miércoles, 28 de diciembre de 2011

Carla Antonelli

Andaba ayer feliz en Twitter dándomelas de intelectual, colgando un frase de Umbral por aquí, otra de Azorín por allá, cuando topé con una manifa, que en Internet es un pásalo hasta la extenuación.
La marcha la encabezaba Carla Antonelli, ese transexual del PSOE azote de la discriminación, ahora en pie de guerra contra los libros que llaman a lo suyo enfermedad. Extendía la activista un 'tuit' en el que pedía que se retirase de El Corte Inglés un tomete vergonzante firmado por un seguidor de Aquilino Polaino. Convencido de convencerla, le dije a Carla, en primer lugar, que a mí lo que cada uno hiciese en su alcoba no me importaba en absoluto, menos aún estaba por la labor de decir quién se puede casar y quién no. Pero, henchido por mis recientes lecturas libertarias, le escribí que por la censura no pasaba y que me preocupaba que ella, política, la defendiese tan a las claras, más aún sin haberse leído el libro en cuestión. Porque, pensándolo bien, al menos los del rodillo franquista hacían el intento y, aunque no entendiesen nada, tenían esa deferencia hacia el autor antes de mandar las galeradas a la hoguera.
Cuando Carla me ubicó en LA GACETA debió de sentir algo así como un ataque, que se puso a retuitear lo que yo decía, a comentarlo con sus colegas y a repetir la palabra Intereconomía con más pasión que esas fans de El Gato al Agua que pasean cada noche sus pelucas por el Plató. Yo, mientras eso se convertía en un gang bang violento, desgranaba enloquecido mi ideario vital en mensajes de 140 caracteres, lo cual no es nada fácil.
De verdad que hay que hacer un cursillo para hablar con esta gente, porque el que pensé que sería el argumento definitivo, el sofisma que los desarmaría, no hizo sino encender aún más sus críticas y, lo que es peor, arrancar sus carcajadas. "Yo tengo muchos amigos gais", escribí con ese cosquilleo que precede a la frase perfecta. "Y no creo que estén enfermos. Además lo son de toda la vida". Después le dí al Enter en un acto que ahora percibo meridiano como una metáfora de la caída al abismo. A los dos minutos me lo habían retuiteado veinte homosexuales imsomnes, algunos de ellos imagino que borrachos por las horas que eran, y la etiqueta #ridículo caminaba decidida al Trending Topic mundial. Por lo visto, me dijeron entre insultos, era eso lo que decíamos todos los homófobos, la base de nuestro argumentario homofóbico, el homofobismo más abyecto y radical. Si uno dice que tiene muchos amigos gais, lo que en mi caso además es mentira, está condenado al zarandeo público porque lo que en realidad pretende es ablandar al auditorio para pedir acto seguido que se les fusile a todos.
Estoy de acuerdo en que lo que dije no es el colmo de la hondura de pensamiento, pero es que minutos antes había comentado lo bien que me parecían sus casamientos y se me había llamado mentiroso y después, para rematarlo, Nazi.
Lo peor es que yo, hasta anoche, me consideraba una persona tolerante. Traté de hacérselo ver y me pusieron, para disuadirme de tal empeño, un vídeo de Horcajo y una noticia que hablaba de una demanda a mi Santa Empresa. Yo ahí desistí y casi acabo insultándolos a todos para hacer honor a la medalla que se me había colocado. Me despedí como pude y todavía he estado recibiendo mensajes durante toda la noche según iban cerrando los garitos del centro.
Luego ví amanecer con desasosiego, revolviendome en la cama y asimilando mi nueva condición de homófobo y neoliberal, contando ansioso las horas que me quedan para empezar a meterme con el nuevo Gobierno de Rajoy y olvidarme así por fin de que me llamen facha.

martes, 20 de diciembre de 2011

El liberalismo se aproxima

Rosell quiere echar funcionarios y uno le imagina, como a Guzmán el Bueno, señalando a la puerta como si no hubiera un mañana. Aguirre, por su parte, propone que trabajen más. Es conocido que la presidenta dice lo que piensa sin complejos. Eso y la Verbena de la Paloma le mantienen en liza, pegada al pueblo. Diga lo que diga, a uno le resulta fácil pavonearse en el bar desgranando sus motivos. Lo último es porque ahí falla el país, siempre se ha dicho. Y cuadra, además, en la estrategia del liberalismo -a veces prefijado por ese neo inquietante-, el insulto estrella de los indignados. Litrona en mano, no pueden evitar la paronomasia y recuerdan aquella entrañable advertencia que Arrabal le hizo a Dragó: el mineralismo se aproxima.

domingo, 18 de diciembre de 2011

La sutileza en el siglo XIV

"La bulra que oyeres non la tengas en vil;
la manera del libro entiéndela sotil
(...)
En general, a todos fabla la escriptura:
los cuerdos de buen sesso entendrán la cordura;
los mancebos livianos guárdense la locura:
escoja lo mejor el de buen ventura"

Arcipreste de Hita
"Libro de buen amor"

sábado, 17 de diciembre de 2011

Sobre la libertad

alberto gordo
La libertad crea engendros como los okupas del Teatro Albéniz, pero también cosas maravillosas como el nuevo pelo de Hilario Pino quien, remedando a Bono y a Dantés, ha ejercido libremente su derecho a no ser calvo. Es sabido también que la libertad es un susto que se da sin avisar por si a algún romántico estupendo le da por pedir imposibles. Aquí en Madrid la libertad se niega en nombre de la tradición: las embarazadas siguen buscando enloquecidas el hospital que les toca y ninguna se atreve a ir a concebir a La Paz, por ejemplo. Pero eso es, sin duda, porque la clínica es tan buena y el Gobierno tan malo que existe un miedo real a que cobren o incluso a que pongan a las turbadas primerizas en una habitación individual con vistas. EL FaLdón
La libertad crea engendros como los okupas del Teatro Albéniz, pero también cosas maravillosas como el nuevo pelo de Hilario Pino quien, remedando a Bono y a Dantés, ha ejercido libremente su derecho a no ser calvo. Es sabido también que la libertad es un susto que se da sin avisar por si a algún romántico estupendo le da por pedir imposibles. Aquí en Madrid la libertad se niega en nombre de la tradición: las embarazadas siguen buscando enloquecidas el hospital que les toca y ninguna se atreve a ir a parir a La Paz, por ejemplo. Pero eso es, sin duda, porque la clínica es tan buena y el Gobierno tan malo que existe un miedo real a que cobren o incluso a que pongan a las turbadas primerizas en una habitación individual con vistas.

viernes, 16 de diciembre de 2011

La lucha contra el aire

Hace tiempo, Gallardón –que todavía no andaba a manotazos contra el aire– ensayó lo que sería el toque de queda en democracia y desaconsejó a los ciudadanos hacer ejercicio en la calle. Como a uno se le revolvían las tripas sólo de ponerse las bambas, muchos escogieron el sedentarismo y hoy, que el aire sabe peor que nunca a juzgar por lo que cuesta el parking, miles de madrileños están mutando lentamente en obesos flotantes como los de Wall-E, seres adiposos que meten monedas en los parquímetros esperando atolondrados el premio o la colleja. La guerra está perdida y eso lo
saben hasta en la Castellana, donde los agentes que desgobiernan –palabra fea, quizás la peor herencia de ZP– el tráfico ya camuflan el pito con una mascarilla.

(Publicado en La Gaceta el 16/12/2011)

jueves, 15 de diciembre de 2011

La elegancia del regidor

alberto gordo
Gallardón, distraído, cita en voz alta mientras se rasca la espinilla y levanta esa ceja suya que es un homenaje moderado al bigote de Aznar. Lo imagino en el sofá cuando informó a Mar de su intención de ilustrarnos sobre Ortega, que gastaba cara de tener las cejas gordas, pero las tenía delgadas. El párrafo elegido para el ahí os quedáis es tan elegante que incluso disculpa el tono antropológico y tiernista de la felicitación, porque aquí, como en la bolsa, su huida está descontada. Gallardón impugna a Bono y sus tempestades, a ZP y su tierra poseída por el viento y a Campo Vidal citando a Gabo cuando en Génova ya estaban celebrando la victoria. EL FaLdón
Gallardón, distraído, cita en voz alta mientras se rasca la espinilla y levanta esa ceja suya que es un homenaje moderado al bigote de Aznar. Lo imagino en el sofá cuando informó a Mar de su intención de ilustrarnos sobre Ortega, que gastaba cara de tener las cejas gordas, pero las tenía delgadas. El párrafo elegido para el ahí os quedáis es tan elegante que incluso disculpa el tono antropológico y tiernista de la felicitación, porque aquí, como en la bolsa, su huida está descontada. Gallardón impugna a Bono y sus tempestades, a ZP y su tierra poseída por el viento y a Campo Vidal citando a Gabo cuando en Génova ya estaban celebrando la victoria.

