domingo, 11 de diciembre de 2011

¿Qué fue del Triball?

Tres años después de que arrancase el proyecto de regeneración del triángulo de Ballesta, las prostitutas siguen en la calle


Como cada mañana, va andando al trabajo. Dobla por la esquina de Gran Vía con Mesonero Romanos; el sol desaparece de golpe tras los edificios y el alboroto de la arteria centenaria se va diluyendo con calma en unos segundos, una mudanza tan insólita como difícil de ver en cualquier otra parte de la ciudad. Pasada una de las sedes de Mundo Fantástico, ese famoso sex shop cuyo nombre encierra el universo erótico de tantos hombres, el joven avanza unos metros con zancadas escandalosas y llega a su tienda. Al tiempo que se agacha para levantar la persiana, mira por encima de unas enormes gafas rojas que caen sobre su nariz y saluda a las chicas que charlan en la puerta. “Ya las conozco”, dice. “Siempre están ahí. Y no se meten con nadie, la verdad”. Son siete prostitutas que se miran coquetas en el cristal de su comercio y son las 10 de la mañana.
Las hay que se pasean con tacones imposibles, balanceándose lentamente a cada paso mientras se liman las uñas, sin retirar la vista de todo el que pasa, dándose la vuelta cuando intuyen que tras un gesto o una mirada puede haber un cliente; otras prefieren apostarse con las manos en los bolsillos, las piernas cruzadas y el pecho hacia delante. Al menos por la mañana, no se gritan ni discuten por el espacio; tampoco asedian al paseante. Sólo esperan y algunas sonríen como reafirmándose en su digna posición de dueñas del barrio.

Largo intento de rehabilitación

Las medidas contra la prostitución en los aledaños de la Gran Vía fueron anunciadas por el Ayuntamiento en 2007, y en 2008 arrancó el proyecto del Triball. Un grupo de empresarios adquirió muchos de los locales del llamado Triángulo de Ballesta (entre las calles Fuencarral, Gran Vía y Corredera Baja de San Pablo), transformando decenas de prostíbulos y cines porno en tiendas de moda. La Asociación de Comerciantes de la zona, cuyo símbolo verde es perfectamente reconocible por el esfuerzo publicitario que se hizo entonces, engloba más de 170 establecimientos.
Se trata de marcas pequeñas y alternativas que buscaban seducir a un público joven. Quisieron transformar la zona en una suerte de Soho londinense o Tribeca neoyorquino pero, tres años más tarde, parecen haberse quedado a medio camino, en una aleación inconclusa de Hell’s Kitchen con barrio rojo.
En la retaguardia más oscura de Gran Vía convive hoy lo grotesco con la decoración vanguardista, los locales cerrados cuyas fachadas pintarrajeadas evocan lo más sórdido del paisaje urbano con los espacios diáfanos, de esos en los que uno, al caminar, escucha el eco de sus zapatos.
Los habitantes del barrio siguen enfrentados. Están las prostitutas, representadas por la asociación Hetaira, cuyas integrantes ya se manifestaron hace un par de semanas para pedir un espacio propio donde ejercer su trabajo; los vecinos, que se ven obligados a elegir entre las mancebías o los bares; y los empresarios que, si bien han logrado aclarar el ambiente, haciendo del triángulo un espacio más agradable, no han conseguido extirpar el peor de sus problemas:
la prostitución callejera. “El barrio corre peligro de muerte”, afirma tajante Jordi Gordon, de la Asamblea Ciudadana del Barrio de Universidad. Para él, el proyecto de regeneración de la zona pretendió desde el principio convertir el espacio en un “abrevadero de la Gran Vía”. “Lo de las tiendas nos parece bien, pero no queremos que esto se convierta en un parque temático”, se queja. Hace cosa de un año, para redondear el proyecto, varios bares y restaurantes abrieron en poco tiempo, desatando la histórica guerra entre hosteleros y vecinos a cuenta del ruido y de los problemas que traen las zonas de ocio nocturno. Los comerciantes, en cambio, acogieron la noticia con optimismo. “Muchos de nuestros clientes vienen, compran algo y luego se toman una cerveza”, dice Jorge, el encargado de Kling Downtown, el primero de los locales transformado en tienda de diseño gracias a los empresarios del Triball. “Creo que se está logrando, aunque muy poco a poco, conseguir lo que queríamos, que no es más que convertir esto en un lugar de
referencia. Una alternativa a la calle Fuencarral, por ejemplo, donde las grandes marcas ya se han apropiado de una zona que al principio nació con un objetivo parecido al nuestro”. Mientras habla, a través del escaparate, un travesti mulato con talla de baloncestita nos mira entre receloso y divertido. El comerciante concluye tras echar un vistazo a su retaguardia: “Si quiere mi opinión, la prostitución debería legalizarse. Es la única manera”.
Las puertas metálicas de muchos inmuebles, sobre todo en Ballesta, se abren al paso de proxenetas, clientes y meretrices, como en una incesante pasarela de los horrores. Los clientes balbucean al oído de las chicas, les ceden el paso en un infame ejercicio de galantería, y ellas se dejan querer, aparentando un contento que la calle ha transformado en rutina. La actividad comienza temprano, incluso antes que la de los comerciantes de alrededor. “Es lamentable. A mí muchas veces me confunden. A mí y, lo que es peor, a mi hija de 18 años”, se lamenta María –nombre falso– mientras mira a las chicas a través de su ventana. Nos recibe en un piso luminoso de la calle Concepción Arenal, a menos de 20 metros de Gran Vía, donde algunas prostitutas han trasladado su negocio. Después de muchos años en el barrio, María tiene claro que lo peor son los clientes y las mafias. “Ellas no tienen la culpa. Son víctimas”, resume.
Los que se ocupan de las tiendas insisten en subrayar que el barrio ya no es peligroso. Sorprende la connivencia y la férrea defensa que la gran mayoría de ellos hace de las prostitutas. “Antes había mucho yonki, hasta hace tres o cuatro años. Las chicas los han echado y ahora, aunque queda alguno, estamos más tranquilos. Ellas no quieren que haya delincuencia, desean tener al barrio contento. Antes de lo del Triball, muchas tenían problemas con el alcohol y las drogas, eran mujeres mayores que llevaban toda la vida en la calle. Hoy son más jóvenes, del este de Europa sobre todo. Las peores se fueron”, explica Juan, el encargado del establecimiento que Dolores Promesas tiene en Desengaño 22. Que la media de edad haya descendido tiene su explicación, según dicen los vecinos, en el auge de las mafias. Bastan cinco minutos en la plaza de los cines Luna para ver quiénes son los chulos y cómo manejan a las chicas. Ellas se acercan, despachan y vuelven a sus posiciones. Y todo a 50 metros de la comisaría, descaradamente cerca de unos policías que entran y salen sin levantar la vista como si esas chicas embutidas en trajes mínimos de cuero rojo fuesen solamente una parte más del decorado, figurantes de la comedia diaria de un barrio donde las mujeres siguen limpiando la puerta de su negocio por la mañana. “¿Que si me molestan las chicas? Hombre, si se considera molestia que yo tenga que barrer por la mañana... en fin, ya sabe, sus cositas, pues sí. Me molesta”.

Reportaje publicado en LA GACETA el 11/12/2011

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