dejado la huida y el exilio de los de la Generación del 27. Bueno, Ridruejo no, pero sí el impresor fascista Giménez Caballero, chivato y mal poeta, escritorzuelo con pretensiones.

-Ortega y Marañón son ilustres porque se lo llaman a sí mismos –dice el Caudillo.

Por eso, venga D´Ors, que escribe en los cafés pequeñas hagiografías que comienzan barrocas y se extienden insufribles por los periódicos nacionales, dedicadas a los popes del Movimiento, a gente como Eugenio Montes (Tiene la calidad de alfil blanco en una ajedrez intacto de marfil) y al mismísimo Franco, quien, según Foxá, no la entendió y tuvo que llamar a D´Ors para que se la explicase.

La glosa a Franco comenzaba así:

¿Llegarán a olvidarse episodios, sentimientos, nombres mantenidos en dramática rivalidad durante años y que, al estallar, se pudieran creer clavados para siempre en el alma colectiva como en la individual? 

Hay en la novela de Umbral un falangista maricón, Víctor, que solo se atreve a besar a su efebo cuando este yace a sus pies con un tiro en la nuca. Lo mató para besarle.

Y beso a beso, el autor va descendiendo hasta ese sexo sórdido que tanto le molesta a Pérez-Reverte.

-Qué puta me has salido, novicia.

-Y te diré una cosa, eso de fornicar con un hombre sucio, lleno de piojos y de mierda, sin afeitar, es como tirarse a un santo. A la hora de follar ya no distingo entre los santos y los presos. Yo diría que tenemos todo el santoral ahí abajo, en vivo. Aquello, tú ya lo has visto, sí que es el Año Cristiano.

Y así, los jóvenes fornifollan y se mordisquean como locos, en los sótanos y en las despensas, en las celdas de los monasterios.

Franco:

-De una vez por todas, Ramón. Yo no soy fascista.

Y no lo era. Era franquista, militarista, vagamente borbónico y un poco cursi.

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