(Publicado en La Gaceta el 15/12/2011)

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Un recorte, una ilusión

La tijera, al fin, se llevará por delante la ilusión, de momento fusionando cabalgatas. Esperemos que el Gobierno tenga la decencia de respetar ese anuncio tan sugerente de La Fábrica de Sueños, porque el problema de abrir la veda en estas cosas es que, como dijo De Quincey, de permitirse uno el asesinato –en este caso, de la utopía– a dejar las cosas para el día siguiente hay una línea muy fina, y de congelar las pensiones a castrar del todo a los Farinelli de San Ildefonso –el colegio, no La Granja– tampoco hay tanto. Nadie está a salvo en esta Feria del Recorte sin capea. Y los medios, hartos como ustedes de los tijeretazos, ya sólo informamos de los más pintorescos.

(Publicado en La Gaceta el 14/12/2012)

martes, 13 de diciembre de 2011

Ya nadie volverá a coger un taxi

La imagen de unos tacones que tropiezan al salir del taxi tendrá el color de las películas antiguas. El gremio, con desdén castizo, despega sobre el pueblo y, si ya era caro parar un coche, ahora es directamente aristocrático. Lo de “prefiero caminar” será tan oído que los concesionarios convocarán gabinetes de crisis. Los estudiantes de provincias rehuirán los autos blancos aleccionados sobre ese refugio de ricos que dejan propina. Se extenderán las caminatas nocturnas y se detallarán sin sonrojo al día siguiente. Viajar será más tedioso porque habrá triple y hasta cuádruple fila en el aeropuerto: los taxistas solo irán si la carrera está garantizada por ley.
Pero en las aceras repletas, eso sí, se jugará el partido de vuelta de las discotecas.

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿Qué fue del Triball?

Tres años después de que arrancase el proyecto de regeneración del triángulo de Ballesta, las prostitutas siguen en la calle


Como cada mañana, va andando al trabajo. Dobla por la esquina de Gran Vía con Mesonero Romanos; el sol desaparece de golpe tras los edificios y el alboroto de la arteria centenaria se va diluyendo con calma en unos segundos, una mudanza tan insólita como difícil de ver en cualquier otra parte de la ciudad. Pasada una de las sedes de Mundo Fantástico, ese famoso sex shop cuyo nombre encierra el universo erótico de tantos hombres, el joven avanza unos metros con zancadas escandalosas y llega a su tienda. Al tiempo que se agacha para levantar la persiana, mira por encima de unas enormes gafas rojas que caen sobre su nariz y saluda a las chicas que charlan en la puerta. “Ya las conozco”, dice. “Siempre están ahí. Y no se meten con nadie, la verdad”. Son siete prostitutas que se miran coquetas en el cristal de su comercio y son las 10 de la mañana.
Las hay que se pasean con tacones imposibles, balanceándose lentamente a cada paso mientras se liman las uñas, sin retirar la vista de todo el que pasa, dándose la vuelta cuando intuyen que tras un gesto o una mirada puede haber un cliente; otras prefieren apostarse con las manos en los bolsillos, las piernas cruzadas y el pecho hacia delante. Al menos por la mañana, no se gritan ni discuten por el espacio; tampoco asedian al paseante. Sólo esperan y algunas sonríen como reafirmándose en su digna posición de dueñas del barrio.

Largo intento de rehabilitación

Las medidas contra la prostitución en los aledaños de la Gran Vía fueron anunciadas por el Ayuntamiento en 2007, y en 2008 arrancó el proyecto del Triball. Un grupo de empresarios adquirió muchos de los locales del llamado Triángulo de Ballesta (entre las calles Fuencarral, Gran Vía y Corredera Baja de San Pablo), transformando decenas de prostíbulos y cines porno en tiendas de moda. La Asociación de Comerciantes de la zona, cuyo símbolo verde es perfectamente reconocible por el esfuerzo publicitario que se hizo entonces, engloba más de 170 establecimientos.
Se trata de marcas pequeñas y alternativas que buscaban seducir a un público joven. Quisieron transformar la zona en una suerte de Soho londinense o Tribeca neoyorquino pero, tres años más tarde, parecen haberse quedado a medio camino, en una aleación inconclusa de Hell’s Kitchen con barrio rojo.
En la retaguardia más oscura de Gran Vía convive hoy lo grotesco con la decoración vanguardista, los locales cerrados cuyas fachadas pintarrajeadas evocan lo más sórdido del paisaje urbano con los espacios diáfanos, de esos en los que uno, al caminar, escucha el eco de sus zapatos.
Los habitantes del barrio siguen enfrentados. Están las prostitutas, representadas por la asociación Hetaira, cuyas integrantes ya se manifestaron hace un par de semanas para pedir un espacio propio donde ejercer su trabajo; los vecinos, que se ven obligados a elegir entre las mancebías o los bares; y los empresarios que, si bien han logrado aclarar el ambiente, haciendo del triángulo un espacio más agradable, no han conseguido extirpar el peor de sus problemas:
la prostitución callejera. “El barrio corre peligro de muerte”, afirma tajante Jordi Gordon, de la Asamblea Ciudadana del Barrio de Universidad. Para él, el proyecto de regeneración de la zona pretendió desde el principio convertir el espacio en un “abrevadero de la Gran Vía”. “Lo de las tiendas nos parece bien, pero no queremos que esto se convierta en un parque temático”, se queja. Hace cosa de un año, para redondear el proyecto, varios bares y restaurantes abrieron en poco tiempo, desatando la histórica guerra entre hosteleros y vecinos a cuenta del ruido y de los problemas que traen las zonas de ocio nocturno. Los comerciantes, en cambio, acogieron la noticia con optimismo. “Muchos de nuestros clientes vienen, compran algo y luego se toman una cerveza”, dice Jorge, el encargado de Kling Downtown, el primero de los locales transformado en tienda de diseño gracias a los empresarios del Triball. “Creo que se está logrando, aunque muy poco a poco, conseguir lo que queríamos, que no es más que convertir esto en un lugar de
referencia. Una alternativa a la calle Fuencarral, por ejemplo, donde las grandes marcas ya se han apropiado de una zona que al principio nació con un objetivo parecido al nuestro”. Mientras habla, a través del escaparate, un travesti mulato con talla de baloncestita nos mira entre receloso y divertido. El comerciante concluye tras echar un vistazo a su retaguardia: “Si quiere mi opinión, la prostitución debería legalizarse. Es la única manera”.
Las puertas metálicas de muchos inmuebles, sobre todo en Ballesta, se abren al paso de proxenetas, clientes y meretrices, como en una incesante pasarela de los horrores. Los clientes balbucean al oído de las chicas, les ceden el paso en un infame ejercicio de galantería, y ellas se dejan querer, aparentando un contento que la calle ha transformado en rutina. La actividad comienza temprano, incluso antes que la de los comerciantes de alrededor. “Es lamentable. A mí muchas veces me confunden. A mí y, lo que es peor, a mi hija de 18 años”, se lamenta María –nombre falso– mientras mira a las chicas a través de su ventana. Nos recibe en un piso luminoso de la calle Concepción Arenal, a menos de 20 metros de Gran Vía, donde algunas prostitutas han trasladado su negocio. Después de muchos años en el barrio, María tiene claro que lo peor son los clientes y las mafias. “Ellas no tienen la culpa. Son víctimas”, resume.
Los que se ocupan de las tiendas insisten en subrayar que el barrio ya no es peligroso. Sorprende la connivencia y la férrea defensa que la gran mayoría de ellos hace de las prostitutas. “Antes había mucho yonki, hasta hace tres o cuatro años. Las chicas los han echado y ahora, aunque queda alguno, estamos más tranquilos. Ellas no quieren que haya delincuencia, desean tener al barrio contento. Antes de lo del Triball, muchas tenían problemas con el alcohol y las drogas, eran mujeres mayores que llevaban toda la vida en la calle. Hoy son más jóvenes, del este de Europa sobre todo. Las peores se fueron”, explica Juan, el encargado del establecimiento que Dolores Promesas tiene en Desengaño 22. Que la media de edad haya descendido tiene su explicación, según dicen los vecinos, en el auge de las mafias. Bastan cinco minutos en la plaza de los cines Luna para ver quiénes son los chulos y cómo manejan a las chicas. Ellas se acercan, despachan y vuelven a sus posiciones. Y todo a 50 metros de la comisaría, descaradamente cerca de unos policías que entran y salen sin levantar la vista como si esas chicas embutidas en trajes mínimos de cuero rojo fuesen solamente una parte más del decorado, figurantes de la comedia diaria de un barrio donde las mujeres siguen limpiando la puerta de su negocio por la mañana. “¿Que si me molestan las chicas? Hombre, si se considera molestia que yo tenga que barrer por la mañana... en fin, ya sabe, sus cositas, pues sí. Me molesta”.

Reportaje publicado en LA GACETA el 11/12/2011

miércoles, 7 de diciembre de 2011

"Madrid me seduce a distancia, como las chicas del porno"


(Versión extendida de la entrevista a Manuel Jabois en LA GACETA publicada el 07/12/2011)

Me debería ahorrar el contexto porque no existe; o sí, pero es muy penoso. Yo en mi salón, frente a una bandeja azul de comida precocinada y con el portátil sobre las rodillas; Manuel Jabois (Sanxenxo, 1978) en su casa de Pontevedra, imagino que con unos calzones de goma floja de esos que él usa para escribir. La entrevista se desarrolla a través del Facebook, y el entrevistado alumbra cada respuesta con calma, como si fueran extractos de sus columnas, a ratos con destellos de ese humor descreído propio del periodista, pero que en él adquiere un carácter hiperbólico. Hace unos meses publicó Irse a Madrid, una recopilación de sus mejores artículos que ha llegado a la capital desde Galicia poco a poco, como la Renfe. Se le puede leer en El Diario de Pontevedra, en Jot Down y en su blog, Apuntes en sucio, donde escribe con asiduidad divirtiendo a sus lectores con un libro que no acaba. En su tierra hasta los camareros se lo dicen: “Jabois, o que tes que facer é marchar para Madrid”. De momento, él se resiste citando a Camba, quien dijo que “en Galicia se admite que uno sea original, pero no hasta el punto de irse a Madrid para no volver de ministro”. Quédense con su nombre, por si se anima.

Yo: Te tengo que preguntar por tu paisano Rajoy. ¿Estás contento con un presidente gallego? Cuando ganó Zapatero, yo, que soy de León, sentí cierto orgullo.

Jabois: Yo el orgullo lo reservo para hazañas más particulares. Pero sí, como periodista me alegra que Rajoy sea de aquí. Hay más posibilidades de cruzárselo a él o a la familia, y compartimos algunas claves locales que ayudan a la hora de escribir. Cierta psique, si se quiere.

Yo: Dicen que a él ser de provincias le hizo paciente. En cambio a mí me dejó problemas para relacionarme. ¿A ti? ¿Alguna tara especial?

Jabois: No, pero ésa es una clave a la que me refería, y que yo también utilizo en los artículos: nuestra exclusiva provincianidad. Y además en una ciudad pequeña con señores de grandes ínfulas, con lo divertido que es eso. Además yo estoy a tanta distancia de Madrid como de Nueva York, con la ventaja de que a NY puedo llegar nadando.

Yo: Rajoy procede de la clase media-alta y no sé dónde leía el otro día que era el típico señorito de provincias.

Jabois: Rajoy procede de un matriarcado gallego, y esas cosas ponen mucho. Pero la suya es una familia del alto funcionariado, con una muy apurada vocación de servicio al Estado. Es una familia bien, para que nos entendamos, pero no es un coto cerrado ni un hatajo de ricos. Si fue un señorito, al menos se lo ganó. Otros viven de la fama y el dinero de papá toda la vida sin haber sacado el COU.

Yo: Tenemos que hablar algo de Madrid. ¿De verdad que no te vendrías? ¿Cuál es tu precio?

Jabois: Eso de irse a Madrid fue claramente un artículo que se me fue de las manos. De todos modos lo interesante de mí es leerme; en persona estropeo las fiestas, piso los vestidos de las señoras y digo impertinencias. Madrid me seduce desde la distancia, como las chicas del porno.

Yo: Te pones como en una fiesta familiar, vamos. Ahora que hablas de señoritas, aunque voy a intentar no preguntarte demasiado por columnas concretas, porque creo que tal y como las escribiste es como deben ser contadas, ¿de verdad fingiste que estaban tus padres en casa con la tía aquella?

Jabois: Un día llegué a una edad en la que me di cuenta de que había tenido una juventud irresponsable y maravillosamente divertida, rodeada de amigos de los que podría sacar tres novelas. En lugar de rebozarlo en ficción, me decidí a contarlo en los periódicos. Sí, me acosté con una chica contándole que estaban mis padres en la habitación de al lado y acabé de cantar una noche el Así fue de la Pantoja llorando a lágrima viva delante de un camarero que no sabía si echarme o abrazarse a mí.

Yo: Camba, Ruano, Umbral... ¿te consideras heredero de alguno de ellos? Escribiendo tanto como lo hicieron aquellos periodistas, ¿no temes quemarte?

Jabois: Escribo columnas al mismo tiempo que hago reportajes históricos, de actualidad, entrevisto y cubro ruedas de prensa. Uno se quema a conciencia y con gusto; como en el naval, siempre cabe la posibilidad de una reconversión. Leo a menudo a Camba y a Umbral entre otros muchos porque admiro la capacidad, sobre todo del primero, de sacar oro de cualquier circunstancia. Y yo escribo un día sobre el Gobierno y otro sobre las colas del supermercado, que es una especie de Gobierno a la sombra, por lo demás.

Yo: ¿Sigues yendo a la redacción cada día?

Jabois: Sí, desde luego. Mi trabajo es diario y exactamente igual al de cualquier otro redactor de un periódico local. Y de él extraigo además muchísimas columnas, porque sigo pensando, pese a la precariedad -que a mí no me ha tocado- que éste de contar lo que pasa es el mejor oficio del mundo.

Yo: Ahora que hablas de precariedad, un tema que nos encanta a los de este oficio siempre en crisis, Cela dijo que los periodistas éramos algo así como las putas, trabajando sin horarios ni garantías y con sueldos míseros... ¿No hemos tocado fondo?

Jabois: Nacho Villa escribía cada semana, en plena bonanza económica durante el Gobierno Zapatero, un artículo que titulaba invariablemente 'Tocando fondo'. Los periodistas exigen un dinero que no hay, de acuerdo, pero directivos de grandes medios de los que no se sabe muy bien qué hacen tienen sueldos de ministro. Cobra cuarenta veces más un señor en su despacho fumando un puro que el tío al que le encargaste un reportaje sobre un crimen. Pero el lector al día siguiente va a tener en las manos lo que hizo ese mileurista, no lo que pensó, con grandes esfuerzos, ese señor de tres plantas más arriba que ni siquiera abre el diario. Tú pones en la calle el producto de la Redacción. O sea que crisis sí, pero como decimos en Galicia, a vaquiña polo que vale.

Yo: El problema del fondo es que nadie sabe muy bien dónde está... En algunas de tus columnas tratas la crisis y recurres a esa mirada tuya un tanto alejada y escéptica, que yo creo que te hace único y por eso arrancas la risa de la gente y nadie te acusa de frívolo. Los hay que dicen que el humor es un género secundario del periodismo. ¿Qué les dirías? ¿Quién hace hoy humor en este país?

Jabois: En este país, afortunadamente, hace humor quien menos se lo propone. En los periódicos hay poco y cada vez se hace más necesario. Está como mal visto. A mí a veces me dicen: con la que está cayendo, y tú hablando de tu perro. Pues precisamente, caballero, precisamente. Ríase de mí un rato, al menos antes de entrar en las páginas de Economía.

Yo: Además el humor, cuando se trata de ir contra los radicales, es infalible.

Jabois: Sí, contra imbéciles hay que afilar mucho la ironía, porque se retratan con facilidad.

Yo: Lo de la parodia de uno mismo no es algo demasiado explotado. Tú en cambio dices: "ríase de mí". ¿Crees que a la gente lo que más le gusta es reírse de los demás?

Jabois: Pero vamos, eso funciona en cualquier corro de bar. Tú cuentas tus miserias y la gente te aplaude entusiasmada. Yo tengo la ventaja de quererme muy poco. Eso gusta por raro. Quizás cuente ciertas cosas en público que a otra gente les cuesta contarlas en privado. Claro que me preocupo de escribirlas bien. Puedo quedar en ridículo, pero con estilo.

Yo: Me imagino a tu madre enorgulleciéndose de lo bien que escribes, pero lamentando las barbaridades que cuentas. ¿Qué opinan ellos de lo que haces? Tu familia, digo...

Jabois: Mi familia bien, gracias. Nunca les he contado mi vida, así que compran el periódico todos los días para saber si me he casado, me han detenido o me he hecho mechas.

Yo: Vamos a pasar al último bloque de cosas serias. La literatura. En Jot Down escribes reseñas culturales en un tono muy distinto, sobre libros fundamentalmente. ¿Con qué disfrutas más, con las columnas o con esos artículos?

Jabois: Disfruto con el periodismo de calle: la historia que permanecía desconocida y a la que llegas tirando del hilo. Eso en Pontevedra es difícil porque somos muy pocos y se hace complicado encontrar buenos reportajes. Después, con las entrevistas. Y más allá, con las columnas, que suelen lucir porque uno ahí se gusta con el estilo, que es una cosa muy seductora. En Jot Down, escribiendo sobre libros, estoy disfrutando muchísimo.

Yo: Dices que, al contrario que la mayoría de escritores, te gusta más escribir que leer; pero cuando lees, ¿qué autor o autores han logrado marcarte?

Jabois: A mí me marcó Francis Scott Fitzgerald hasta el extremo de empezar una y otra vez una novela y sólo salirme, línea a línea, El gran Gatsby.

Yo: Por cierto, me gustó tu artículo del otro día sobre él.

Jabois: Thanks! Había mucha pasión ahí.

Yo: ¿Te hubiera gustado vivir en el París de aquellos años o es algo que dices así, románticamente, sin acordarte de que entonces no se vivía tan bien?

Jabois: Es una inspiración romántica, desde luego. Todos ellos, salvo cuatro, vivieron mejor muertos.

Yo: Pero es cierto que les rodea algo especial.

Jabois: Desde luego.

Yo: ¿Publicarás algo nuevo?

Jabois: Publico el próximo año un librito sobre la experiencia de ser del Madrid en la editorial Libros de KO. Y nada más. Supongo que por defecto empezaré a escribir una novela. Todos los meses de enero lo hago. En febrero pongo el título y en marzo la dejo tras un par de párrafos. Mi vida es un aplazamiento continuo.

Yo: Me gustaría poder decirte que si vinieses a Madrid te presentaría a la gente de los círculos literarios, pero no conozco a nadie.

Jabois: Nada, no te preocupes. Los círculos literarios mejor lejos.

Yo: Nos puede pasar como a Benet, que dicen que después de citar a Heidegger en el Gijón, se iba de putas.

Jabois: O citarle a Heidegger a las putas, directamente.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El irascible pupilo de Tomás


“Lo dejó todo sin importarle. Por admiración hacia él”. El ínclito tándem Gómez- Fraile representa, además de una hermosa amistad fraguada en un limpito pupitre del colegio privado San Miguel, la cristalización de la ruina, del despotismo impreso en cada billete debido por este ayuntamiento hereditario, otrora ejemplo de la Arcadia socialista, donde el tranvía iba a ser para los parleños lo que la bici para los nórdicos: un símbolo del progreso.
A Tomás, el guapo de la pareja, le encanta que le llamen Tomás, como a González Felipe y a Castro Fidel, que son gente llana y del vulgo, ligones rodeados de palmeros solícitos. Su sucesor, en cambio, paga el pecado de ser común hasta en el nombre y, pese a llamarse José María, es conocido por Fraile.
Colérico e impulsivo, sus compañeros de partido impiden por precaución las grabaciones de los Plenos, donde una vez este ingeniero técnico aeronáutico, nacido en 1967, terminó increpando
a su compañero de partido Mariano Fernández. “Hubo debate”, diría luego el alcalde, quien hace 12 años aparcó el diseño de Eurofighters para hacer lo propio con las untuosas arcas públicas de su ciudad, cuando el tomasismo endomingaba las calles con créditos dorados.
En la universidad pulió su perfil de chico listo y empollón, y los que han trabajado con él lo recuerdan sentencioso; 20 años después de afiliarse al PSOE, la insoportable levedad de la política ha obrado en su mente el milagro de borrar cualquier rasgo academicista. Una transformación pareja a la de aquel sindicalista que fue médico, pero cuyos conocimientos se fueron esfumando a lo largo de los 15 años que estuvo batallando tras las pancartas.
Entre 1999 y 2008 se solazó en el amor y el lujo; Tomás le cogía de la mano y ambos levitaban por Parla, tocando el paraíso dantesco sin haber penado antes en el infierno. Años en los que Fraile despachaba entre papeles milimetradas sonrisas, “correcto pero algo huraño”, mientras Tomás estrechaba manos y aupaba enérgicamente la suya en auditorios repletos, donde era piropeado como si fuese un muerto.
“Estuvo demasiado tiempo en un segundo plano. Él es muy introvertido, y por eso se refugia en un carácter tan duro”, dicen los que lo conocen. Porque la sombra de Tomás es como la del
ciprés de Delibes; y bella y atractiva para esas ancianas que le votaban tras ver lo bien que le quedaban los trajes. Fraile es tan tímido que, entre la pasta negra de sus remozadas gafas, anda
mirando amenazante a los lados a ver quién osa gritarle: “¡Jorge Javier!”, y luego, crueles, echan a correr porque saben que le jode. Ni siquiera hizo falta un ultraje de ese calibre para que el irascible José María empujase, insultase y amenazase en 2006 a Eugenio Santos, concejal de
IU, a quien debió de decir, beodo de furia, lo mismo que a Sánchez un lustro después: “¡Idiota, te vas a reír de tu puta madre!”.
En Parla se ha pasado del “alcalde más votado de España”, ese grito de guerra con que se presentaba al invicto Gómez antes de cada mitin, al “Se va a acabar la dictadura de Tomás”, el festivo cántico de los que esperaban al ex regidor a las puertas del Auditorio Juan Barranco el
pasado domingo. Y a la sombra, temeroso, el abnegado Fraile. Apretando los labios con el ahogo del que se siente ninguneado.


Publicado en La Gaceta el 20/11/2011

Casi un siglo reinando sobre la Gran Vía



En los años veinte, el Edificio Telefónica fue el rascacielos más alto de Europa


En 1925, 15 años después del inicio de las obras de la Gran Vía, aquella arteria de dimensiones extraordinarias aún no tenía una cabeza que sobresaliese por encima de las demás. Sólo una serie de fachadas barrocas y algunos, ya pocos, huecos por llenar. Las callejuelas contiguas, aún hoy coronadas por tejas rojas que otorgan al entorno cierto aire villano, se elevaban un máximo de 30 metros. Más alto era peligroso. Sólo los americanos tenían el secreto, la técnica que posibilitaba la construcción de los rascacielos.
Y Telefónica, la misma compañía que hoy mantiene en el número 28 su sede más emblemática,
era entonces la filial española de International Telegraph and Telephone (ITT), su Caballo de Troya en la novísima arquitectura transatlántica.
Comenzaron las obras del edificio que hoy mira a la calle Montera el mismo año en el que Primo de Rivera fundaba la Unión Patriótica y, en sólo un lustro, estuvo listo para ser utilizado. Después vendría la guerra, que lo convirtió en la oficina de censura; el franquismo, que se hizo con la compañía y, por extensión, con el inmueble; y por último, la definitiva modernización de las
telecomunicaciones, que borró su prístina razón de ser como epicentro del contacto con el exterior.
“Yo siempre he pensado que lo realmente llamativo de este proyecto fue el lugar donde se hizo. Urbanísticamente, Madrid no tenía nada que ver con otras capitales más nobles, como París o Londres. Si te fijas, alrededor de donde estamos, la calle Valverde, Fuencarral, etc. son todas
vías estrechas, laberínticas, nada señoriales", relata Francisco Serrano, director general de la Fundación Teléfonica, quien nos recibe en una de las plantas más altas. Por eso, continúa con modos de estudioso, hablando despacio pero con pasión y mostrando su figura recortada sobre una extensa vista de Madrid, "fue indispensable la colaboración de los americanos". "Ellos ya tenían rascacielos en Nueva York y Chicago, sabían cómo se hacía". Esa es la razón por la que Ignacio de Cárdenas, el joven arquitecto al que se encargó el proyecto después de que la propuesta del catedrático Juan Moya fuera rechazada por "historicista", viajó en 1925 a EE UU para reunirse con Louis S. Weeks, el proyectista de la ITT. al otro lado del atlántico, ambos comenzaron a desarrollar los planos. allí, De Cárdenas aprendió a utilizar unas mallas metálicas que, en lugar de los gruesos muros que se utilizaban en Europa, podían sostenerlo todo, elevar los bloques hasta hender descaradamente el cielo.

En los primeros bocetos se trazó un edificio funcional, perfecto para el desarrollo de la actividad industrial. Pero la Gran Vía ya despuntaba como un elegante rosario de fachadas barrocas y distinguidas, por lo que, finalmente, adoptando la estética modernista europea, entonces incipiente, se embelleció el frontispicio. "En los años veinte, existía en EE UU lo que se llamó la spanish craze; nuestro arte y arquitectura estaban de moda. Esto responde a muchas de las preguntas sobre el estilo. Hay que recordar también que sólo 26 años antes habíamos estado en guerra contra ellos, lo que hizo que se mostraran más conciliadores", explica Serrano, ahora de pie en su amplio y luminoso despacho atestado de libros, más propio de un galerista que de un empresario. Esta fascinación de los americanos por lo español hizo que, curiosamente, fueran ellos los culpables de que al final se incluyesen tantos detalles ornamentales de tipo heráldico o floral.

Los bombardeos
Apenas seis años después de su estreno, los inmaculados muros de Gran Vía 28 afrontaron su prueba más delicada: la Guerra Civil. Cada misil era como si encogiese las mallas de los pilares, haciendo retumbar los frescos cornisones, que se deshacían en el suelo elevando un eco sordo y solitario tras el estruendo inicial de cada bombardeo.
Veinte días después del inicio del sitio de Madrid, en diciembre de 1936, Arturo Barea, responsable de la oficina de censura gubernamental, situada allí mismo, reseñaba una mole sólida cuya desnudez interior amplificaba el sonido de los bombas al caer en la “avenida de los obuses”. Tratando de obviar el terror de una guerra que se libraba en el aire y en la calle, la gente seguía engalanándose cada mañana. Este hombre gris e ilustrado, de izquierdas, escritor autodidacta de prosa directa y rudimentaria, quiso defender la República hasta que, fruto de un desencanto parejo al de otros intelectuales republicanos como Chaves Nogales, se fue de su país en 1938 para no volver.
“La calle era un cañón profundo”, escribe refiriéndose a lo que veía desde la azotea del inmueble. "El frente comenzaba allí y seguía en curvas, invisibles, rodeando simas y barrancos perdidos en la lejanía (...) era desconcertante verlo tan cerca". Un día, cesado el cañoneo, descubre que un obús ha atravesado dos pisos del bloque, dejando un "olor de grasa, de metal caliente y de pintura al duco".

El republicano Barea discutió y se peleó con los corresponsales que trataban de burlar la censura para informar al mundo de lo que pasaba en Madrid. Por allí se veía pasar a Malraux arrastrando los zapatos, deshecho por los horrores que traía consigo desde el frente y que luego plasmaría en La Esperanza; Hemingway corría cada noche desde el Hotel Florida –lo que hoy es la esquina de El Corte Inglés de Callao–, donde se alojaba, para entregar su crónica, que inmediatamente había de pasar el filtro de Barea y de su amante Ilsa Kulcsar; John Dos Passos, que ya había publicado Manhattan Transfer y era un autor consagrado, se presentaba cordial, siempre fumando. Tiempo después, describiría en Journeys Between Wars “una oficina quieta, en la que encontráis a un español cadavérico, consciente de su importancia como guardián de estos teléfonos que son el lazo de unión con países técnicamente en paz, en los cuales la guerra se desarrolla aún con créditos de oro en cuentas corrientes...”.

El asalto chino a la tortilla de patata


alberto gordo
Tres jóvenes de unos 25 años entran en el bar, se acercan a la barra y piden dos bocadillos de lomo y un plato de tallarines con gambas. "¿Para beber?", pregunta la camarera. "Pues... jarras, ¿no?". la cortesía de la sonriente Elena -Qun Qun para sus paisanos- es de agradecer en los castizos dominios del pincho de tortilla. Sin borrar la sonrisa de su cara, cuenta que trabaja en su negocio de 7.30 de la mañana a 00.30 de la noche, todos los días de la semana. la historia de su familia reúne todos los tópicos posibles sobre los orientales y contornea el estereotipo: su padre llegó a España hace 10 años, trabajó y ahorró como una hormiga estajanovista y ahora posee un restaurante en la zona de Moncloa. Tres semanas atrás, prestó el dinero a su hija de 23 años -el crédito se ha secado en los bancos, no en los canales familiares de los que se alimenta la población oriental- para que abriera su propio negocio: el bar Tejedor, un local de los de mugre y palillo devenido, gracias a ellos, en una suerte de China-fusión. Estéticamente es como los bares de siempre: barra metálica, expositor, embutido y pincho de tortilla. Pero para cenar, además del tapeo de batalla, uno se puede tomar un arroz frito tres delicias. El ambiente acogedor y familiar del Tejedor contrasta con el bullicio de la Parada -o La Palada, como aparece escrito, no sin ironía, en platos y servilletas-, quizás el bar futbolero por excelencia en la zona de Suanzes. la clientela es variada: desde el anciano desorientado que pretende, estirando el cuello y desconfiando de su capacidad para hacerse entender, ("u-na ca-ña"), hasta el macarra de gimnasio que rebaja su nivel de educación mientras crece su recelo hacia los nuevos propietarios. Francisco, uno de los camareros españoles que trabajan para Chao lin, dice entre risas que "hay que saberlos llevar". Y apuntilla poniéndose serio: "Pero son legales. Y buenos pagadores, que hoy en día es lo que cuenta". Chao lin, la empresaria, rechaza a la Prensa como el que reniega de los vendedores de enciclopedias: "No interesa, lo siento. la imagen que dais es muy rara". Y repite esto último varias veces. los hay que dicen que este será su milenio, que aguarda un imperio que sucederá al romano y al americano, una era en la que las cosas se pedirán por favor y todos trabajaremos 20 horas al día, apartando cuatro o cinco para el descanso. Con estas premisas, ¿merece la pena competir con ellos? "Es más serio de lo que parece", dice un comerciante cuyo negocio se encuentra apenas a unos metros de uno de estos bares en la calle Toledo. "Hay que regular esto o hacer cumplir la ley en cuanto a horarios, porque si no, es imposible sobrevivir a su ritmo", opina. Pero lo cierto es que ellos sobreviven, y son humanos. "la legislación permite a los locales permanecer abiertos los 365 días al año, así que mientras cumplan la ley, aunque sea la misma persona la que hace las 16 horas, no se puede hacer nada", comenta Mayte Uceda, de Hostelería de CC OO. Marga Míguez, de la asociación de Hosteleros de Madrid, alude a otro tipo de eficiencia. "Ellos buscan los negocios que van bien y pagan al contado, es su forma de hacer las cosas, tan legítima como cualquier otra", sentencia. alrededor de un 30% de los 30.000 bares de la región no tienen trabajadores, son negocios cuyos dueños se explotan a sí mismos de sol a sol y sin días libres, el escenario perfecto para el colectivo oriental. "Con la crisis, muchos microempresarios están atrapados en negocios ruinosos. Es entonces cuando aparecen los chinos y los compran", comenta José luis Guerra, adjunto a la Presidencia de la asociación Española de Hosteleros, quien añade que este fenómeno comenzó en Barcelona hace un lustro. En el bar de Elena ya está lista la tortilla, un perfecto círculo amarillo que podría simbolizar el sol que renace en Oriente y que ya ha llegado hasta nosotros, representando el ocaso de Occidente. Uno de los cocineros sale con una de calamares y pone la fuente sobre la mesa. a nuestro lado, por si queremos otra cerveza, aguarda la dueña, con el mismo gesto abnegado que ofrecen sus compatriotas al aguantar a los borrachos que van al chino a por hielo cada fin de semana. Alberto Gordo. Madrid la crisis económica espolea la compra de bares españoles por parte de asiáticos a fusionar su comida con la nacional algunos incluso se atreven El crédito sigue fluyendo en los canales familiares que ellos utilizan - -
Tres jóvenes de unos 25 años entran en el bar, se acercan a la barra y piden dos bocadillos de lomo y un plato de tallarines con gambas. "¿Para beber?", pregunta la camarera. "Pues... jarras, ¿no?". La cortesía de la sonriente Elena -Qun Qun para sus paisanos- es de agradecer en los castizos dominios del pincho de tortilla. Sin borrar la sonrisa de su cara, cuenta que trabaja en su negocio de 7.30 de la mañana a 00.30 de la noche, todos los días de la semana. La historia de su familia reúne todos los tópicos posibles sobre los orientales y contornea el estereotipo: su padre llegó a España hace 10 años, trabajó y ahorró como una hormiga estajanovista y ahora posee un restaurante en la zona de Moncloa.

Tres semanas atrás, prestó el dinero a su hija de 23 años -el crédito se ha secado en los bancos, no en los canales familiares de los que se alimenta la población oriental- para que abriera su propio negocio: el bar Tejedor, un local de los de mugre y palillo devenido, gracias a ellos, en una suerte de China-fusión. Estéticamente es como los bares de siempre: barra metálica, expositor, embutido y pincho de tortilla. Pero para cenar, además del tapeo de batalla, uno se puede tomar un arroz frito tres delicias.
El ambiente acogedor y familiar del Tejedor contrasta con el bullicio de La Parada -o La Palada, como aparece escrito, no sin ironía, en platos y servilletas-, quizás el bar futbolero por excelencia en la zona de Suanzes. la clientela es variada: desde el anciano desorientado que pretende, estirando el cuello y desconfiando de su capacidad para hacerse entender, "u-na ca-ña", hasta el macarra de gimnasio que rebaja su nivel de educación mientras crece su recelo hacia los nuevos propietarios. Francisco, uno de los camareros españoles que trabajan para Chao lin, dice entre risas que "hay que saberlos llevar". Y apuntilla poniéndose serio: "Pero son legales. Y buenos pagadores, que hoy en día es lo que cuenta". Chao lin, la empresaria, rechaza a la Prensa como el que reniega de los vendedores de enciclopedias: "No interesa, lo siento. la imagen que dais es muy rara". Y repite esto último varias veces.
Los hay que dicen que este será su milenio, que aguarda un imperio que sucederá al romano y al americano, una era en la que las cosas se pedirán por favor y todos trabajaremos 20 horas al día, apartando cuatro o cinco para el descanso. Con estas premisas, ¿merece la pena competir con ellos? "Es más serio de lo que parece", dice un comerciante cuyo negocio se encuentra apenas a unos metros de uno de estos bares en la calle Toledo. "Hay que regular esto o hacer cumplir la ley en cuanto a horarios, porque si no, es imposible sobrevivir a su ritmo", opina. Pero lo cierto es que ellos sobreviven, y son humanos. "La legislación permite a los locales permanecer abiertos los 365 días al año, así que mientras cumplan la ley, aunque sea la misma persona la que hace las 16 horas, no se puede hacer nada", comenta Mayte Uceda, de Hostelería de CC OO.
Marga Míguez, de la asociación de Hosteleros de Madrid, alude a otro tipo de eficiencia. "Ellos buscan los negocios que van bien y pagan al contado, es su forma de hacer las cosas, tan legítima como cualquier otra", sentencia. Alrededor de un 30% de los 30.000 bares de la región no tienen trabajadores, son negocios cuyos dueños se explotan a sí mismos de sol a sol y sin días libres, el escenario perfecto para el colectivo oriental. "Con la crisis, muchos microempresarios están atrapados en negocios ruinosos. Es entonces cuando aparecen los chinos y los compran", comenta José luis Guerra, adjunto a la Presidencia de la asociación Española de Hosteleros, quien añade que este fenómeno comenzó en Barcelona hace un lustro.
En el bar de Elena ya está lista la tortilla, un perfecto círculo amarillo que podría simbolizar el sol que renace en Oriente y que ya ha llegado hasta nosotros, representando el ocaso de Occidente. Uno de los cocineros sale con una de calamares y pone la fuente sobre la mesa. A nuestro lado, por si queremos otra cerveza, aguarda la dueña, con el mismo gesto abnegado que ofrecen sus compatriotas al aguantar a los borrachos que van al chino a por hielo cada fin de semana.

Publicado en La Gaceta el 30/10/2011

La otra milla de oro


alberto gordo
De espaldas al bullicioso mercado de San Miguel, ajena al trasiego de turistas y ociosos, se encuentra la botica donde María luisa de Saboya, primera esposa de Felipe V, compraba sus ungüentos. la antigua Farmacia de la Reina Madre, de 1576, es un minúsculo espacio forrado de madera y vasijas, cuya idoneidad para albergar una farmacia -o cualquier otro comercio- deja serias dudas. Pero no importa. Si las sombrererías, guanterías, abaniquerías y el resto de comercios decimonónicos de los alrededores del Kilómetro Cero se hubiesen rendido al pragmatismo o las modas, claudicado, en fin, a eso que algunos llaman la dictadura del dinero, el atropello por el tiempo habría sido aún mayor. la Guerra Civil, que sembró Madrid de caos y b omb a s , a c a b ó c on muchos de estos negocios. Otros sobrevivieron, y ahí siguen en forma de emblemas. Casa Diego (1823), la mítica tienda de abanicos de la esquina de Montera con Sol, hubo de resurgir de sus ruinas tras el paréntesis del conf licto. los dueños, la familia lleraldi, aún hoy al otro lado del mostrador, se resisten a abandonar. "Trabajo y tesón. Es la única manera", dice el sonriente arturo lleraldi, bajo un retrato de su abuela. Su tono esconde cierto estoicismo. Son negocios complicados, muy especializados y cuyos dueños alientan con altas dosis de optimismo. "Hay altibajos, como en todo. Pero aguantamos. Mi deseo es que mis hijos continúen", resume el empresario. El mismo sueño tiene arturo Hernanz, un hombre de otro siglo. Sólo las trazas de sus clientes delatan el año que corre. En su alpargatería de la calle Toledo (1845) aún se corta con tijera y se mide con metro; la única máquina, escondida en un caótico sótano atestado de alpargatas de todos los colores, data de mediados del siglo pasado. "las cosas han cambiado mucho, pero siempre ha habido un Hernanz que siga", dice el último de la estirpe, un superviviente cuyo proyecto vital pasó por la Facultad de Económicas antes de recalar definitivamente en el negocio familiar. aunque para periplo, el de la sombrerería Casa Yustas (1886), en la plaza Mayor, ahora propiedad de los dueños del Gato Negro (1919), la familia Corazón. allí es habitual ver a turistas salir con grandes sombreros, creyéndose personajes de Pérez-Reverte pero sin gregüescos. "Es una prenda que ha vivido malos tiempos [el sombrero], pero la gente va perdiendo la vergüenza", comenta Mario Corazón. Bajo la tienda, serpenteando en las profundidades de la plaza, se abren catacumbas que los nuevos dueños -compraron Yustas en 1996- están acondicionando como exposición. Un Don Quijote en tamaño natural o una vidriera con la imagen de Carlos III cazando, tal y como lo plasmó Goya, son algunos de los reclamos visuales de este gran bazar de souvenirs. El local se comunica con la calle de la Sal, y sale justo frente a los murales de Mingote. Guantes luque (1886) tiene sin duda algo de obsesivo. a derecha e izquierda, bajo los mostradores y en el suelo: miles de guantes y la imagen r e c u r r e nt e de R i t a Hayworth en Gilda. Álvaro Ruiz, el joven representante de la cuarta y última generación que se ha hecho cargo del negocio, un nativo digital, no tiene ni ordenador. Sólo un teléfono para atender los pedidos. "¿Nuestro secreto? Que tenemos de todo y todo artesanal", comenta. la misma clave del éxito que Capas Seseña (1901), cuyos mantos pasearon por todo el mundo Picasso, Cela (recogió el Nobel con una de sus capas), alfonso XIII, Hillary Clinton y hasta el malogrado Michael Jackson. lola Yanas y Carmen Fábregas, dependienta y confeccionadora, reivindican la elegancia de esta prenda nada anacrónica mientras explican amablemente cómo llega uno a parecerse, a partir de un trozo de tela y tras varios cortes precisos, al mismísimo D'artagnan. Alberto Gordo. Madrid Muchos de los establecimientos de la zona de Sol y plaza Mayor subsisten desde hace siglos Hay sombrererías, abaniquerías y hasta una farmacia de 1576 donde compraba la esposa de Felipe V las capas de Seseña eran las preferidas de Picasso y Cela - reportAje Guantes y capas coMercios centenArios
De espaldas al bullicioso mercado de San Miguel, ajena al trasiego de turistas y ociosos, se encuentra la botica donde María Luisa de Saboya, primera esposa de Felipe V, compraba sus ungüentos. la Antigua Farmacia de la Reina Madre, de 1576, es un minúsculo espacio forrado de madera y vasijas, cuya idoneidad para albergar una farmacia -o cualquier otro comercio- deja serias dudas. Pero no importa.

Si las sombrererías, guanterías, abaniquerías y el resto de comercios decimonónicos de los alrededores del Kilómetro Cero se hubiesen rendido al pragmatismo o las modas, claudicado, en fin, a eso que algunos llaman la dictadura del dinero, el atropello por el tiempo habría sido aún mayor. la Guerra Civil, que sembró Madrid de caos y b ombas, acabó con muchos de estos negocios. Otros sobrevivieron, y ahí siguen en forma de emblemas. Casa Diego (1823), la mítica tienda de abanicos de la esquina de Montera con Sol, hubo de resurgir de sus ruinas tras el paréntesis del conflicto. Los dueños, la familia lleraldi, aún hoy al otro lado del mostrador, se resisten a abandonar. "Trabajo y tesón. Es la única manera", dice el sonriente Arturo Lleraldi, bajo un retrato de su abuela. Su tono esconde cierto estoicismo. Son negocios complicados, muy especializados y cuyos dueños alientan con altas dosis de optimismo. "Hay altibajos, como en todo. Pero aguantamos. Mi deseo es que mis hijos continúen", resume el empresario.
El mismo sueño tiene Arturo Hernanz, un hombre de otro siglo. Sólo las trazas de sus clientes delatan el año que corre. En su alpargatería de la calle Toledo (1845) aún se corta con tijera y se mide con metro; la única máquina, escondida en un caótico sótano atestado de alpargatas de todos los colores, data de mediados del siglo pasado. "Las cosas han cambiado mucho, pero siempre ha habido un Hernanz que siga", dice el último de la estirpe, un superviviente cuyo proyecto vital pasó por la Facultad de Económicas antes de recalar definitivamente en el negocio familiar.
Aunque para periplo, el de la sombrerería Casa Yustas (1886), en la plaza Mayor, ahora propiedad de los dueños del Gato Negro (1919), la familia Corazón. Allí es habitual ver a turistas salir con grandes sombreros, creyéndose personajes de Pérez-Reverte pero sin gregüescos. "Es una prenda que ha vivido malos tiempos [el sombrero], pero la gente va perdiendo la vergüenza", comenta Mario Corazón.
Bajo la tienda, serpenteando en las profundidades de la plaza, se abren catacumbas que los nuevos dueños -compraron Yustas en 1996- están acondicionando como exposición. Un Don Quijote en tamaño natural o una vidriera con la imagen de Carlos III cazando, tal y como lo plasmó Goya, son algunos de los reclamos visuales de este gran bazar de souvenirs. El local se comunica con la calle de la Sal, y sale justo frente a los murales de Mingote.
Guantes Luque (1886) tiene sin duda algo de obsesivo. a derecha e izquierda, bajo los mostradores y en el suelo: miles de guantes y la imagen recurrente de Rita Hayworth en Gilda. Álvaro Ruiz, el joven representante de la cuarta y última generación que se ha hecho cargo del negocio, un nativo digital, no tiene ni ordenador. Sólo un teléfono para atender los pedidos. "¿Nuestro secreto? Que tenemos de todo y todo artesanal", comenta. La misma clave del éxito que Capas Seseña (1901), cuyos mantos pasearon por todo el mundo Picasso, Cela (recogió el Nobel con una de sus capas), Alfonso XIII, Hillary Clinton y hasta el malogrado Michael Jackson. Lola Yanas y Carmen Fábregas, dependienta y confeccionadora, reivindican la elegancia de esta prenda nada anacrónica mientras explican amablemente cómo llega uno a parecerse, a partir de un trozo de tela y tras varios cortes precisos, al mismísimo D'Artagnan.

Publicado en La Gaceta el 29/10/2011

Bienvenidos a nuestra República Independiente


alberto gordo
"No creo que ocupemos el albéniz. Sería crispar el ambiente. De hecho, un tercio de nosotros votamos en contra en la asamblea. lo importante es que, hasta que nos echen, hagamos cosas". El que habla es uno de los indignados apostado en la puerta del Hotel Madrid. ¿Qué cosas son esas? "Mira, sube, sube, hay hasta una Universidad Popular". El 10 de la calle Carretas es un edificio elegante que esconde un interior amplio e iluminado, de suelos enmoquetados, cuya escalera central va distribuyéndose por las distintas plantas, encerrando en el hueco uno de esos ascensores de metal cansados de cumplir años. a la entrada, un joven cuya voz recuerda a la de aquellos locutores que fumaban sin parar antes de entrar en antena, pasa el aspirador y comenta en alto con otro: "lo importante es la apariencia, tío. Yo, si tengo una entrevista de trabajo, me plancho el lacoste y allá que voy". En la primera planta, un grupo de activistas desayunan; es la una del mediodía y urge coger fuerzas para lo que resta de día, que ya no es tanto. En el Departamento de Comunicación, una habitación de cuya puerta cuelgan una serie de avisos y algún artículo de El País, aún no ha amanecido. Con la confianza aún titubeante del que acaba de ser erigido en algo que no le corresponde, uno de los presentes recalca, para quien lo quiera escuchar, la necesidad que había de ocupar "algo". ¿Y por qué ese hotel? Porque los indignados lo consideran un ejemplo de la ruina capitalista, ya que tanto ese edificio como el del albéniz, pertenecen a la inmobiliaria Monteverde, hoy en concurso de acreedores. Unas 25 personas duermen allí y pretenden hacerlo hasta dentro de dos meses, fecha en la cual, calculan, llegará el desalojo. la situación trae de cabeza a artistas y organizaciones culturales próximas -o directamente integradas- en el 15-M, ante el miedo a que ocupen el Teatro albéniz. En este lío más de uno se juega su credibilidad: la Plataforma por la Defensa del Teatro albéniz, de la que forma parte, entre otros, Pilar Bardem, ha caminado hasta ahora del brazo del 15-M, por lo que su corazón amaneció dividido el día en que los okupas hicieron un butrón y se colaron en el patio de butacas del histórico teatro. Eso cristalizó en un plante entre artistas y radicales en la primera de las asambleas dedicadas al asunto, la del pasado jueves. Eva aladro, líder de los que defienden el teatro, calificaba ayer de "pseudoestalinistas" a los okupas, y aseguraba que no eran del 15-M. Puede que sea este el germen del enfrentamiento que sucede a toda revuelta utópica; ya se sabe: los métodos, el uso de la violencia... y de ahí que empiecen a surgir tics autoritarios que pasan por ignorar lo resuelto en las antes sacralizadas asambleas, órgano soberano de la rimbombante democracia sin jerarquías; y se vean ya claras divisiones entre indignados y más indignados todavía. ahora la patata caliente está en manos del Gobierno central, que es el único que tiene competencias en materia de seguridad. Según fuentes conocedoras de situación, la delegada en Madrid, Dolores Carrión, está atada de pies y manos a la hora de actuar frente a los okupas, un asunto sumamente delicado con las elecciones tan cerca. Alberto Gordo. Madrid los antisistema calculan que serán desalojados en dos meses Teatro albéniz la asociación de Pilar Bardem, que pedía la reapertura de la sala, respalda el 15-M Por ahora descartan volver a 'okupar' el Cada noche duermen en el edificio 25 radicales - - reportAje 'okupAción' del hotel MAdrid
"No creo que ocupemos el albéniz. Sería crispar el ambiente. De hecho, un tercio de nosotros votamos en contra en la asamblea. lo importante es que, hasta que nos echen, hagamos cosas". El que habla es uno de los indignados apostado en la puerta del Hotel Madrid. ¿Qué cosas son esas? "Mira, sube, sube, hay hasta una Universidad Popular".

El 10 de la calle Carretas es un edificio elegante que esconde un interior amplio e iluminado, de suelos enmoquetados, cuya escalera central va distribuyéndose por las distintas plantas, encerrando en el hueco uno de esos ascensores de metal cansados de cumplir años. A la entrada, un joven cuya voz recuerda a la de aquellos locutores que fumaban sin parar antes de entrar en antena, pasa el aspirador y comenta en alto con otro: "lo importante es la apariencia, tío. Yo, si tengo una entrevista de trabajo, me plancho el Lacoste y allá que voy".

En la primera planta, un grupo de activistas desayunan; es la una del mediodía y urge coger fuerzas para lo que resta de día, que ya no es tanto. En el Departamento de Comunicación, una habitación de cuya puerta cuelgan una serie de avisos y algún artículo de El País, aún no ha amanecido. Con la confianza aún titubeante del que acaba de ser erigido en algo que no le corresponde, uno de los presentes recalca, para quien lo quiera escuchar, la necesidad que había de ocupar "algo". ¿Y por qué ese hotel? Porque los indignados lo consideran un ejemplo de la ruina capitalista, ya que tanto ese edificio como el del albéniz, pertenecen a la inmobiliaria Monteverde, hoy en concurso de acreedores.

Unas 25 personas duermen allí y pretenden hacerlo hasta dentro de dos meses, fecha en la cual, calculan, llegará el desalojo. La situación trae de cabeza a artistas y organizaciones culturales próximas -o directamente integradas- en el 15-M, ante el miedo a que ocupen el Teatro albéniz.

En este lío más de uno se juega su credibilidad: la Plataforma por la Defensa del Teatro albéniz, de la que forma parte, entre otros, Pilar Bardem, ha caminado hasta ahora del brazo del 15-M, por lo que su corazón amaneció dividido el día en que los okupas hicieron un butrón y se colaron en el patio de butacas del histórico teatro. Eso cristalizó en un plante entre artistas y radicales en la primera de las asambleas dedicadas al asunto, la del pasado jueves. Eva Aladro, líder de los que defienden el teatro, calificaba ayer de "pseudoestalinistas" a los okupas, y aseguraba que no eran del 15-M.

Puede que sea este el germen del enfrentamiento que sucede a toda revuelta utópica; ya se sabe: los métodos, el uso de la violencia... y de ahí que empiecen a surgir tics autoritarios que pasan por ignorar lo resuelto en las antes sacralizadas asambleas, órgano soberano de la rimbombante democracia sin jerarquías; y se vean ya claras divisiones entre indignados y más indignados todavía. ahora la patata caliente está en manos del Gobierno central, que es el único que tiene competencias en materia de seguridad. Según fuentes conocedoras de situación, la delegada en Madrid, Dolores Carrión, está atada de pies y manos a la hora de actuar frente a los okupas, un asunto sumamente delicado con las elecciones tan cerca.

Publicado en LA GACETA el 22/10/2011

Resurreción musical en El Matadero


Tuvo algo de extraño ver a alberto Ruiz-Gallardón, elegantemente desgarbado, como casi siempre, curioseando entre los barracones del Matadero de Madrid. Ese lugar en el que lo cutre se ha elevado a la categoría de arte.

Rodeado de periodistas ansiosos por sonsacar al político cuál es su ministerio preferido, el todavía alcalde de Madrid se congració el pasado viernes con lo más granado del moderneo madrileño; se interesó, al parecer sinceramente, por cómo una grafitera llevaba a cabo uno de sus dibujos en la pared; preguntó a los músicos, que era lo que tocaba , por sus inquietudes ("Madrid ama la música porque ama la vida", dijo el regidor) y felicitó sin cortapisas, y con toda la razón, a María Langarita y Víctor Navarro, los arquitectos artífices de la nueva cara de un espacio que adorna su esforzado Madrid Río. Y todo porque en ese centro cultural totalizador del sur de la capital se presentaba el Red Bull Music academy. algo así c omo u n O pe ra c ión Triunfo en versión creativa sin el obsceno ojo que todo lo ve. a partir del próximo 23 de octubre y hasta el 25 de noviembre, 60 artistas de 30 países distintos acudirán al Matadero para delimitar tendencias, grabar nuevos temas y aprender unos de otros, alrededor de una iniciativa que ya ha tenido lugar en otras ciudades como Sao Paulo, Roma, Berlín, londres, Nueva York o Barcelona.

Esta cita planetaria llega a Madrid de rebote, pues estaba previsto que se celebrase en Tokio hasta que los terremotos lo hicieron inv iable. Dicho esto, lo cierto es que los que vengan disfrutarán de la singular elegancia de la Nave 15 del edificio de legazpi, un lugar en el que se funde con evidente armonía la decadencia con la vanguardia, el paso del tiempo con el presente e, incluso, con el futuro. los cuatro módulos -repartidos en oficinas, estudios de grabación, auditorio y zona de descanso- con que cuenta lo que será la sede de la academia tienen en común cierto aire de invernadero en forma de proyecto botánico. El suelo mancha los zapatos, las ventanas parecen haber sido abiertas a mazazos y las paredes están forradas de sacos terreros pintados de negro. aún así, el conjunto resulta agradable, ca si un museo en sí mismo. las salas, todas de madera clara, apenas están decoradas, sólo algún sofá retro sirve de contrapunto a baterías y mesas de mezcla. además de la parte didáctica, una ola de conciertos solazarán a un público específico durante las casi cinco semanas que se sostendrá este evento en el tiempo. Gran parte del repertorio tiene mucho que ver con lo que se puede escuchar en otros festivales como el Sonar. Música electrónica -predomina la vertiente experimental-, con nombres como Morton Subotnik, Raster-Noton, Frankie Knuckles, MF Doom, Esplendor Geométrico -estos son españoles- o Holydubs, que son auténticas referencias en el mundillo. los conciertos y actos estarán repartidos por lugares tan dispares como el Teatro Circo Price, la discoteca Fabrik, la Casa Encendida o el Museo Reina Sofía. También se escucharán otros tipos de música, como el soul (Erykah Badu) o los ritmos latinos (Tormenta Tropical, con Señor Coconut y Tom Zé, entre otros muchos).

Many amari, el alemán que fundó esta escuela global de música en 1998, explicó con entusiasmo cómo fue el principio: "la idea partió de una forma muy simple. los artistas no tenían un lugar para reunirse, así que decidimos intentarlo. al principio sólo trajimos representantes de austr ia , a lemania y Suiza. Catorce años después, casi 80 han estado representados".

Y es que no cabe duda de que el proyecto es un éxito, pero otra cosa es que vaya a gustar a todo el mundo. así, el que reniegue de las vanguardias musicales o no tenga humor para conciertos, puede aprovechar, en último término, la oportunidad de disfrutar de un lug a r s or pr endent e , donde la destrucción material camina del brazo de la creatividad y donde, además, como dijo Gallardón, se habla el "lenguaje del respeto". Un respeto al alma de los edificios.

Publicado en LA GACETA el 16/11/2011